Las cifras forman parte de las proyecciones de la cartera agropecuaria del Banco Nacional de Panamá, donde existen unos 5,400 productores activos. El banco...
- 05/10/2010 02:00
La solidaridad debe ser de todos
C asi nadie dudaría en afirmar que la solidaridad es uno de los valores fundamentales de la sociedad, quizás el más necesario para garantizar la convivencia humana. Por eso, ese valor básico se despliega cotidianamente, sin estridencia, pero con tesón, en miles de actividades comunitarias de lo más diversas.
Silenciosamente, miles de personas en Panamá se dedican a ayudar a los demás. Según los cálculos oficiales, hay más de cuatrocientas organizaciones comunitarias que tienen como objetivo la acción social. Esta miríada de fundaciones, asociaciones, clubes y organizaciones de distinto tamaño y tenor que se dedican a ayudar a los que están en problemas, y a la que hay que incluir los aportes que realizan muchas instituciones públicas, tiende cada vez más a crecer, al igual que el número de personas que necesitan ayuda.
Al respecto, la conclusión de una tesis de graduación de una universidad local reveló que dos de cada diez panameños dedican parte de su tiempo al trabajo voluntario, y que otros dos de cada diez que no participan estarían dispuestos a hacerlo en el futuro. Es decir, sería conveniente conectar entre sí las distintas organizaciones solidarias, prestar un servicio de información permanente y funcionar como nexo entre los que necesitan algo y los que pueden dar una solución. Los miles de voluntarios donarían su tiempo de una manera más efectiva y la ayuda llegaría de una forma más productiva.
Esta realidad es demostrativa de que la solidaridad está intacta y de que solo hace falta ordenarla y restablecer la cadena de credibilidad para que aflore en toda su potencialidad. Porque, aunque la situación social es dura, con graves carencias y deterioro de las condiciones de vida, la gente parece estar esperando la oportunidad para ayudar a los demás. Clubes cívicos, organizaciones religiosas, entidades gubernamentales, grupos comunitarios, enclaves escolares, círculos colegiales, y un gran número de instancias sin fines de lucro se unen permanentemente para organizar comedores comunitarios, jornadas de barrios, equipos de apoyo, asociaciones vecinales, guarderías infantiles, dormitorios improvisados, reuniones de autoayuda, tutorías de alfabetización, visitas a hospitales y otras tantas actividades en los ámbitos más diversos que representan testimonios palpables del ejercicio cotidiano de la solidaridad en la comunidad.
Pero este sentimiento humano de solidaridad hacia los que más lo necesitan no puede quedarse en un gesto individual. Para fructificar completamente debe completarse con los recursos institucionales que el Estado está obligado a proveer y que pueden dar sustento en el tiempo a las iniciativas de la sociedad. Recuerdo mis años como miembro del Club de Leones de Panamá y las múltiples campañas que realizaban en pro de los más necesitados, llámese Bastón Blanco, Semana del Pañal, Rifa Millonaria y la tradicional Colonias Infantiles de Verano, las cuales recibían el apoyo multitudinario de toda la población. Existía entonces una especie de sincronización entre los ideales cívicos de ayudar al prójimo con la capacidad ilimitada de muchos ciudadanos de coadyuvar con tales esfuerzos.
No es ningún secreto que a la mayoría de los panameños la mueve el sentirse solidaria con los demás, que siente una enorme emoción cuando ayuda a alguien que carece de recursos económicos, que tiene problemas o que por ignorancia se encuentra desprovisto de los enseres mínimos necesarios para sobrevivir. Esta solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas; más bien, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común. Es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos sean verdaderamente responsables de todos.
Este principio de solidaridad lleva a muchos de nosotros a sentir un hondo respeto por las personas y a no permanecer indiferente ante las necesidades de los demás. Pareciera que, por mínima que pueda parecer la fe o la religiosidad de los panameños, al final y en la práctica ésta se manifiesta con mayor entonación en obras de caridad y de misericordia, en el interés de los que menos tienen.
Por eso es preciso que sepamos poner en nuestras relaciones cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello de la solidaridad, que no es más que vivir con sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre, generosidad, alegría y amor. De hacerlo, tendríamos un buen país y las cosas marcharían indudablemente mucho mejor.
*EMPRESARIO.