¿Por qué Voltaire?

  • 15/02/2026 00:00
Quizás la asociación más probable es que se trate de algún escritor francés que pulula entre las enmohecidas enciclopedias de los clásicos que ya nadie lee

Me pregunto si, en nuestro medio filosófico y político, François-Marie Arouet, conocido como Voltaire (1694-1778) es, en verdad, un gran desconocido. No afirmo que su nombre sea ignorado, pero hasta dónde el conocimiento de Voltaire alcanza realmente nuestras lecturas o intereses en un país que prácticamente ha reducido la enseñanza de la filosofía en las escuelas medias y las universidades.

Es difícil decirlo. Quizás la asociación más probable es que se trate de algún escritor francés que pulula entre las enmohecidas enciclopedias de los clásicos que ya nadie lee. Probablemente, la aptitud más común es la indiferencia o, simplemente, el desconocimiento que a nadie o a muy pocos preocupa. He dudado sobre el título de este artículo, que nace de mi lectura de las Cartas filosóficas o inglesas (1727) que, según Karl Popper, en la introducción de su análisis sobre Immanuel Kant (quien fue el fundador filosófico del pragmatismo como se lo reconoce William James), es el puente de la Inglaterra del siglo XVIII con la Europa continental, donde en aquel país prima el gobierno constitucional, la tolerancia religiosa, ¨el poder explicativo de la cosmología de Newton¨ y el ¨empirismo analítico de Locke¨.

Y he dudado, en efecto, de poner un título, porque mi interés no es hacer proselitismo o ganar adeptos (cosa que el mismo Voltaire reprocharía por rechazo al espíritu de secta o de partido), pues, además, tenía una mirada bien práctica sobre la vida, una mirada alejada de los dogmas esencialistas, que, a diferencia de los cristianos, como Pascal, y de Rousseau, que respiraba del cristianismo, no se perdía o se regodeaba con el sufrimiento de esta tierra. Hay que decir que Voltaire no negaba la existencia de un Ser Supremo, pero lo que sí no aceptaba eran los eufemismos de todos los fanáticos, ya fuesen religiosos e, incluso, laicos, que, para mí, cegados por su fe política e ideológica, niegan todas las evidencias que la terca realidad les escupe a diario en su cara. Consideraba que, con estos necios, era imposible argumentar. Ciertamente, la tierra no era, para él, tan solo sufrimiento, o, mejor dicho, esta vida merece vivirla, donde cada uno busca o puede encontrar su felicidad.

Para Voltaire, la felicidad era un bien preciado y, a diferencia de Rousseau, no concebía que la humanidad encontrara su redención en el espejo del estado “primitivo” o “salvaje”. Él no estaba a la caza de nostalgias o utopías, aunque si defendía el imperio de la Razón, de la crítica, y el derecho a disentir. En este sentido, leerlo es encontrar a un filósofo que vivía en su tiempo de la realidad histórica, con sus limitaciones y posibilidades, y nunca perdía de vista la realidad económica, que tiene su impacto o sus consecuencias en la vida de un individuo o de un pueblo entero.

Como era celoso de su libertad e independencia, tenía el firme propósito de hacerse con una fortuna, como un medio para garantizar su libertad, financiera y física, frente a los poderosos, porque, hay que decirlo, de joven, fue objeto de palizas, de humillaciones, de encierros en La Bastille y del exilio. Voltaire, como un hombre de letras del Siglo de las Luces, proveniente de Europa continental, donde dominaban reyes con poderes absolutos, aunque fuesen ilustrados como Luis XIV en Francia o Federico el Grande de Prusia, debió haber sentido inmediatamente el aire de libertad en Inglaterra, con sus libertades políticas y religiosas, un país que para esa época ya tenía el poder comercial y marítimo del planeta, y allí escribió una frase que solo un ser humano, ávido de libertad podía escribir: ¨El mérito encuentra en verdad en Inglaterra otras recompensas más honrosas para la nación. Tal es el respeto que ese pueblo tiene por los talentos, que un hombre de mérito siempre hace allí fortuna¨.

Él era plenamente consciente, como lo muestran sus escritos, de la realidad geopolítica de su época, que nos afecta a todos: ¨La posteridad se enterará, quizá con sorpresa, de que una isla pequeña, que no tiene de por sí misma más que un poco de plomo, estaño, tierra de batán y lana grosera, ha llegado a ser por su comercio, lo suficientemente poderosa para enviar, en 1723, tres flotas a la vez a tres extremos del mundo, una ante Gibraltar, conquistado y conservado por sus armas, otra a PortoBello, para quitar al rey de España el goce de los tesoros de las Indias, y la tercera al mar Báltico, para impedir batirse a las potencias del norte¨.

Pero lo que él no registra, en este escrito, es el hecho de que esa fortaleza económica está basada también en la cuota de los negros esclavos del Caribe y los campesinos de la India, como sí lo hace en Cándido (1759), que transfieren a la metrópoli una cuantiosa plusvalía, un negocio del cual el mismo Voltaire, a través de su banquero, obtuvo provecho al invertir en compañías comerciales, porque, además, a diferencia de otros ilustrados de su época, nunca denunció la trata o pidió su abolición. Solo hizo referencia al maltrato de los esclavos.

Con todo lo contradictorio de su vida, Voltaire era un intelectual de su tiempo muy consciente de lo que habían logrado filósofos y científicos como Locke, Bacon y Newton para emancipar a la humanidad de las ideas innatas, los prejuicios y las limitaciones filosóficas, religiosas y políticas. Y entre una de las observaciones más atinadas es cuando se refiere a Descartes, pues el método, el espíritu de sistematicidad, no convierte a nadie invulnerable al error si no está acompañado del contrate con la realidad y del mundo, que es contradictorio, paradójico, y que elimina todas nuestras ideas preconcebidas.

Es de allí que alguien, como muchos de mi generación, que nos torturaban -y nos quitaban preciosas horas de nuestras vidas - con el álgebra de Baldor es que leo por medio de Voltaire, lo siguiente: “pero sería excelente que los físicos y los geómetras juntasen, en la medida de lo posible, la práctica a la especulación. ¿Acaso es preciso que lo que da mayor honor al espíritu humano sea a menudo lo menos útil? Un hombre, con las cuatro reglas de la aritmética y sentido común, llega a ser un gran negociante, un Jacques Coeur, un Delmet, un Bernard, mientras que un pobre algebrista se pasa la vida buscando, en los números relaciones y propiedades asombrosas, pero sin uso, y que no le enseñarán lo que es el cambio”.Vuelvo a mi pregunta por qué Voltaire, Y aquí, creo, haberla resuelto.

Para Voltaire, la felicidad era un bien preciado y, a diferencia de Rousseau, no concebía que la humanidad encontrara su redención en el espejo del estado “primitivo” o “salvaje”.
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