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21 de Jan de 2020

Cultura

El hombre del presidente

De entrada, Jimmy Papadimitriu, te deja la sensación de ser un hombre fuerte. Su apretón de manos, su forma de mirar directo a los ojos ...

De entrada, Jimmy Papadimitriu, te deja la sensación de ser un hombre fuerte. Su apretón de manos, su forma de mirar directo a los ojos y la voz firme con que dice su nombre al presentarse, lo reafirman. Pero al mismo tiempo, la seria circunspección de su rostro, como corresponde al jefe de un gabinete ministerial, permite adivinar detrás de una chispa de travesura en la mirada al muchacho franco y audaz, capaz de soltar un taco sin ruborizarse para desperezar la memoria dormida.

Guapo, aún con todas las libras que ha ganado en los últimos meses – 60, según él mismo – Jimmy, como todo el mundo lo llama desde que sus papás sustituyeron el Demetrio por Jimmy, le concedió a FACETAS esta entrevista, pese a que ante la ausencia del presidente que estaba en Davos, tenía que “batear de emergente” y enfrentar los problemas cotidianos de la agenda de Estado, marcada esta vez por los enfrentamientos con las Farc en Darién.

Papadimitriu, con apenas 37 años, es considerado el cerebro detrás de Ricardo Martinelli. Lo fue desde la primera campaña por la presidencia, en la cual obtuvieron apenas el 5.8% de los votos y también en la segunda, en la cual lograron llegar al Palacio de las Garzas con el 62% de la votación. +3B

Hijo de inmigrantes griegos, y bautizado en la iglesia ortodoxa, Papadimitriu se considera ante todo cristiano, cree que ninguna religión debe decirle a una persona qué hacer y niega estar distanciado de la comunidad helénica de Panamá.

Se ríe a carcajadas cuando le preguntamos si es del Opus Dei, como otros miembros del gobierno e inquiere en tono divertido: “¿Cómo voy a serlo si soy griego ortodoxo? ¿Podrías explicarme eso?

A Jimmy le causan gracia los calificativos que le pone el imaginario popular como el “poder detrás del trono”, el “gurú del marketing político”, el “ideólogo del gobierno”, o el “papá del metrobús”, y entre risas dice que no es nada de eso, que su pasión es “hacer algo por mi país” y, sobre todo, concluir el tema del metrobús porque “los panameños se merecen un mejor sistema de transporte”.

Este joven ministro, que con sus jeans, su camisa de manga corta y sus botas de constructor, refleja a cabalidad la informalidad del “gobierno del cambio” es -a diferencia del Presidente Martinelli- un hombre reflexivo que no sólo piensa un largo rato antes de contestar una pregunta, sino que además después de haber dado una respuesta, suele volver sobre sus pasos para añadir algo que reoriente o reafirme lo dicho, aunque a veces termine en “una macarronada”, como él mismo llama a los enredos que se hace por tratar de decir muchas cosas al mismo tiempo. Su tendencia repensar lo que dice y lo que hace es quizás lo que lo ha convertido en el hombre fuerte del Presidente y el contrapeso ideal para su impulsividad. Es bien sabido que él, más que ningún otro miembro del gabinete, puede hablarle al oído al presidente, a quien considera su amigo más cercano. Cree que este sentimiento es recíproco, pero aún así suelta un “aunque habría que preguntárselo a él”. Para él, la amistad es algo muy valioso, existen los amigos del cargo y los amigos de verdad, y está seguro de saber distinguir unos de otros.

Sentado ante un amplio escritorio donde una taza vacía pelea el espacio disponible con una montaña de papeles, un control remoto y una cantidad indefinible de objetos, se ríe y asegura que no es cierto que tenga más influencia que cualquier otro. Que aunque manejaba la campaña política al ciento por ciento, ahora es el presidente quien maneja el gobierno ciento por ciento y su responsabilidad es solamente hacer que el gobierno funcione armónicamente respetando la labor de cada ministro.

Pese a esta afirmación, es evidente que precisamente por la naturaleza de su cargo es el funcionario más cercano al presidente, a quien conoce desde 2002, y quien confía ciegamente en su intuición y su audacia política.

A pesar de su juventud, el Ministro Papadimitriu dedica casi el cien por ciento de su tiempo a la labor de gobierno. Todos los días a las 7 y 30 de la mañana, incluidos los sábados y algunos domingos, se reune con su equipo a planificar el día. Aún así, niega ser un adicto al trabajo y justifica su dedicación con la cantidad de cosas que hay que atender y darle seguimiento.

Sin embargo la navajas y la crema de afeitar, las camisas y corbatas, un par de sacos, y varios sweaters con el logo del “Gobierno Nacional” que se encuentran en el baño de su despacho, parecen desmentirlo. Aunque una bola de béisbol luce en su escritorio, las libras de más revelan una persona que trabaja mucho y hace poco deporte, que practica golf “por eso de dar vueltas en el carrito y pegarle a veces a la bola” y a quien solamente le gusta seguir los mundiales de fútbol por televisión.

Aún así, algún domingo logra encontrar tiempo libre para ir de cacería. Cuando eso ocurre, es fácil enterarse en el Ministerio, pues usualmente el lunes se come el pato producto de la cacería.

Papadimitriu tiene prisa por cumplir las “promesas de campaña” y “buscar la continuidad de este gobierno” porque considera que cinco años son pocos para cumplirlas. Su ansia se acerca peligrosamente a la epidemia de reelección que han padecido en los últimos años gobiernos tan distantes políticamente como el de Uribe en Colombia y el de Evo Morales en Bolivia.

Con absoluta sencillez, el ministro -que hizo la secundaria en una academia militar estadounidense y estudió economía “monetaria” según aclara – confiesa que para él fue igual trabajar en el mercado público de Panamá que en el Congreso de Estados Unidos. porque lo importante es saber quién es uno y cómo manejarse en todo momento y lugar.

A pesar de su fluidez para hablar de los temas de Estado, le cuesta hablar de su vida privada. Sólo logramos saber que tiene novia extranjera. Insistimos en conocer si tienen planes, pero con sequedad repite “Si, tengo novia”. Después cuenta confidencialmente algunos detalles, pero con el compromiso de que no sean divulgados.

Llevamos ya casi dos horas conversando, el teléfono suena en el despacho, pero no logra atraer la atención del ministro, que sigue hablando demostrando un absoluto respeto por sus interlocutores. Su jefe de prensa, Alfredo Prieto, que calladamente asistió a toda la entrevista, es quien sale apresuradamente a atender la llamada desde otra extensión.

Los asuntos de Estado llaman y la entrevista llega a su fin. Con un cálido beso en la mejilla, el Ministro se despide y al salir pienso que, después de conocerlo, es fácil entender por qué este hombre, franco y sencillo, logró conquistar la confianza y la amistad del presidente.