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19 de Oct de 2020

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Rafael Carles

Lector Opina

Un futuro desprestigiado

Análisis

Las grandes revoluciones en la historia de la humanidad han sido acontecimientos sociales y políticos de enorme significación que cambiaron los calendarios, modificaron el registro de los días y establecieron el nombre de los meses. Con lo cual queda definido qué tan importante como el dominio del espacio es la conquista del tiempo.

En su extraordinario ensayo ‘Tesis sobre filosofía de la historia', terminado poco antes de su muerte en 1940, Walter Benjamín escribió: ‘Los calendarios no miden el tiempo como relojes. Son monumentos de una conciencia histórica de la cual parecen haberse perdido los rastros'. En los últimos años, nuestro tiempo también ha sufrido un cambio, y no es que se haya alterado el nombre de los meses sino que nuestra historia con el tiempo se ha ido destiñendo con el paso de los años.

Porque el paso de un año a otro no tiene la forma de un fin y un principio sino de un continuo. La gente que sale de su casa el 31 de diciembre en la noche y regresa en la madrugada del 1 de enero se encuentra con esta realidad. Igualmente, al acercarnos a fin de año cambia el tono del debate y el rigor de la protesta, a pesar de la urgente necesidad de hacer un corte en el tiempo, de producir un hecho que nos saque del color gris que tuvieron los meses de 2015. El 2016 no ha siquiera empezado y ya imaginamos la zozobra de los próximos 365 días por la lentitud con que se abordan los problemas críticos del país y la selectividad con que jueces y fiscales administran justicia en los casos de corrupción del gobierno anterior.

Hay modos panameños de medir el tiempo: el nuestro es llegar tarde. Inclusive a los eventos oficiales, consejos de gabinete, citas médicas, disturbios y cualquier actividad de la sociedad se realizan con una diferencia horaria, como si los relojes panameños y los demás marcaran tiempos distintos. Nada se salva de esta deformación cósmica. Los viejos almanaques de Bristol, los que acertaban el día y la hora en que llovería, expresaba de una forma coloquial la manera de antes de ver el tiempo.

Esa ausencia de valores morales, esa falta de posibilidad de balances y de fe en un comienzo pone de manifiesto la repetición del pasado y la permanencia de lo idéntico. Cuando alguien menciona alguna fecha futura, 2018 por ejemplo, números hasta hace poco reservados a la ciencia ficción, no es para marcar los plazos de proyectos o terminación de obras, sino irrupciones que hace el pasado en los calendarios futuros como es la fecha de expiración del programa de Invalidez, Vejez y Muerte de la Caja de Seguro Social o la fecha para el último pago de los proyectos llave en mano.

En las culturas primitivas, el cambio de año era el momento en que los muertos visitaban a los vivos. Pasado y presente se mezclaban y el mito borraba el carácter irrepetible de la historia. Nosotros no alcanzamos a experimentar el mito, y a la historia sólo la percibimos como un mar de los sargazos: un dilatado sembradío de algas por el que es imposible avanzar. El mito tiene sentido en tanto se repite, pero la historia tiene sentido mientras no se repite. Y si la escogencia de los magistrados en 2015 tuvo sabor a algo bueno, el aguinaldo de $2.3 millones a diputados para donaciones es historia repetida, con la ‘ñapa' que ahora representa viejos guiones llenos de duda y desconfianza.

Una vez escuché a mi abuelo Rubén que el viaje del descubrimiento de América por Cristóbal Colón no fue sólo un desplazamiento en el espacio sino también en el tiempo, pero no hacia el futuro sino hacia el pasado. Consideraba que fue un error llamar a estas tierras Nuevo Mundo, porque era un mundo antiguo. Todos los días doy razón a ese pensamiento porque todos los días veo el futuro en otras partes, pero no aquí. Y donde más se nota este desprestigio del futuro es en el discurso de la clase política, que antes encontraba allí una fuente inagotable de predicciones. Pero ahora las cosas han cambiado y también esos almanaques verbales han perdido hojas en el camino.

El pasado no sirve para prometer, porque es el territorio de la decepción; del presente no se puede hablar, y el futuro se ha deteriorado antes de ocurrir. El discurso político se ha quedado sin tiempo para explorar. Y sólo proyecta al mañana la promesa fúnebre de los vicios más antiguos.

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