El silencio que recorre Panamá este Viernes Santo debe ser mucho más que una pausa en el calendario. Es el instante preciso en que la historia de la cruz nos exige mirar nuestra propia realidad. Los ritos pierden su belleza si, al salir de los templos, toleramos la corrupción que nos roba el futuro y la esperanza. La verdadera esencia de la Semana Santa no habita en la costumbre o en las apariencias, sino en la acción. De nada sirve la devoción si somos indiferentes ante las mujeres que reclaman equidad, frente al ciudadano que busca prosperar a través de la empresa honrada, o ante el dolor de quienes sufren bajo las dictaduras que oscurecen nuestra región. Una fe auténtica es aquella que defiende los derechos humanos, impulsa el progreso y, sobre todo, da voz al más vulnerable. Hoy, el madero que más pesa en nuestro país es el de la desigualdad social. Reivindicar el sentir de este día sagrado significa actuar con firmeza y bajar de esa cruz a los olvidados de siempre. Que este tiempo nos despoje de las superficialidades y nos devuelva el valor para construir una sociedad íntegra, libre y profundamente humana.

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