Escribir para superar los traumas

  • 14/06/2026 00:00
Los escritores Gioconda Belli (Nicaragua) y Javier Zamora (El Salvador/Estados Unidos) compartieron durante el festival Centroamérica Cuenta en Panamá, cómo superaron los traumas mediante la escritura

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Gioconda Belli cierra con Un silencio lleno de murmullos (2024) una trilogía que comenzó con la novela La mujer habitada (1988) y el libro de memorias El país bajo mi piel (2001). En todas, esta autora nicaragüense habla sobre heroísmo, lucha, opresión, resistencia, patriotismo, amor y vida.

Javier Zamora tenía 9 años cuando se trasladó desde El Salvador hasta Estados Unidos en busca de unos padres que dejaron su tierra huyendo a una guerra civil. Fue una experiencia llena de alegrías, sufrimientos, peligros, solidaridad, tristezas y empatías que primero exploró desde su poemario Unaccompanied (2017) y luego en su obra testimonial Solito (2022).

Ambos autores hablaron de sus respectivas carreras literarias con el profesor Daniel Domínguez Z. (Panamá) en el conversatorio “La historia que vivimos, la historia que contamos”, en el marco del festival Centroamérica Cuenta en Panamá, actividad apoyada por el Ministerio de Cultura (MiCultura).

Sueños destrozados

Gioconda Belli empezó escribiendo poesía y llegó un momento en que los versos no le bastaban para contar la historia colectiva de su pueblo. Entonces sintió la necesidad de relatar desde otra perspectiva las dictaduras -militares y civiles- que han azotado a su país.

Le costó más redactar desde la ficción en Un silencio lleno de murmullos la frustración por el rumbo equivocado que ha tomado el gobierno actual de su tierra natal, que los sueños de la causa revolucionaria que llevó al fin de la dictadura familiar de los Somoza.

“Hay que hablar del desgarramiento profundo de lo que fue un sueño que creíste verlo cumplido y de repente ese sueño explota como una pompa de jabón. Y no solamente explota, sino que se transformó en un monstruo que me echa de mi país, me quita mi casa, me quita mi seguridad económica y me manda a reinventarme a los 70 años en el exilio. ¿Qué pasa cuando los sueños se convierten en pesadillas? ¿En qué podemos soñar hoy?”, anota.

Belli experimentó estrés postraumático cuando se fue de Nicaragua en los años 1990 a Estados Unidos con su esposo Charlie. Tuvo que hacer un gran esfuerzo de nunca tener miedo, ni durante la dictadura, ni en la posterior guerra. “Lo más importante cuando estás conspirando es ser natural. No puedes ponerte nervioso”.

Cuando llegó a Estados Unidos, de repente, empezó a sentir ataques de pánico. Todo el miedo que no había sentido antes le empezó a dar. “Pensaba que me iba a morir de un infarto, me daban ataques de taquicardia paroxística. Me bajaba de los aviones o me atacaba el llanto porque pensaba que se iba a caer el avión. En Nueva York, una vez estaba en un cine y empecé a sentir que el piso se movía, fíjate que no sabía lo que era, porque pasaba el metro debajo del cine y yo pensaba que iba a haber un terremoto, porque también había sobrevivido un terremoto en Nicaragua”.

El miedo a los aviones recién se le quitó hace dos o tres años. Por eso entiende perfectamente a Javier Zamora. “No me imagino cómo ha sido para vos de niño, porque un adulto tiene más instrumentos para lidiar con eso”.

Un silencio lleno de murmullos también es un reconocimiento a esos sacrificios que no suelen aparecer en los libros de historia, que son los sacrificios de las madres que se van a construir un mundo mejor y sus hijos se quedan en casa esperándola.

“Los hombres se van a la guerra, y nadie les dice: ‘vas a dejar a tu hijo’, como si no tuvieran responsabilidades con los hijos, pero cuando la mujer decide hacerlo, entonces tenés ese sentimiento de culpa, no solamente el miedo y el estrés que te causa la idea de irte, sino también piensas que vas a dejar a tus hijos solos, y no los dejas solos, porque uno los deja con alguien, yo los dejé con mis padres”, indica.

Sobrevivir a las pesadillas

A los 17 años, Javier Zamora inició su relación formal con la poesía ya como residente en la unión americana. Fue una toma de conciencia que sus adultos tomaron con mucha cautela, pues le recordaron que en las décadas de 1970 y 1980 los escritores que en El Salvador tenían una militancia política terminaron en la cárcel o en el cementerio como les ocurrió a Roque Dalton, Lil Milagro Ramírez, Alfonso Hernández y Amílcar Colocho.

“La poesía se convirtió en la terapia más barata que tenía en mi situación migratoria. Con la poesía podía retornar al país que me había quitado la guerra”, recuerda. Lo que le convenció a irse más tarde a la narrativa fue descubrir que los versos se le hicieron pequeños para condensar todo lo que sufrió. Fue cuando empezó a narrar su travesía en Solito.

Una cosa es ser inmigrante por decisión porque deseas buscar nuevas oportunidades y otra ser obligado a irte de tu casa por un conflicto bélico y por necesidades económicas urgentes, indica quien recorrió cinco mil kilómetros para reunirse con sus progenitores, guiado por un coyote en un viaje que debía durar dos semanas y que se convirtió en una odisea de casi dos meses.

Para cuando publicó Solito, ya llevaba tres años acompañado de forma constante por su terapeuta, que sigue visitando cada martes. Y esa estabilidad, junto con su relación de pareja, le dio una nueva confianza para escribir.

“Cuando uno sufre un trauma, su cerebro está programado para decirnos que eso que sucedió, no ocurrió así. El cerebro está programado para que nuestra memoria no resienta todo lo que hicimos”, manifiesta.

Cuando sus padres emprenden su recorrido, Javier Zamora se quedó con sus abuelos en El Salvador. ¿Cómo cambió su mirada sobre sus papás luego de escribir Solito? “Yo no soy padre, pero me di cuenta el trauma que mi propio viaje les causó a mis padres. En ese entonces, no había WhatsApp, ni Facebook, así que ellos no supieron, por ocho semanas, a dónde estaba yo. Ellos no tenían los papeles en orden como para ir a buscarme a la frontera”.

Antes de Solito se despertaba y tenía pesadillas. Cuando veía una película sobre un inmigrante los traumas regresaban puntuales. También le costó quitarse la vergüenza de haber sido muy pobre en el pueblo costero donde abrió los ojos por primera vez. “Y la única herramienta que tenía en mi adolescencia para solucionar el dolor era tomar licor. Me encantaba tomar, pero ya no. La terapia me ayudó a decirme: ‘esto te pasó, pero vas a estar bien”.

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