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31 de Mar de 2020

Cultura

Sembrador de tradiciones

Llegó a Panamá hace casi un año. Su hogar es ahora la Catedral Ortodoxa Griega, “La Anunciación de la Madre de Dios”. Se trata del Archi...

Llegó a Panamá hace casi un año. Su hogar es ahora la Catedral Ortodoxa Griega, “La Anunciación de la Madre de Dios”. Se trata del Archimandrita Eleftherios Stavrakaridis, quien hace once meses llegó al istmo en reemplazo del Padre Fotios Bithas a cargo por 15 años de la feligresía helénica. Su rango, Archimandrita, es el inmediatamente inferior al de Arzobispo, uno de los más altos en la jerarquía de la iglesia ortodoxa griega.

“Todo lo que amo está en Grecia, pero ahora mi amor está aquí y Panamá es mi familia”, dice este sacerdote que, a sus 33 años, por primera vez reside en otro país que no es el suyo, donde estuvo sirviendo por siete años en diferentes regiones hasta que “me interesé en los griegos fuera de Grecia”, cuenta.

“No sé cuanto me quede. Puede ser para siempre”, dice el Archimandrita. “Ahora estoy aquí, en Panamá y tengo diecinueve mil mamás y abuelas”, asegura con una sonrisa este hombre que es huérfano de padre y madre.

Ni la espesa barba negra, ni la austeridad de su hábito negro pueden disimular su juventud y la bondad que se le asoma a los ojos cuando apasionadamente trata de impedir que nuestra intérprete, Theo Tiniacos, hable de él. Aunque el padre Stavrakaridis ya habla suficiente español para dejarse entender, pidió la ayuda de una devota para estar seguro de ello. “No quiere que se escriba sobre él, dice que no es importante”, traduce Theo. “Lo importante es lo que ha venido a hacer a Panamá, donde hay ya cuatro generaciones de griegos”.

Ella, que pertenece a una de esas generaciones, sabe muy bien lo que para los miembros de la comunidad representa el Padre Eleftherios: “Es maestro, consejero, guía espiritual. Es quien nos ayuda a mantener nuestras tradiciones y es el eje de la supervivencia de nuestra cultura”. Y se nota la conexión que existe entre este pastor y sus ovejas. Después de la Divina Liturgia, los fieles se juntan a tomar un café, a repasar los acontecimientos de la semana y comparten con su párroco en un salón ubicado detrás de la catedral, donde se realizan las diferentes actividades sociales vinculadas a las celebraciones religiosas.

Es un caluroso domingo de junio. En la celebración de los oficios divinos, toda la ceremonia se realiza en griego, dura por lo menos dos horas y, al estilo antiguo, el sacerdote la oficia de espaldas a los fieles. “La misa griega no es para los hombres, es para Dios”, me dice en un susurro Dimitri Kosmas, Presidente de la Juventud Helénica de Panamá. Dimitri es descendiente de una segunda generación de griegos nacidos en Panamá y siente “un profundo deber con su pasado e historia” y el compromiso de “esparcir todas aquellas enseñanzas”.

La catedral ortodoxa griega en realidad no funge como tal, sino solamente como iglesia porque no se pudo tener un Arzobispado en Panamá. Depende de México, según me explica Theo. En 1949 se colocó la primera piedra de este edificio, ubicado en Vía Porras, que es sostenido exclusivamente gracias a los aportes de sus feligreses. “El único en Centroamérica que es mantenido por sus miembros”, vuelve a decirme entre dientes, Dimitri.

Visto por fuera no deja adivinar su exquisita ornamentación interior. Es un templo más bien pequeño, quizás con no más de 64 bancas de madera alineadas en cuatro columnas en sus naves principal y laterales. Está construida sobre una planta en forma de cruz griega de brazos iguales, “que crea un espacio de templo estático, centrado, congregado bajo la cúpula, la cual como un manto, abarca a los que están orando”, dice Ermolaos Antoniadis en un artículo en revista de la comunidad helénica de Panamá.

Las paredes, la cúpula y las vallas o tabiques que separan las diferentes secciones del templo, están cubiertas por varias filas de coloridos íconos distribuidos según un plan fijo y el fondo sobre el que están pintados, es de color oro. Varias arañas cuelgan de la cúpula y de diferentes partes del techo, iluminando toda el área.

Apenas se ingresa al recinto, en el vestíbulo a mano izquierda, se encuentra un velador donde los fieles colocan velas encendidas junto a una plegaria. “Sería imposible, dice el articulista, imaginarse un templo ortodoxo donde no se enciendan velas. La cera se brinda en señal de nuestro arrepentimiento, junto con el acto de la señal de la cruz que debe ser acompañado por una oración”. Mientras sigo la ceremonia, un niño juega riendo feliz al apagar velas que Dimitri le va alcanzando una por una.

La señal de la cruz es diferente a la del catolicismo, como me explica Dimitri. Se unen los dedos pulgar, índice y medio, simbolizando la Santísima Trinidad y se empieza tocando la frente, después el pecho, el hombro derecho, el hombro izquierdo para terminar con la mano extendida sobre el corazón. Esta es una manera antiquísima de persignarse que viene de la práctica original entre los cristianos de la iglesia, aún sin dividirse, tanto oriental como occidental.

El Archimandrita nos explica que la divina liturgia se imparte totalmente en griego para crear una fortaleza destinada a conservar las tradiciones. Aún cuando la mayor parte del rito litúrgico se oficia en griego, por encontrarse en un país de habla hispana sus componentes más importantes como el Evangelio, las Cartas de los Apóstoles, el Padrenuestro y el Credo se dicen en español.

Este ritual tiene un carácter muy solemne. Para alguien que participa por primera vez de él, pareciera que lo cotidiano es una celebración especial. La ornamentación de las vestiduras del oficiante, los símbolos sagrados, la decoración del lugar, la iluminación, todo está cargado de significado.

El ambiente invita a la introspección. Quizás es un sentimiento de intimidación provocado por las miradas de decenas de íconos que vigilan a los visitantes desde todos los rincones del templo. Para los ortodoxos “el ícono contiene en sí mismo historia, tradición, simbolismo, teología y arte. Las imágenes son una parte del misterio empapado en sacramentalidad, que constituye la iglesia”, explica Antoniadis en su artículo.

El tiempo transcurre en el templo lleno de fieles. De tanto en tanto, dos de ellos ubicados a la derecha del altar, detrás de un atril, corresponden con cánticos sacros a las plegarias del Archimandrita, acompañados de un órgano. Finalmente el oficio termina, y la gente va saliendo, no sin antes recibir un pedazo de pan consagrado de manos del sacerdote que los despide de pie frente al altar. Niños y adultos salen comiendo el pan “que es el cuerpo de Cristo”, como dice uno de los feligreses.

Salimos detrás de los últimos fieles, dejando atrás un ambiente cálido, acogedor, quizás por las dimensiones del templo, donde todo invita a conversar quedamente con uno mismo o, si se es creyente, con Dios.