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- 20/12/2010 01:00
PANAMÁ. Era el 20 de diciembre de 1989. Era el barrio de El Chorrillo que, aunque esperaba el nacimiento del Niño Jesús, amanecía aquel día alumbrado todavía con brillantes proyectiles, que en nada se parecían a las luces de los arbolitos de Navidad que adornaban la mayoría de los cuartos chorrilleros.
En ese momento, tampoco se escuchaban villancicos, ni la música de salsa navideña del ‘Brujo de Borinquen’, Ismael Rivera, que tanto agrada para estas fiestas a los moradores del barrio que dormita a las faldas del Cerro Ancón.
No, aquel 20 de diciembre no sonaba aquella música, sino el retumbe de la metralla que desde la madrugada no dejó dormir a nadie en el barrio, y que mandó ‘a dormir para siempre a muchos’ en ese mismo gueto arrabalero de caserones de madera, originalmente dormitorios de principios del siglo veinte, de quienes con su músculo y sudor hediondo a pobreza, abrieron aquella herida en el ombligo hasta entonces virgen de nuestro país.
Ya el 20 de diciembre, cuando el día se hacía fuerte a la mitad de esa fecha, caminaba cautelosamente con Pepe Collado frente al cementerio Amador. En ese momento, observamos primero a la lejos una especie de libélula gigante que reposaba al ladito en la acera de esa calle, como si intentara (en vano) ocultarse de la mirada de los que caminaban por allí. Al acercarnos casi agazapados, nos percatamos de que esa libélula tenía la cola rota y las aspas torcidas, al igual que astillados sus ojos.
Se trataba de un pequeño helicóptero UH-60 de observación de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, que había sido derribado durante la medianoche o la madrugada del 20, por algún miembro del ejército panameño o de los denominados Batallones de la Dignidad. Nos acercamos con sigilo y extrema cautela hacia aquella libélula metálica que yacía abatida en la calle.
Me asomé a través de unas de sus puertas semiabiertas para percatarme de que su interior estaba vacío, sin el mínimo rastro de sangre o de la existencia de sus dos tripulantes.
Nos miramos sin hacer comentarios, para después caminar un par de pasos más, hasta toparnos con el enorme cuerpo de aquella señora, que yacía frente a la puerta de entrada de la cárcel Modelo. En aquel rostro sin vida solo, la palidez del final se hacía presente.
Estaba descalza y en bata, como si no hubiese tenido tiempo aquella señora, ni siquiera de ponerse sus baratas chancletas para escapar de la muerte que la conquistó esa madrugada. Una rápida mirada me mostró que al parecer no tenía rasguños ni orificios de bala en su cuerpo.
Otra mirada hacia arriba me indicó también que, a esas alturas, La Modelo estaba vacía, como si todos los presos se hubiesen escapado aprovechando el momento de la confusión del ataque estadounidense.
El ambiente continuaba pesado, mientras caminábamos más allá de la cárcel Modelo, hasta llegar a la altura de la calle 25, donde quedaba una serie de pequeños comercios y tiendas de abarrotes.
De una de esas tiendecitas nos salió de repente una figura sin camisa, que me llamó por mi nombre: ‘Juega Manolo, si quieres algo de esta tienda, solo pídemelo que todo lo que está aquí me pertenece’.
De inmediato, miré al que me hablaba para percatarme de que se trataba de un ex patrullero que laboró en la Patrulla de Caminos de Chame, y a quien solo conocía por el apodo de ‘El Curvo’. ‘¿Qué sopá Curvo? ¿Tú no estabas preso en La Modelo?, le pregunté. ‘Sí, pero ya vez que ahora estoy libre y soy el dueño de todo esto’, me respondió, mientras bebía una soda Coca Cola.
Le hice señas con mi mano derecha para seguir adelante. En ese instante, ni siquiera me imaginaba con lo que nos encontraríamos un poco más allá, en la calle 27; aquella misma calle de la cerveza fría de contrabando (de la Zona del Canal), y del pesca’o frito. Más adelante, empezamos a bajar por la antigua Casa de Piedra.
Allí, luego de haber sido derribada la Casa de Piedra, se construía un edificio (que ya estaba casi terminado) para albergar a algunos soldados de las Fuerzas de Defensa con sus familiares.
Al entrar en esa especie de callejón, que representa la última vía de El Chorrillo para salir de la capital, la brisa marina nos trajo desde la avenida de los Poetas un picantoso y agridulce olor, que de inmediato me hizo escupir toda la tensión acumulada en mis pulmones. Era un olor que algunas veces vuelvo a sentir como si el tiempo no hubiese pasado, a pesar de los 21 años transcurridos.
Era una ‘multicombinación’ de pólvora, con el humo del incendio que consumió las barracas de aquella calle del pesca’o frito con cerveza fría; aquella calle de las Hamms Beer de la Zona, y de la misma marihuana que volvía ‘locos’ a los soldados del Comando Sur .
Era una combinación de tantísimos olores. Una hediondez a escombros de madera podrida y quemada hasta convertirse en carbón. Era una hediondez de ropa quemada… Era una hediondez de cuerpos humanos… Cuerpos humanos mutilados… Cuerpos humanos desmembrados… Cuerpos humanos entre los escombros… Cuerpos humanos desfigurados… Cuerpos humanos carbonizados.
TERROR EN EL SANTO TOMÁS
Abandoné el área de El Chorrillo, agobiado por todo lo que allí había visto.
Pasó el día, y a la mañana siguiente contacté telefónicamente a mi hermano Oscar Álvarez para que con su automóvil hiciéramos un recorrido por algunos puntos de la ciudad.
La avenida Central era un despelote total. Desde el 20, la gente estaba desbordada saqueando los almacenes.
Los saqueadores se llevaban cualquier cosa.
Por un lado, un señor llevaba en sus hombros un enorme televisor, robado de un almacén, cuyo nombre ya ni me recuerdo; mientras que por el otro lado, un joven sostenía unos 10 globos inflados con helio, como si eso fuera lo único que pudo sacar del saqueo.
Lo mismo sucedía en la vía España, la Transístmica y en muchas partes más.
A eso del mediodía, nos dirigimos al Hospital Santo Tomás, y desde lejos sentimos el terrible olor a muerte que salía de la morgue para esparcirse por casi todos lados. En el hospital, todo era confusión.
Allí nos encontramos con el comandante de los Batallones de la Dignidad, Benjamín Colamarco, quien vestía un pantalón militar color verde y un suéter blanco, calzaba botas militares y de uno de sus hombros colgaba un fusil de asalto AK-47.
Cruzamos un par de palabras. ‘¿Cómo anda todo?’, le pregunté. ‘Estamos resistiendo’, me contestó, y de inmediato cada uno tomó por su lado.
Mi hermano y yo continuamos hacia Urgencias, pero antes de llegar allí bajaron de una ambulancia en camilla el cuerpo de un hombre de unos 30 años, que tenía un enorme boquete en el lado derecho de la cabeza, de donde como un volcán en erupción brotaban enormes chorros de sangre, que se derramaban por todos lados.
Aquel cuerpo inerme lo ingresaron por una puerta al cuarto de urgencias, y lo sacaron casi de inmediato, por otra salida rumbo a la morgue. En ese momento, me separé de mi hermano para salir de aquel perímetro, tratando de convencerme de que esa escena no me golpearía.
Sin embargo, esa fue la gota que derramó el vaso de agua de mi resistencia emocional, porque entonces y abrazado a una columna empecé a llorar, mientras me juraba que jamás volvería a ser periodista, ya que no soportaba ver tanta tragedia.
NORIEGA: DE DICTADOR A REO
La Invasión se ejecutó en diciembre de 1989, pero fue a inicios del mes de enero de 1990, cuando Noriega se rindió al ejército estadounidense, sin disparar ni un solo tiro y después de haber permanecido refugiado durante varios días en la sede de la Nunciatura Apostólica, localizada aún en el exclusivo barrio de Paitilla. En Miami, Estados Unidos, Noriega fue condenado a 40 años de prisión por narcotráfico, pena que le fuera reducida por buen comportamiento y otros aspectos legales más.
En el 2008, el general Manuel Antonio Noriega cumplió su condena, pero luego de permanecer tres años más en el Centro Correccional de Miami, Estados Unidos, fue extraditado a Francia, donde en 1999 lo habían juzgado y condenado en ausencia a 10 años de arresto, por el delito de blanqueo de capitales.
Allá en París se le hizo un nuevo juicio en el 2010, condenándolo ahora a siete años de prisión. En Panamá, Noriega ha sido condenado en ausencia a 20 años de prisión por el asesinato de Hugo Spadafora.
Igualmente, tiene otra condena de 20 años más por el fusilamiento del mayor Moisés Giroldi Vera, quien encabezara el 3 de octubre de 1989 una fallida asonada contra el entonces ‘Hombre Fuerte de Panamá’.
21 AÑOS DESPUÉS DEL VEINTE
¿Cuántos panameños fallecieron por esta acción militar? Una pregunta que sigue sin respuesta exacta.
Una investigación adelantada en 1990 por la Iglesia católica panameña indica que por la Invasión fallecieron 560 panameños, en su gran mayoría civiles; mientras que Estados Unidos afirma que solo 24 de sus soldados murieron.
De estos, Estados Unidos asegura que la mayoría falleció producto del denominado ‘fuego amigo’, que es cuando un militar mata accidentalmente a un compañero de armas durante un enfrentamiento con tropas adversarias.
Sin embargo, fuentes ligadas a los grupos que rechazaron la presencia militar estadounidense en Panamá, tienen varias cifras sobre los panameños caídos.
Unas veces dicen que murieron 2 mil panameños, y en otras indican que hasta 5 mil. Estas cifras plantean una pregunta más: ¿dónde están estos cadáveres? Se comenta que en diversas partes del país hay fosas comunes que no han sido abiertas, como en el área de la Cooperativa de Pescadores de El Chorrillo o por los lados del cementerio francés, en Pedro Miguel.
En marzo de 1990, asistí a la apertura de una fosa en un potrero de Chilibre, donde se encontraba enterrado un hombre, que había sido víctima de la acción militar estadounidense. También estuve cuando se abrió aquella gigantesca fosa común en el cementerio Jardín de Paz. Con esta acción, se logró identificar a la gran cantidad de cadáveres de civiles y militares que allí habían sido depositados.
Observé que algunos de estos cadáveres tenían atadas las manos hacia atrás, y en sus cabezas parecían haber recibido un tiro.
Lo cierto es que la Invasión fue un acontecimiento que marcó de manera profunda la existencia de miles de panameños. Son 21 años de ésa invasión que la chorrillera ‘Bore’ (Imógenes Lee Brown) nunca olvidará mientras viva, porque perdió a su compañero, mientras que su hija Nono yace inválida y ciega en una cama y su nieta Cuquita muda. Como ellas, muchos otros aún sufren las secuelas de aquella ‘Causa Justa’; no tan justa para los que fallecieron y sus familiares, ni tampoco para quienes quedaron con esa profunda cicatriz en el alma.