30 de Nov de 2021

Columnistas

Solidaridad y empatía: valores emergentes

“Una sociedad individualista tendrá serias dificultades para superar desigualdades, porque la presencia del otro le es irrelevante”

No cabe la menor duda de que la crisis ocasionada por la COVID-19 ha demostrado la necesidad del retorno al humanismo en nuestra sociedad. Nada supera la necesidad de rescatar al ser humano para que ninguna persona se quede atrás y menos quienes están sufriendo. La solidaridad y empatía son valores que en esta crisis han reforzado su presencia, y más que nada para humanizar las organizaciones, al individuo y colocar a quienes sufren en el sitial que merecen. La pandemia demostró que no existe ser humano infalible, porque afectó a todos sin distinción de clase social, credo, etnia, estatus ni profesión. Sin embargo, reconocemos que para los más pobres el sufrimiento ha sido mayor.

Y esta situación fue lo que nos sorprendió durante un diálogo con un joven profesional, Iván Montañez, quien preside la Asociación de Profesionales Panameños Egresados de China (Appechi). Fue emocionante escuchar de voz de un joven panameño, que tanto cuestionan a veces los adultos, que el objetivo de la asociación no solo es contribuir a promover un liderazgo e interconexión entre los egresados en el país, visibilizar becas o ayudas para el estudiante que desee estudiar, va más allá. Realizan acciones solidarias y de integración para apoyar a los aspirantes y egresados en varios aspectos.

Sí, la solidaridad, ese valor tan reconocido por todas y todos, pero que, durante la pandemia, en muchos casos brilló por su ausencia, dejando en evidencia que tenemos mucho por mejorar. Por ejemplo, el joven Montañez nos relató las peripecias y el martirio que padecieron las/los estudiantes panameños a quienes les tocó vivir la pandemia en China, fue un relato poco agradable al oído, pero que demostró la necesidad de ser solidarios y empáticos ante el sufrimiento ajeno y para esto la educación es fundamental, iniciando desde el hogar y continuando en todos sus niveles, sin excluir ninguno, mucho menos el superior.

Lo cierto es que la pandemia COVID-19 nos ha dejado varias lecciones, entre ellas que la salud es planetaria, el mundo que conocemos no es infalible, reconocer la presencia del otro es imprescindible, así como mantener el equilibrio y la armonía del día a día también. La necesidad de invertir en la naturaleza, que la pobreza y la desigualdad global es un recordatorio constante, las pequeñas empresas necesitan ayuda para realizar cambios, y algo fundamental: la comunicación de la retransmisión a la confusión ha generado otra pandemia, la infodemia, es decir la saturación de la información y su consecuente toxicidad. Pero también que podemos arreglar las cosas, y nuestra aliada indiscutible es la educación.

Entre las lecciones, queremos destacar la referida a la necesidad de reconocer la presencia del otro, porque va dirigida a los valores solidaridad y empatía, en el sentido de que la misma sociedad debe preocuparse en igual medida por las necesidades individuales y el bienestar del conglomerado. Una sociedad individualista tendrá serias dificultades para superar desigualdades, porque la presencia del otro le es irrelevante. Si el cuerpo social descuida las necesidades del otro, el efecto será desastroso para ambas partes. La labor educativa va orientada a frenar ese desconocimiento e invisibilidad del otro, porque definitivamente, estamos interconectados.

¿Cómo incorporar estos valores emergentes en la educación? Existen variadas formas de hacerlo, una de ellas es educar para una vida contributiva y no competitiva. Este concepto lo descubrimos estudiando y analizando la obra Educación para una vida creativa, del maestro Tsunesaburo Makiguchi, en donde plantea un método muy interesante y profundo para crear valor en el ser humano. Es importante promover los valores de una vida contributiva, asociada a la conciencia social versus una competitiva vinculada a la conciencia individual, en donde la vida es una contienda por ser superior y dejar atrás a las demás personas.

El educador Makiguchi considera que la educación debe ayudar a que los estudiantes se conozcan a través de la comparación positiva, consigo mismo y con los demás, que consiste en evaluar nuestras capacidades, equiparándonos con personas mejores, con el deseo de mejorar. De igual forma, aprendiendo a preguntarnos cuánto hemos avanzado hoy, respecto a cómo estábamos ayer. Los centros educativos son el ámbito ideal para instrumentar esta clase de ejercicios guiados, con miras a la vida social sana y más respetuosa hacia las demás personas.

(*) Catedrática universitaria. Presidenta de Confiarp. Presidenta Honoraria de Apreppa y miembro de la Soka Gakkai Internacional.

***