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08 de Mar de 2021

Cultura

De oreja y con corazón

Un inusitado día de verano rompe la gris monotonía de los cielos de octubre. El sol hace refulgir el opaco dorado de un saxofón marca Se...

Un inusitado día de verano rompe la gris monotonía de los cielos de octubre. El sol hace refulgir el opaco dorado de un saxofón marca Selmer, sobre cuya superficie metálica puede leerse la inscripción “Hecho en París”. Los dedos de Carlos Garnett se mueven sobre las teclas del instrumento con la cadencia y soltura del oleaje, que rompe sutilmente contra el pequeño muro de la Cinta Costera. La brisa veraniega (cabe recalcar que nos encontramos en plena temporada lluviosa) arranca las notas de la resplandeciente boca del saxo y las transporta como si fueran aves suspendidas en el viento. En el fondo, se aprecia el Casco Viejo, con sus edificios antiguos en plena transformación..

A medida que interpreta una versión jazzística del conocido bolero “Historia de un amor”, un par de jóvenes se acercan atraídos por la música, que no se asemeja en nada al reggae que domina las ondas hertzianas o a los éxitos interpretados por los artistas internacionales que pasan por el Istmo. Un policía detiene su bicicleta al lado de un palmera e inquiere, desde la autoridad que le proporciona su uniforme: “¿Es panameño?”. Tal vez este incidente explique por qué este músico de 71 años suele cubrir sus sienes con una gorra que lleva el nombre de “Panamá”.

Después de formar una banda en la escuela secundaria de Paraíso, comunidad a la que arribó junto a sus padres cuando tenía siete años de edad, Garnett comenzó a tocar con varios grupos locales, como, por ejemplo, los Gay Crooners, la orquesta Ritmo Tropical de Chachi Macías, el cuarteto de Victor Boa, entre otros. “Hubo un momento en que estaba tocando con cinco o seis grupos a la vez”, comenta mientras apoya uno de sus brazos en el saxofón que una amiga suya le compró en Francia en el año de 1965.

AUTODIDACTA EN NUEVA YORK

Con el sueño de poder tocar algún día con las grandes leyendas del jazz, Garnett abandonó su tierra natal y se mudó a Brooklyn, uno de los cinco distritos que conforman la ciudad de Nueva York, comenzando así una estadía que se prolongaría durante 39 años. Garnett hizo su debut de fuego en un club de jazz, interpretando la popular canción “Bye Bye Blackbird”, de Ray Henderson, una pieza que ya tocaba durante sus inicios como jazzista en Panamá. La respuesta del público neoyorquino fue una ovación de pie. Una vez concluida la función, el líder de la banda se le acercó y le preguntó: “Carlos, ¿tu sabes lo que estas tocando?” A lo que el músico respondió, con la espontaneidad que le caracteriza: “No, pero a la gente le gusta”.

A partir de ese momento, Garnett, que hasta ese entonces había sido un orgulloso autodidacta, empezó a devorar libros de música. Pasaba sus días practicando, estudiando, memorizando notas y escuchando discos de John Coltrane. “Si yo pudiera cambiar algo en mi vida sería que no fui a Manhattan a ver a tocar a Coltrane. Me quedé en Brooklyn como un estúpido”, apunta mientras se agarra la gris y rala barba.

Ya en la década de los setentas, Garnett comenzaría a trabajar con músicos de prestigio como es el caso del trompetista Freddie Hubbard. Una noche, después de la presentación del quinteto de Freddie Hubbard, durante la cual el saxofonista panameño recibió una efusiva ovación por su interpretación del tema “Loverman”, el trompetista le dijo a Garnett: “Carlos, yo creo que es mejor que formes tu propio grupo”.

JAZZISTAS Y BOXEADORES

En 1973, Garnett tuvo la oportunidad de compartir escenario con el músico al que considera como “la leyenda del jazz más famosa del mundo entero”. A pesar de contar con una presencia que impone respeto, el saxofonista confiesa que cuando lo invitaron a conocer al célebre trompetista Miles Davis fue presa de los nervios. “Circulaban historias de que había golpeado a un par de músicos en la cara”, afirma mientras tose para aclararse un poco la voz.

No obstante, Davis, quien practicaba el boxeo e incluso contaba con un gimnasio en el sótano de su residencia ubicada en la calle 77 oeste, en Manhattan, recibió a Garnett de forma entusiasta, sobre todo por provenir de la tierra de dónde vienen “los mejores boxeadores de América”.

En aquel tiempo Davis experimentaba con una trompeta electrónica, desarrollando una propuesta musical que hoy en día es calificada por Garnett como “demasiada bulla”. Aún así, Garnett grabaría cuatro albumes como parte de la banda de Davis: “On the Corner”, “Big Fun,” “Get Up with It” y “Live at the Philharmonic”. Tuvo la oportunidad de interpretar algunos de los temas recogidos en estas producciones discográficas en una serie de conciertos a través de los Estados Unidos. “En Michigan toqué frente a 57 mil personas, la mayor cantidad de gente que he visto reunida en un mismo lugar”, señala mientras en su rostro moreno salpicado por las pecas afloran gestos de todo tipo.

De los años tocando junto a Davis recuerda que el compositor estadounidense en ciertas ocasiones le daba la espalda al público cuando el rumor de las conversaciones en la sala lo sacaba de concentración. “El jazz es un tipo de música en el que tu simplemente te callas, te sientas y escuchas”, justifica.

MÚSICA DIVINA

A medida que pasaban los años y a Garnett se le presentaba la oportunidad de tocar junto a figuras como Art Blakey, a quien acompañó en una gira por 32 ciudades de Japón, y el bajista Charles Mingus, la frustración por no lograr el mismo éxito conseguido por algunos de sus colegas fue calando en su interior. “Me preguntaba por qué no podía conseguir un contrato con una de las grandes casas disqueras de la época”, rememora.

Su adicción a la marihuana y a la cocaína, la cual se inició en el tiempo que integró la banda de Blakey, fue empeorándose a medida que pasaba el tiempo. “Yo estaba matándome con las drogas”, afirma, hablando de su pasada adicción sin pudor alguno.

Para superar esta nociva dependencia se vio forzada a adoptar una decisión radical. Una noche experimentó algo que define como un “llamado divino” que lo llevó a colgar su saxofón y alejarse de los escenarios por nueve años. “Hasta ese entonces el saxo había sido un dios para mi. Empecé a estudiar la Biblia, así como otras escrituras sagradas”, describe el músico quien hoy en día puede disfrutar de un trago de gin caballito con Bailey sin caer en los excesos del pasado.

Retomó su carrera musical en los noventas, lanzando su primer disco compacto, bajo el sugestivo título de “Resurgence”. Junto al laureado pianista Danilo Pérez participó en los cuatro primeros Festivales de Jazz que se realizaron en Panamá, una invitación que se ha vuelto a repetir para la edición del próximo año, que se realizará a partir del 11 de enero. “El jazz permite una conexión con el espíritu que no tiene ningún otro tipo de música, como la clásica, que se ha venido tocando sin variaciones durante los últimos 500 años. El jazzista nunca interpreta una melodía de la misma manera. De esta forma, el músico puede alcanzar su máximo nivel de creatividad”, señala mientras las sombras vespertinas caen silenciando las notas que salen de su saxo. Garnett desarma su instrumento mientras observa los grupos de estudiantes que se alejan. Es probable que las semillas de la música celestial de la que habla este hombre, vestido con suéter a rayas y pantalón cargo color blanco, encuentren un terreno en el que puedan germinar...