Mis primeras lecciones de guitarra

  • 30/11/2014 01:00
A los 16 años vi a tocar a mi primo Alejandro, a quien cariñosamente le llamaban ‘El Animal’

A pesar de ese sobrenombre que sugiere rabia, tosquedad y arrebato, mi primo era un oso cariñosito, lleno de sensibilidad y gusto por la buena música. Lo vi tocar, pues, aquella vez, y me dieron unas ganas inmensas de tocar ese instrumento extraño para los que había que coordinar mano derecha con mano izquierda de una manera que me parecía misteriosa e imposible, ese instrumento tan lejano en el tiempo, tan venido de lejos y sin embargo tan de ahora y aquí, tan de playa y fogata, tan de mujeres que suspiran y de fuerza adolescente. ‘Primo, quiero aprender a tocar guitarra’, dije mientras él trata de sacar un riff de Pearl Jam en su Fender Squire de 200 palos que en ese momento me parecía la guitarra más lujosa e impresionante del mundo, toda una Rolls Royce de las seis cuerdas, la pobre.

Mi primo me miró con cierto desdén, incredulidad y aburrimiento, dejó de tocar, hurgó en el clóset de su cuarto, sacó un libro y me lo tiró en las piernas. ‘Coge, allí está todo lo que necesitas saber’. En la portada el libro decía algo así como Essential Guitar Chords , y tenía un montón de ilustraciones de manos haciendo pisadas y posiciones raras sobre el diapasón de la guitarra. Recuerdo que aprendí los acordes de So, Re y Mi menor, y que con esa progresión escribí una canción que quedó, afortunadamente, perdida en el tiempo, flotando libre en el aire, sin dueño, sin voz, pero viva. Le mostré la canción a mi primo y hizo una mueca que muy bien pudo significar ‘muy bien’, ‘eso es una mierda’ o ‘te detesto, pues yo no podía tocar ni un solo acorde el primer día’, quién sabe.

En fin, después de meses de estudio y práctica, era capaz de tocar escalas de blues y charrasquear baladas, salsas e incluso interpretar alguno que otro arreglo de heavy metal al estilo Metallica y compañía. Recuerdo que me sentía capaz de lograrlo todo cuando finalmente pude tocar los arpegios de la legendaria canción Dust in the wind , de la agrupación Kansas y Stairway to heaven de Led Zepellin, la obligada.

Yo era la hostia, súperman, hombre de acero, virtuoso, la arrogancia pura hecha música, levitaba por encima de los demás mortales. Hasta que escuché a Paco de Lucía. Mi primera reacción fue: ¿quién es este viejo cabrón?. Sí, lo detesté con toda mi alma. Y lo amé. Nunca he podido tocar lo que él tocaba. Aprendí con él que uno debe aceptar sus limitaciones y me agarré de lo que declaró David Gilmour en una ocasión: ‘Tus limitaciones construyen tu estilo’. Me dije entonces: ‘Seré un hombre de estilo, no de virtuosismo’. Me conmovió mucho la muerte de Paco de Lucía. Los que lo conocieron han dicho que fue un sujeto lleno de vida y pasión. De las declaraciones que alguna vez dio, me quedo con esta: ‘Yo no he estado nunca reconciliado con la guitarra. La guitarra es una hija de puta, la detesto. Es como una relación de amor y odio, que a mí me hace polvo. ¡Cómo me gustaría encontrar algo que me permitiera no tocar más! O tocar, al menos, como los brasileños, tan relajados; o como tocan la guitarra clásica. Pero la tensión del flamenco te machaca. Pero sin pretexto, no hay manera. No me veo sentándome a ver el fútbol sin tocarla’. Grande, Paco. Sí, muy grande. Sin embargo, releyendo la primera parte de su declaración (‘yo no he estado nunca reconciliado con la guitarra. La guitarra es una hija de puta, la detesto’), me doy cuenta de que esta columna es más sobre mi primo, El Animal. Grande, mi primo. Ojalá supiera qué tan grande es. O fue. O ¿será?

MÚSICO Y POETA

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