• 12/01/2023 00:00

El cuento artístico como enigma y reto

En el reino de la ficción no hay diferencia alguna entre la sinrazón y la lucidez, cuando los comportamientos y las angustias justifican que un personaje oscile en su mente o con sus actos entre estos dos estados

En Panamá se ha reflexionado poco en torno a la naturaleza artística del cuento literario. Hacerlo es una manera de comprender la proliferación que siempre ha tenido desde finales el siglo XIX con autores como Darío Herrera, Ricardo Miró (excelentes poetas ambos), y Salomón Ponce Aguilera, así como de estimular su aprecio en lo que va del presente siglo en donde han aparecido al menos 80 nuevos cultores del género.

En el reino de la ficción no hay diferencia alguna entre la sinrazón y la lucidez, cuando los comportamientos y las angustias, los ideales y las fobias, las acciones realizadas y las imaginadas, justifican que un personaje oscile en su mente o con sus actos entre estos dos estados de conciencia, que no siempre pueden verse como polos o extremos de una manera de ser.

De igual forma, la ambigüedad y las contradicciones pueden ser parte indisoluble de situaciones que se manifiestan en novelas y en cuentos en los que el autor, creyendo manipular los hilos creativos, termina siendo manejado por la actuación inconsulta de sus personajes. De ahí que no sea infrecuente escucharle a los escritores la expresión “se me fueron de las manos” con respecto al desarrollo de determinados personajes, quienes al igual que no pocas veces ocurre también con sus epígonos humanos, hacen su voluntad sin medir las consecuencias. Es como si, impelidos por un impulso individual, único, unos y otros se rebelaran contra sus creadores o frente a un supuesto destino previamente trazado para ellos, y terminaran siendo, literalmente, como se les pegue la gana.

Si por definición resulta imposible no vincular el término “ficción” a la idea de mentira, farsa, invención, simulacro o engaño, esta acepción sólo puede entenderse así en relación a conceptos extraliterarios como “verdad” y, a veces, “realidad”. Es decir, que para el común de las personas, frente a lo que es cierto o factual, la ficción vendría a ser una especie de falsificación, incluso de desvalorización, de lo que se tiene por indudablemente real. Y esa verdad o realidad, como punto de comparación y contraste, siempre está “afuera”, más allá de la obra literaria, en un plano de certeza, no sólo confirmable, siempre sino incluso paradigmático. Pero resulta que en la práctica, en el mundo exterior, en el mundo que se tiene por “real”, no existe tal certeza, tal realidad “real”, sino una cambiante y muy personal percepción de su condición o naturaleza. Porque el mundo —sus infinitas manifestaciones— suele ser visto, sentido y pensado, por quienes en efecto lo viven, como un ente fluido, maleable, perfectible. Además, cada quien lo vive a su manera.

Es fundamental entender que un buen escritor es un artista que aspira a la perfección sabiendo que no es totalmente posible, que siempre habrá fallas, grietas, imperfecciones. Igual que sucede con los seres humanos en la cotidiana inmersión en sus vidas. Así, la ficción, como la vida misma, está hecha, precisamente, de una serie de fisuras conceptuales y de honda o trivial vivencia individual o colectiva, que las convierte en álteregos la una de la otra. En este sentido, la ficción bien entendida no es más que la otra cara de la moneda de la vida; y viceversa. Por eso mismo, no hay —no debe haber— demérito alguno en el hecho de escribir novelas o cuentos como una forma de auscultar la realidad desde la ficción, ya que ésta se crea siempre —por más imaginativa que pretenda ser— desde la médula vital misma de la realidad. Así es, no puede ser de otro modo, ya que son instancias complementarias.

En el cuento, en particular, es generalmente un aspecto más ceñido de la experiencia humana la que un autor recorta y examina en profundidad en su relato: una parcela, un segmento, una “tajada de vida”. Aquí la contención anecdótica y la economía del lenguaje son elementos cruciales para que una historia tenga el efecto adecuado; un efecto que a veces resulta sorpresivo en su desenlace e, incluso, fulminante. Cuando esto ocurre, se dice que ha ocurrido una “epifanía”: un descubrimiento o revelación. Por tanto, este género exige no andarse por las ramas; requiere una gran capacidad de síntesis y de sugestión, de tal manera que la flecha del asunto tratado viaje velozmente por la apretada trama, atraviese el indispensable conflicto y llegue pronto e impecablemente al blanco.

Desde sus inicios más remotos en la literatura oral, contar historias representó un hábito cotidiano y, a la vez, un placer tanto para quienes relataban como para quienes escuchaban atentamente la narración. Contar de forma imaginativa la peripecia humana, con el lenguaje apropiado, de la forma más amena e intrigante posible, no estaba reñido con la búsqueda de una semblanza realista que pudiera ser reconocida y aceptada por el receptor. La misma ecuación, que busca sembrar cierta básica verosimilitud, continúa vigente hoy en día cuando de crear obras de ficción literaria se trata. Así, la ficción se torna real cuando se la percibe como tal, pero esto a su vez depende del talento del autor y de la sensibilidad del lector.

Escritor, profesor universitario, promotor cultural y editor
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