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28 de Mar de 2020

Cultura

Carnaval olímpico

Pelé lloró como cuando ganó el Mundial de fútbol de 1970. Pero está vez, “O rey” no fue la gran figura de la gesta brasileña. El preside...

Pelé lloró como cuando ganó el Mundial de fútbol de 1970. Pero está vez, “O rey” no fue la gran figura de la gesta brasileña. El presidente Luiz Inacio Lula da Silva, el mismo al que Newsweek etiquetó en su última edición como “el político más popular de la tierra”, impuso su prestigio. El viernes, Rio de Janeiro ganó un inédito pulso diplomático al más alto nivel y se convirtió, en Copenhague, en la sede de los juegos olímpicos en 2016.

Rio se enfrentaba a Tokio, Madrid y Chicago, pero era la única candidatura capaz de hacer historia, pues por primera vez, las olimpíadas se disputarán en Suramérica. Lula recordó que Brasil es el único país de las 10 principales economías que no ha sido sede, y que las justas “no pueden ser un privilegio de las naciones ricas”.

Los entendidos aseguran que esos dos factores, el olvido olímpico de Suramérica y la pujanza económica de Brasil, fueron las claves de su victoria. La apuesta del Comité Olímpico Internacional confirma el liderazgo del gigante entre los poderes emergentes. Un triunfo nada fácil. La elección de la sede olímpica ha subido su perfil político en los últimos tiempos.

Hace cuatro años, el entonces primer ministro británico, Tony Blair, demostró que la presencia de un jefe de Estado puede inclinar la balanza, pues su llegada de último minuto aseguró los apoyos necesarios para que Londres sea el anfitrión en 2012. Después, en 2007, Vladimir Putin, por entonces presidente ruso, consiguió algo parecido para su país, cuando el balneario de Sochi ganó los olímpicos de invierno en 2014. Pero a Copenhague llegaron los jefes de Estado de los cuatro finalistas, lo que hizo crecer la expectativa.

Con el anuncio de último minuto de la fugaz presencia de Barack Obama se confirmó que todos estarían presentes: Lula, por Brasil; el rey Juan Carlos y el jefe de gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, por España, y el flamante primer ministro Yukio Hatoyama, por Japón. Muchos temían el “efecto Obama”. Chicago estaba rezagada, pero tan pronto anunció su visita, pasó a encabezar las apuestas. Sin embargo, las cosas volvieron a su lugar en la primera ronda de votación, que eliminó a Chicago. Fue una derrota personal para el primer presidente estadounidense en acudir a una ocasión como esta. En su contra jugó que la ciudad de los vientos era la única que tenía un movimiento en contra. También el recuerdo de los juegos de Atlanta 96, considerados un desastre económico, y de los olímpicos de invierno de Salt Lake City 2002, plagados por escándalos de corrupción. En realidad, de no haber sido la ciudad de Obama, desde el comienzo nadie habría apostado por Chicago. En la ronda final Rio derrotó a Madrid por 66 votos contra 32. El resultado, como dijo a SEMANA Julio César Gomes Dos Santos, ex embajador de Brasil, es “una victoria personal de Lula, porque él hizo un esfuerzo enorme para posibilitar las inversiones necesarias para acceder a las olimpíadas”. Rio 2016 llega en un momento dulce para el gigante suramericano, que también albergará el Mundial de fútbol de 2014. Serán dos inmejorables vitrinas para Brasil, que, junto a China, India y Rusia, conforma el famoso grupo Bric de economías emergentes y ha elevado su perfil en foros como el G-20 o Unasur. “Los juegos darán un importante empuje global a Brasil. Será enorme tener la atención mundial por casi una década”, dijo John Nauright, experto en deporte y globalización de George Mason University. Lula dijo en Copenhague que las justas “aumentarán la autoestima de los brasileños, consolidarán conquistas recientes y estimularán nuevos avances”. Lo que no dijo es que obtenerlas también es el broche de oro para el saliente gobierno de un ex obrero metalúrgico convertido en el político más popular de la tierra. ©PUBLICACIONES SEMANA