Temas Especiales

01 de Feb de 2023

Café Estrella

El heredero del dictador

PANAMÁ. Siempre se ha dicho que la realidad supera la ficción. La frase adquirió jerarquía de axioma y, si necesitase argumentarse, podr...

PANAMÁ. Siempre se ha dicho que la realidad supera la ficción. La frase adquirió jerarquía de axioma y, si necesitase argumentarse, podríamos encontrar evidencia en la vasta imaginación que tomó como materia de creación la misma realidad en Latinoamérica. Más claro: cuentos y novelas que se basan en hechos históricos concretos y verificables. La narración de mentiras sobre verdades de este territorio.

Ejemplos sobran. Las plumas del Boom latinoamericano le dedicaron mucha atención (y páginas) a la figura del dictador, para denunciar el caudillismo y el poder autoritario ejercido en la región. Allí está la maestría de Mario Vargas Llosa en ‘La Fiesta del Chivo’ para desmembrar el régimen de Trujillo en República Dominicana. ‘Yo, el supremo’ de Augusto Roa Bastos, ‘El Recurso del Método’ de Alejo Carpentier y, por supuesto, Gabriel García Márquez con ‘El Otoño del Patriarca’.

Aquí, en Panamá, apareció ‘El Alumno’, un libro de Mauro Zúñiga que ya va por la segunda edición. Heredero de esa mirada comprometida y politizada, Zúñiga no toma al dictador como personaje central sino a su propio contemporáneo: el alumno, el sucesor que ejerce la arbitrariedad en estos tiempos de aparente democracia.

Todos conocemos a Zúñiga: irónico, concreto, audaz. En este caso construye la voz de un narrador atento y observador, pero externo. Uno que pone en tensión realidad y ficción en este tiempo. Aunque no es escritor ni tiene la maestría de los autores nombrados, el libro se lee de un tirón por la sucesión de hechos irrisorios que introduce y porque esas verdades que contadas de otra forma o por otra persona podrían arrastrar al drama, tamizadas por su estilo resultan divertidas.

PERSONAJES CERCANOS

El dictador en este caso es el maestro del personaje bendecido por su protección, que es el principal. No sabremos qué habrá visto el dictador para amparar a esa niño tímido que era el blanco de todos los golpes en la escuela y siempre volvía a la casa con la cara moreteada, para la risa de hermanos, primos y preocupación de algunos adultos (los que no le prestaban atención y lo llamaban ‘tuntuncito’). Tal vez esa necesidad de padrino o guía. En el General la encontró y recibió los consejos y favores que finalmente lo convirtieron en un hombre con una ambición sin reglas, déspota, vicioso, promiscuo, millonario empresario y, finalmente, presidente. Bipolar ya era antes de eso.

El aprendiz y el tirano interactúan. El aprendiz, Enrico, descendiente de una dinastía agricultora, con un abuelo patrón de estancia déspota que igual que explotaba de sus empleados, abusaba de las mujeres de ellos. El tirano, el General Andrés Ponce, un hombre reclutado por la CIA cuando estudiaba en la Academia Militar, incorporado cuando retornó al país a los organismos de inteligencia y, a partir de allí, al narcotráfico vinculado al cartel de Medellín. Luego, para traficar armas para la contra nicaragüense, se asoció también al de Cali.

ENSEÑANZA Y ¿REALIDAD?

Enrico, ya se dijo, era tímido y el General vio en él una persona de confianza para lavar dinero. Él acepto gustoso a cambio de millones y algo que experimentó por primera vez en la casa de su tutor: la desinhibición que producen la cocaína y el alcohol. Nunca más podría abandonarla: ‘ambas han sido damas de compañía necesarias para que otras damas lo acompañen’, apunta el narrador de ‘El Alumno’.

Aunque con el tiempo el aprendiz se convertirá en un emisor desinteresado en sus interlocutores, con el tirano escucha más de lo que habla. Escucha cosas como esta:

—Los narcotraficantes no hacemos nada gratis. Ya lo verás cuando incursiones en este negocio.

Y más adelante:

—Necesitamos más propiedades para lavar. Hay que construir una gran cadena de supermercados. Si lo logramos, lavamos el mundo.

Y después:

—La mentira, Enrico. Miente siempre. La verdad no existe ni en la imaginación. Pero mentir es un arte que hay que aprender. Empieza por mentirte a ti mismo. Engáñate. Cambia tu identidad (…). La identidad es como te ves a ti mismo. La personalidad es como te ven los demás (…). No te importe un carajo si hoy dices algo y mañana lo contrario. La gente no se dará cuenta y, si se da, se jodió.

Con estas máximas, el alumno llegará incluso a superar al maestro. De a poco se convierte en un hombre sin ningún tipo de pudor para conseguir su objetivo, ya sea hacerse de una empresa, un banco o una mujer, aunque sea menor y de su propia familia. Adquiere del maestro la visión machista que concibe al sexo como un símbolo del poder, de su virilidad; por lo que la mujer es un objeto del que se dispone. Como entiende que es fundamental manejar la política para tener control sobre los negocios, también llega a Presidente.

‘ El Alumno’ es una obra realista, más que una historia novelada. Al leerlo y releerlo, se entiende que esta ficción tiene un sustento real. Y se desea, tal vez en vano, que la realidad se aleje de eso.