El edificio, cerrado hace más de una década por problemas estructurales, pasó de albergar a cientos de estudiantes a convertirse en un albergue temporal...
- 24/04/2021 00:00
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Existe una corriente, fomentada por algunos sectores muy sectarios, que indica que antes de 1968, Panamá era una colonia feliz, que aquí no existía pulso de nación y que la anexión a la gran potencia del norte era una rogativa de todos los rosarios vespertinos. Al darse el golpe militar contra el gobierno constitucional de Arnulfo Arias, alegan los fabricantes de fábulas, surgió un nuevo hombre panameño, una nueva concepción del presente destino de la República. Se dice que a partir de ese momento, las reivindicaciones panameñas se comenzaron a conocer en el mundo.
Los nuevos revolucionarios, sostienen los bufones de la historia comprometidos con las viejas pitanzas y no con la verdad, crearon el nacionalismo que azotaría hasta conseguir la muerte del colonialismo yanqui. Para los que así piensan, en Panamá solo había mansedumbre y un sueño nacional puramente ventral: entrar al Club de Gold Roll canalero. Sin embargo, tal especie es tan inmensamente falsa, que solo la aceptarían los incautos, que nunca faltan, y los ignorantes que siempre abundan. Las luchas del pasado, desconocidas por las nuevas generaciones por culpa de sus padres y de sus escuelas, revelan que los objetivos reivindicadores e identificados con la independencia nacional han estado muy claros en la conciencia del pueblo y en el pensamiento de sus dirigentes patriotas.
Examinaremos algunos episodios.
Apenas se produjo la independencia, Colombia movilizó todas sus líneas diplomáticas. A Estados Unidos le ofreció aprobar de inmediato el ya rechazado tratado Herrán-Hay, sin modificaciones. A Panamá se le hizo una propuesta cautivante. No queremos, expresaron los colombianos, que Panamá se vuelva a unir o adherir a Colombia. Nosotros nos uniremos a la República de Panamá. Invitaremos a Costa Rica a ser parte del nuevo Estado y la ciudad de Panamá será la gran capital de la nueva y grandiosa república. Sería la consagración del bellísimo sueño de Bolívar.
Los próceres no fueron seducidos y debido a que tenían fe en el desarrollo de la nueva entidad republicana, no admitieron a Colombia en su seno.
En los años finales de la década de 1940, los panameños comenzaron a balbucear la frase: “nacionalización del Canal”. Nunca antes fue parte del vocabulario nacionalista. Recuerdo un diálogo que entonces sostuve con el periodista Ted Scott de The Panama American. Ustedes, me dijo, jamás serán dueños del Canal. ¿Usted conoce ese emporio por dentro? Déjense de sueños, me agregó. Ustedes deben ser prácticos. Si quieren ser propietarios del Canal, deben ser realistas y solo les queda una alternativa: háganse ciudadanos de Estados Unidos. Solo así llegarán a ser dueños del Canal, me agregó con énfasis del todo cínico, mi viejo amigo Scott, sin duda ya desaparecido.
Es la fórmula que usó el general Reyes y los señores Ospina y otros al proponer que Colombia se haría panameña. Pero tanto en el caso de Scott, como en el caso del general Reyes, Panamá seguirá siendo la sardinita. Y toda sardina aunque se le quiera vestir de imperio, sardina se queda. En aquellos momentos dramáticos, solo la gran fe en el destino de Panamá, en su realidad de nación, hizo posible persistir en el empeño autonomista.
Antes de 1968 hubo decenas de actos que procuraron colocar el problema del Canal en el tapete mundial. Uno de ellos fue directo al pueblo de Estados Unidos. En efecto, el 10 de agosto de 1933, la Sociedad Panameña de Acción Internacional, de la que formaban parte Domingo Henry Turner, Juan Rivera Reyes, José Daniel Crespo, Narciso Garay, Publio A. Vásquez y otros distinguidos compatriotas, envió una carta al pueblo de Estados Unidos que contenía un repertorio de quejas y de objetivos. En una de sus partes sintetiza así el anhelo de los firmantes: “igualdad de tratamiento para todos los usuarios del Canal, neutralidad perpetua de la vía acuática, reconocimiento explícito de la soberanía panameña sobre el territorio concedido”. Esta carta histórica llevaba la firma de 50 mil panameños.
En su historia, Panamá ha tenido tardes dolorosas y tardes honrosas. La tarde del 18 de noviembre de 1903, a las 6:40, Panamá padeció momentos duros que dieron nacimiento a la ansiedad patriótica de todo un siglo. Fue el instante en que John Hay y Phillipe Bunau-Varilla firmaron la Convección del Istmo. Pero el 18 de noviembre de 1933, igualmente a las 6:40 p.m., Panamá vivió una conmemoración honrosamente. La Sociedad Panameña de Acción Internacional proclamo que la nación entera vivirá un minuto de silencio con motivo del trigésimo aniversario del tratado de 1903. A las 6:40 p.m. de aquel 18 de noviembre de 1933, las campanas de todas las iglesias y las sirenas existentes tornaron lacerantes sus sonidos habituales. Adelante, diario chiricano, al reseñar el acto dijo que lo ocurrido serviría para que “cada panameño adquiera la noción clara de que no somos enteramente libres mientras ese odioso pacto subsista...”.
En El Panamá América se registró para la historia el acontecimiento de afirmación nacional: “A la hora exacta”, dice, “la sirena de la bomba sonó a las 6:40 p.m. El tráfico se paró totalmente por un minuto. En el parque de Santa Ana, todos los presentes se descubrieron. Llevó la palabra el Dr. José Daniel Crespo. Hizo resaltar la suprema necesidad de la revisión del injusto y fraudulento pacto”.
Desde Montijo, cerca del mar; desde Taboga, en medio del mar, y desde Londres más allá del mar que nos rodea, se enviaron mensajes de solidaridad. El periodista Nacho Valdés, gran nacionalista, desde Londres dijo: “Con ustedes en doloroso aniversario. Elevemos nuestros corazones. No dejemos morir esperanzas de mejores días para Panamá. Fe y esperanza serán nuestra redención”.
Desde luego, no todo fue un mar de leche aquel día. La sociedad organizadora del acto conmemorativo sostuvo una agria polémica con el presidente del Club Unión porque, “contra toda costumbre”, aprobó celebrar un baile de gala a partir de las 6:00 de la tarde. No se podía concebir que mientras la nación se concentraba en un minuto de silencio y de meditación, en el Club se deslizaran, danzantes, connotadas parejas al compás de una musiquilla con letra de Mr. Hay y música estridente y muy metálica de monsieur Bunau-Varilla. Muchísimos miembros del Club, según lo apunta la sociedad convocante, se oponían al extraño baile de gala.
El panameño de hoy debe sentirse orgulloso por la conducta patriótica de sus antepasados. Nuestro pueblo supo construir a partir de su independencia, el gran monumento de la nacionalidad. Es un monumento común, cuyas aguas y piedras, su cemento, su cal y canto, su sangre y su espíritu pertenecen a todo aquel que ha identificado su honor y su amor a esta tierra predestinada a vivir en libertad.
Publicado originalmente el 7 de julio de 2001.
Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:
Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia
Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé
Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá
Ocupación: Abogado, periodista, docente y político
Creencias religiosas: Católico
Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga
Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.