Final del paraíso y regreso a la ciudad

Y a los pantalones no solo no quieren cerrar, sino que es imposible hacerlo sin esfuerzo, así que cada mañana al vestirme me toma unos v...

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Y a los pantalones no solo no quieren cerrar, sino que es imposible hacerlo sin esfuerzo, así que cada mañana al vestirme me toma unos veinte minutos de esfuerzo sobrehumano el abrocharme el botón de la cintura. Sólo me quedan unos pocos días de estar en lo que yo llamo el paraíso, así que ni corto ni perezoso me dirijo a desayunar un delicioso bocata de jamón y queso con huevo duro, mayonesa, tomate y lechuga en un pan de granos que hace las delicias de cualquiera. Pero con eso no me lleno y repello con dos empanadas de atún fritas con su huevo duro y sus pimientos asados.

Baja mi familia y caminamos y caminamos hasta llegar a la plaza San Jaume donde mi mujer quiere comerse el último Frankfurt antes de partir y me doy una fiesta en el Conesa de miedo dos frankfurts y un pepito de lomo con queso derretido y escalibada que no se lo salta un tigre. Luego nos fuimos a las ramblas a buscar los helados de la Italiana y nos metimos unos cucuruchos de helado artesano para llegar caminado de vuelta a casa mis padres.

Esta noche de martes hemos decidido invitar a mi hermana y a mi cuñado a cenar a un pequeño restaurante de un compañero mío de veraneo de cuando éramos pequeños. Se trata del restaurante Silvestre regentado por mi amigo y chef Guillermo Casañe. La verdad es que pedimos un menú degustación a criterio del chef y nos sirvió lo que quiso pero todo de muy alto nivel culinario, como por ejemplo unos huevos escalfados con foie en salsa de trufas que estaban espectaculares; los milhojas falsos de langostinos con espinacas a la crema de los mismos; las colitas de rape en crema de tomate y crujiente de vegetales; y las patitas de cerdo rellenas de ceps y foie en salsa de hongos. Pero lo más destacado fue la coca de tomate perita confitado con cebolla caramelizada en salsa de aceitunas negras. La verdad es que fue una noche encantadora y para no perder la costumbre salimos llenos como botijos así que al llegar a casa nos tomamos sendos antiácidos para a la mañana siguiente poder desayunar.

Mi madre nos homenajeó con una macarronada de almuerzo que es un plato de sencillos penne con un salsa parecida a la bolognesa, pero que la versión catalana en lugar de usar carne se utiliza la butifarra mezclada con muchísima cebolla y tomate, mezclada esa salsa con los penne. Éstos se ponen a gratinar con queso parmesano y después se sirven para hacer las delicias de los comensales. Este es el típico plato que me transporta a la niñez porque al menos una vez a la semana nos preparaban estos macarrones para almorzar ya fuera en casa de la abuela, en casa de las tías o en la propia. Siempre ha sido mi debilidad y las tías lo saben así que a la mañana siguiente en casa de mi tía había otra macarronada para que el niño -ya tengo 44 años pero para ellas sigo siendo el Pedrito- se regresara a Panamá con un buen recuerdo de casa de los tíos.

Esto se acaba y ya hay que regresar a Panamá para atender el negocio y para que los niños vayan a la escuela. Por último una cena de despedida con mis padres entre llantos despedidas, las tías, los tíos todos lloran la marcha del niño y de los nietos, sobrinos nietos, etc.

De vuelta a casa con 22 libras de más, exceso de peso, cuesta hasta ponerme las medias pero hay un viejo refrán que dice “sarna con gusto no pica”, y en mi caso lo que he gozado bien. Justifica las semanas de aburrida lechuga y pesado ejercicio que me esperan para de aquí a dos años poder regresar al paraíso a disfrutar una vez más de todo lo que se come y bebe.

Hay quien come para vivir y yo que vivo para comer.

¡Buen provecho!

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