Después de las bombas

Nos alejamos de esas costas para informar sobre los sucesos posteriores a las bombas

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Muchos historiadores defienden la teoría de que Japón estaba por rendirse. Los bombardeos incendiarios a baja altura habían destruido su infraestructura, dejado entre 100 y 200 mil personas muertas, un millón de heridos y otro millón sin hogar.

Este mes conmemoramos años del bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki. Aproximadamente 246.000 asesinados en un instante, la mayoría de ellos civiles. Pero había que probar las bombas. Hoy nos alejamos de esas costas para informar sobre los sucesos posteriores a las bombas.

Un poco de Historia

El Reino de Ryukyu, como se le conocía a Okinawa, no ha tenido mucha suerte, formó parte del sistema tributario de la China imperial. En el período Edo (1603-1868), durante el shogunato de Tokugawa fue asimilado por el Dominio de Satsuma y convertido en un estado vasallo. Luego, en el período Meiji (1868-1912) por un breve tiempo se convirtió en el Dominio de Ryukyu del Imperio Japonés que luego lo abolió y convirtió en la prefectura de Okinawa.

Durante la Segunda Guerra Mundial se dio un gran asalto anfibio que duró casi tres meses de violentos enfrentamientos conocidos como Tetsuno ame - Lluvia de acero o Tetsuno bofu - Tifón de acero. Hubo 107.000 militares japoneses muertos, algunos enterrados vivos pues los aliados sellaban las cuevas con soldados dentro, esta cifra se vio opacada por las muertes civiles, unas 150,000 además de las violaciones carnales a la población por parte del ejército norteamericano, más de 10.000 en los casi tres meses de campaña. Terminada la guerra, los enemigos no se fueron, se afincaron y construyeron sus bases militares.

Durante la Segunda Guerra Mundial se dio un gran asalto anfibio que duró casi tres meses de violentos enfrentamientos.
En la actualidad

Okinawa sigue bajo el yugo del Pentágono, setenta por ciento de las bases de Asia se encuentran en la isla, además del aeropuerto militar más grande, Kadena. En total se estima que actualmente hay más de 50,000 soldados en el territorio.

La población y los recursos de la isla sufren las inclemencias y desinterés de los militares. No habían pasado dos años de finalizada la guerra cuando un número de campesinos murió pues los soldados vertieron arsénico cerca de un pozo de agua dulce en la isla de Iheya. Entre 1961 y 1962 probaron armas biológicas anticultivos en campos de arroz en Shuri, Nago e Ishikawa, tal vez como investigación para la subsiguiente guerra de Vietnam. Los científicos militares aprendieron que destruir los sembradíos era la manera fácil de conseguir la tierra, y así lo hicieron en la isla de Lejima en 1973 cuando los campesinos se opusieron a su confiscación. Simplemente esparcieron defoliantes en aerosol. Desde la década de los sesenta hasta casi principios de los noventa hubo tres fugas de Gas CS, un compuesto lacrimógeno que produce daños severos en pulmones, corazón e hígado.

Okinawa no gana para sustos, a mediados de los noventa en la isla de Torishima la infantería de marina disparó sin querer 1,500 proyectiles de uranio empobrecido, seis años después la ONU descubrió que el mismo, fabricado en Estados Unidos, contiene plutonio que lo hace más radiactivo. La isla está desierta y lo seguirá estando. Al menos no probaron una bomba de hidrógeno, como la de un megatón que se les cayó al mar llegando a Okinawa y nunca fue recuperada.

A pesar de que la población exige el cierre de bases, la nueva primer ministro Sanae Takaichi, una revisionista de la historia, no ve con buenos ojos la retirada.
El problema de las Bases

Las violaciones continúan y los asesinatos también, en 1995 tres soldados violaron a una niña de 12 años, en ese momento más de 80,000 okinawenses salieron a la calle a protestar por la presencia militar. Tristemente el número palidece con las estadísticas. El Mundo de España: Desde 1972, las autoridades locales han contabilizado más de 6.000 casos de agresiones sexuales cometidas por soldados estadounidenses amparados durante décadas por protecciones extraterritoriales que han limitado la responsabilidad legal del personal militar.

A pesar de que la población exige el cierre de bases, la nueva primer ministro Sanae Takaichi, una revisionista de la historia, no ve con buenos ojos la retirada, ya que considera la presencia militar escudo imprescindible para salvaguardar la seguridad nacional de Japón. Los daños ecológicos y a los ciudadanos se siguen sumando, contaminación en ríos por derrame de gasolina, vertido de sustancias químicas desconocidas en los desagües, fuga de anticongelante al mar, vertidos de aguas residuales sin tratamiento a ríos y mares.

En la base aérea de Futema se encontraron más de cien barriles de agente naranja enterrados, el cual todavía causa defectos de nacimiento en Vietnam. En un campo de fútbol infantil hecho en terrenos previamente ocupados por los militares, se encontraron 108 barriles que contenían dioxinas, herbicidas y BPC (bifenilos policlorados).

El cálculo de cuánto costaría la limpieza de las bases es astronómico, Japón paga 1,400 millones de dólares anuales por alojarla y el dinero de la limpieza según el contrato, también corre por cuenta de los japoneses.

La periodista Chermaine Lee en su artículo Los habitantes de Okinawa están divididos sobre si las bases estadounidenses justifican la carga dijo que la narrativa de protección de Japón en caso de una guerra es una falacia. Kozue Akibayashi, profesora de la Universidad Doshisha me comentó: “el ejército estadounidense no está aquí para protegernos. Es una fantasía que circula por ahí... Un mito muy arraigado no solo entre los okinawenses sino en todo el mundo, que la militarización es el único método para garantizar la seguridad”, mientras tanto, la guerra parece no haber terminado en Okinawa.

Rolando José Rodríguez De León es Doctor en Comunicación Audiovisual y Vicedecano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Panamá.

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