Temas Especiales

29 de May de 2020

José A. Berdiales

Columnistas

Virus mortales: ¿consecuencia de la alteración de la biodiversidad? *

“Tenemos que cambiar en nuestra forma de pensar, en la toma de decisiones, en ser menos políticos y llevar nuestro desarrollo hacia un desarrollo sostenible involucrando a toda la sociedad civil”

El planeta Tierra gira a una velocidad alrededor de 1000 millas (1700 kilómetros) por hora y orbita alrededor del Sol a una velocidad alrededor de 67 000 millas (107 000 kilómetros) por hora. No sentimos ningún movimiento, ya que estas velocidades son constantes. Esto ha sucedido durante millones de años, y así la Tierra hace su trabajo sin causar ningún tipo de dificultad a los seres vivos en nuestra casa, el planeta Tierra.

En los últimos 50 000 años, debido al incremento de la población humana, surgieron nuevas enfermedades, destacando, por su letalidad, aquellas causadas por virus. La viruela, la infección viral más letal y devastadora de la historia, apareció por primera vez entre las comunidades agrícolas de la India hace aproximadamente 11 000 años y surgió originalmente por el contacto con roedores y posteriormente se esparció de persona a persona, demostrando que cuando los virus cruzan la llamada “barrera de las especies” y se encuentran en contacto con los humanos, sus efectos pueden ser letales.

¿Qué es un virus? En biología, un virus (del latín “virus”, en griego “ióc”, (toxina) o veneno) es un agente infeccioso microscópico acelular que solo puede multiplicarse dentro de las células de otro organismo. Los estudios han demostrado que infectan células en las cuales proliferan, por lo que requieren de la supervivencia del huésped para poder asegurar su propia supervivencia.

Entre los virus mortales de la historia podemos mencionar: la Viruela, que segó la vida de alrededor de 300 millones de personas durante el siglo XX, el SIDA, virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) que para el año 2018, según cifras de la Organización Mundial de la Salud, sumó 35 millones de fallecidos; la Gripe Española de 1899, por la que murieron 250 000 personas en Europa, la fiebre amarilla, el dengue (arbovirus). La hepatitis de transmisión igualmente viral, entre otros como la gripe, y el herpes, el ébola, la gripe aviar, el SARS y el CORONAVIRUS.

Las Naciones Unidas estiman que más de cuatro mil millones de personas, más de la mitad de la población global, viven en centros urbanos. Para el 2050 más de dos tercios de la población mundial vivirá en ciudades, lo que generará una creciente demanda de viviendas asequibles, la necesidad de sistemas de transporte bien conectados y otras infraestructuras y servicios, así como empleos.

Una migración a esa escala significa que se destruyen tierras forestales para crear áreas residenciales. Es un fenómeno que se replica en nuestro medio y que pone en gran riesgo nuestra rica, pero no infinita biodiversidad; esto aunado a la devastación de tierras para la explotación agrícola y pecuaria que año tras año va en aumento, para satisfacer las crecientes necesidades de los consumidores.

La urbanización extrema se convierte en un círculo vicioso: más personas traen más deforestación, la expansión humana a áreas que antes albergaban biodiversidad, y la pérdida de hábitat. Finalmente acaban con los depredadores de otras especies que trasmiten diferentes virus. De este modo la expansión de la humanidad trajo como consecuencia el comercio de los animales silvestres en diferentes mercados del mundo, los cuales son cazados de forma ilegal y que representan pérdidas importantes en eslabones de la cadena alimenticia de su hábitat.

Según un estudio publicado en la revista NATURE, más del 70 % de las enfermedades infecciosas que han aparecido en las últimas cuatro décadas han sido zoonosis, es decir, enfermedades propias de los animales que han sido transmitidas a humanos. Sin embargo, en muchas ocasiones, se da el caso de que existen varias especies de animales que portan un mismo virus potencialmente peligroso para los humanos.

De acuerdo con el BID, las enfermedades emergentes se han cuadruplicado en los últimos 50 años, en gran parte debido a la fragmentación del hábitat, el uso de la tierra y el cambio climático.

Los brotes de origen animal y otras enfermedades infecciosas, como el ébola, el SARS, la gripe aviar o ahora el COVID-19, causada por un nuevo coronavirus, se están incrementando debido a las alteraciones de los ecosistemas naturales que provocan que los patógenos se crucen de los animales a los humanos, los que rápidamente propagan dichas enfermedades.

Los epidemiólogos utilizan medidas de control basándose en el conocimiento del modo de trasmisión del virus, el cual una vez identificado, a veces se puede contrarrestar por medio de vacunas. Los periodos de incubación de las enfermedades víricas van desde varios días a semanas y tras el periodo de incubación hay un periodo de comunicabilidad o transferencia, un tiempo durante el cual un individuo infectado es contagioso y puede infectar a otras personas, incluso a veces sin conocer que porta el virus, como en el caso del COVID-19. La longitud de ambos periodos es importante en el control de brotes. Cuando un brote causa una proporción inusualmente elevada de infecciones en un población, comunidad o región, se llama epidemia. Si un brote se extiende en todo el mundo se le llama pandemia.

Cambiar el comportamiento

Es muy importante que el ser humano haga un cambio en la demanda de los recursos naturales, como la madera, minerales, petróleo, gas natural, animales silvestres, animales acuáticos, siendo conscientes de que esta contribuye a la degradación de los ecosistemas y el desequilibrio ecológico que produce enfermedades como la que enfrentamos.

Muchos investigadores piensan hoy que, en realidad, es la destrucción de la biodiversidad la que crea las condiciones para los nuevos virus y las enfermedades como el COVID-19, la enfermedad viral que emergió en China en diciembre de 2019 y que se ha extendido con profundas consecuencias en la salud y la economía, tanto de los países ricos como de los más pobres.

Recientemente hemos sido testigos de casos tan severos de menoscabo de biodiversidad, como las 2.5 millones de hectáreas perdidas en la Amazonía en un mes y los 8,4 millones de hectáreas perdidas en Australia, con la irremediable lesión de la biodiversidad única de cada área en particular, producto de la mano humana, por lo cual es urgente que al reiniciar nuestras labores luego de esta pandemia que hoy afecta al mundo entero, cambiemos nuestra forma de pensar y proceder y entendamos que al afectar la naturaleza afectamos nuestra salud, y que todos y cada uno de los ciudadanos del mundo globalizado, defendamos nuestro Derecho a un medio ambiente sano y a la salud de nuestras familias. Tenemos que cambiar en nuestra forma de pensar, en la toma de decisiones, en ser menos políticos y llevar nuestro desarrollo hacia un desarrollo sostenible involucrando a toda la sociedad civil.

Dios nos proteja de esta pandemia.

*Artículo escrito en colaboración con las licenciadas María E. Miranda y Jessica Hidalgo.

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