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25 de Feb de 2021

Cultura

Al filo del precipicio

J esús – Chú – como le dicen sus compañeros, llegó corriendo al cuadro de fútbol de Plaza Herrera, donde un grupo de niños hacía un come...

J esús – Chú – como le dicen sus compañeros, llegó corriendo al cuadro de fútbol de Plaza Herrera, donde un grupo de niños hacía un comercial. Venía pálido, respirando entrecortadamente, parecía que por la carrera, pero no. Su maestra dice que hace varios días que tiene mareos y que no lo han llevado al médico aún. Cree que lo necesita.

Vive en Barraza, en El Chorrillo, donde nació hace 13 años. Es pequeño para su edad, pero tiene un halo de tristeza en el rostro que le hace parecer mayor. No tiene muchas razones para dejar de sentirse triste. Las palabras de Chú no fluyen con facilidad. ¿Desconfianza? ¿Parquedad?, es imposible saberlo. Después de cada pregunta arquea las cejas y mueve la cabeza como pidiendo una aclaración. Se queda un momento en silencio y suelta una respuesta breve y cortante.

Su padre, “mi otro papá, el verdadero”, dice Jesús, está preso en La Joya por tráfico de drogas; el mayor de sus hermanos de 28 años está internado en La Joyita acusado de homicidio y otro de sus hermanos de 18 años, también acusado de homicidio, se convirtió en “siervo” de una iglesia evangélica. Jesús vive actualmente con su madre Melba y tres de sus hermanas menores de 8, 10 y 12 años, junto a su padrastro.

“Somos 11 hermanos”, aclara Jesús. Él no lo dice pero varios de ellos, los cinco que no viven con la familia, tienen problemas. El barrio, la pobreza y la violencia son suficientes ingredientes para dar malos resultados. Jesús lo sabe, por eso cada mañana reza al levantarse pidiéndole a Dios que le dé fortaleza para ayudar a su familia.

Lo que más desea Jesús es que cambien las cosas: que su papá esté libre y pueda permanecer a su lado. Cada martes, día de visita a los detenidos en La Joya, siente una profunda tristeza al verlo, sólo de lejos y por un corto tiempo. Otro deseo ferviente de Jesús es que las armas desaparezcan en su barrio, “porque veo mucha matanza, mucho robo, cada día que oigo las noticias hay algo, si hubiera más trabajo...”, dice pensativo este pequeño. Hace solo dos meses unos pandilleros mataron al hermano de su mamá para robarle el resultado de la venta de “chances” y billetes de lotería.

Jesús apenas esboza una sonrisa triste cuando habla de un viaje que hizo hace muy poco. Estuvo cinco días en Londres por medio de un programa de espiritualidad para niños en las escuelas. “Tuve un poquito de susto cuando me monté en el avión”, cuenta, “pero me gustó mucho la amistad y el buen corazón con que me recibieron”. La maestra que acompañó al grupo de dos niñas y dos niños, fue la intérprete y gracias a ella disfrutaron más de juegos y paseos.

Ya sabe lo que quiere ser y hacer en el futuro “Quiero ser médico, para ayudar a los enfermos, cambiar el país, dándole comida a la gente y actividades a los niños para que no entren en bandas”. También quiere pedirle al presidente de la República “que ponga guardias en cada lugar día y noche y les dé ropa a los bomberos para que hagan su trabajo”. Es consciente de que todos sus vecinos están expuestos a la delincuencia y a los incendios, intencionales o no, que con mucha frecuencia se producen en el área destruyendo manzanas enteras de precarias viviendas, presas fáciles de las llamas.

Como todo niño, Jesús tiene sus ídolos. En el fútbol, su deporte favorito y que practica como delantero desde los cinco años, es Messi. En los medios, el periodista Álvaro Alvarado a quien no conoce personalmente pero que le gustaría conocer y a quien, si pudiera, le pediría que hablara bien de Panamá y ayudara a las personas para que no tengan temores por las pandillas que hay en El Chorrillo y que sean como el siervo Herminio, un pastor evangélico y su ídolo del barrio, a quien considera uno de los mejores hombres.