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01 de Mar de 2021

Cultura

Un choque para los sentidos

Y a me lo habían adelantado: las 20 horas de vuelo –en total– más las 7 de espera en Los Ángeles a la ida, más otro tanto a la vuelta pe...

Y a me lo habían adelantado: las 20 horas de vuelo –en total– más las 7 de espera en Los Ángeles a la ida, más otro tanto a la vuelta pero con 4 de espera en esta ciudad estadounidense, se verían compensadas con lo que me iba a encontrar en este primer viaje al Asia, específicamente a Taiwan, la República China en Taiwan, como le llaman los taiwaneses.

El sol no había salido todavía en Taipei y yo no me había desprendido de las telarañas del sueño cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Taoyuan. Los caracteres chinos en todos los anuncios de la terminal aérea no significaban nada para mí y ya empezaba a sentir esa especie de náusea, síntoma de los nervios al no comprender los sonidos musicales y alargados del idioma chino, imaginarme perdida la maleta y la salida del aeropuerto y no poder llegar a un hotel del que desconocía su nombre en el idioma local. Me salvó darme cuenta de que cada frase en chino tenía su correspondiente en inglés y así finalmente pasé la barrera de migración y encontré mi nombre en un tablero del hotel escrito en inglés.

¿Español? Qué esperanza, durante los siete días que estuve en territorio taiwanés solamente pude comunicarme en español con los restantes periodistas invitados y los dos guías que nos asignaron. La mayoría de los ocupantes del vuelo 004 de Eva Air en el que viajé era china al igual que la tripulación y aparte de ésta, el resto sólo hablaba mandarín y pocos inglés y escaso. Teniendo al lado a la sexta parte de la población del planeta - China continental - como potencial mercado de turistas, los hispanohablantes ni siquiera obtenemos el premio consolación en Taiwan.

Además del idioma, ya nuestro primer almuerzo en suelo taiwanés, después de instalarnos en el hotel, fue sin duda otro choque para los sentidos. El Restaurante 1010 de especialidades tailandesas, en el centro de Taipei, nos acogió con olores penetrantes de aliños desconocidos – que no nos abandonaría el resto del viaje – nos sacó lágrimas con sus condimentos picantes y nos sorprendió con los colores y texturas de platillos exóticamente decorados. ‘El verdadero sabor de Asia’, pensé recordando la comida china occidentalizada que estamos acostumbrados a saborear por este lado del mundo.

TAIPEI 101 Y OTRAS ATRACCIONES

A pesar de no ser ya el edificio más alto del mundo al haber sido superado por el Burj Khalifa de Dubai desde 2007, el Taipei 101 con sus 106 pisos (101 encima de la superficie y 5 subterráneos) puede soportar terremotos de hasta 7 grados en la escala de Richter y vientos de más de 450 km/h debido a un amortiguador de masa –gigantesca bola dorada de acero de 680 toneladas de peso compuesta por planchas metálicas– instalado en el piso 92, que se mueve en dirección contraria al edificio y sirve de contrapeso mecánico contra las vibraciones. Muy conveniente para una zona altamente sísmica como Taiwan y que es visitada por frecuentes tifones especialmente durante los meses de septiembre, octubre y noviembre.

Este edificio que continúa siendo el símbolo de Taiwan y es en sí mismo una atracción, tiene salas de exhibiciones, tiendas de marcas internacionales, restaurantes, centro de convenciones y ofrece desde el observatorio del piso 91 – con una terraza al aire libre – una vista inigualable de la ciudad y de las montañas que la circundan. En el piso 89, al que se llega desde el quinto en ascensor en apenas 37 segundos – todo un récord – se ofrece una exhibición permanente de obras de arte, venta de souvenirs y un recorrido guiado – en varios idiomas incluido español – de los distintos ángulos de observación del paisaje.

Desde allí pudimos ver el monumento a Chiang Kai-shek, militar chino que gobernó Taiwan desde 1949 hasta su muerte en 1975, cuando fue sucedido por su hijo Chiang Ching-kuo y que es uno de los puntos de interés turístico en la ciudad. La gigantesca estatua del militar, quien mantuvo la esperanza de que la República China, bajo su liderazgo, reconquistaría China continental – esperanza que no han perdido muchos taiwaneses – está ubicada en una enorme sala contigua al museo de objetos de su propiedad y condecoraciones de todas partes del mundo, entre las que encontramos la Vasco Nuñez de Balboa, que confirman la afición de Chiang – como la de muchos dictadores – por los reconocimientos.

Para recorrer con tiempo, sin duda se debe visitar el Museo del Palacio Nacional – o de la Ciudad Perdida –, que alberga la colección de arte chino más grande y valiosa del mundo. Posee una colección de 677 mil piezas de cerámica, bronce, jade, marfil, porcelana, libros antiguos, pinturas, imágenes de divinidades y esculturas, entre otros. La pieza más antigua data de hace 6 mil años a.C. y tuvo objetos de porcelana que se han subastado hasta en 20 millones de dólares. Este museo recibe unos 10 mil visitantes por día, la mitad de los cuales proviene de China continental.

POR LAS CALLES DE TAIPEI

Taipei es la ciudad más poblada y moderna de Taiwan. Pero su aspecto totalmente occidentalizado con grandes edificios, un parque automotor de última generación, elegantes hoteles, restaurantes y almacenes internacionales, contrasta con la presencia inevitable de templos orientales en cada uno de sus rincones. Dragones llameantes, atléticos guerreros de ojos rasgados, leones de fauces amenazantes, dioses bonachones y coloridos faroles de papel, junto a creyentes que entran y salen incesantemente de los sagrados recintos donde escudriñan las instrucciones de los dioses en riñones plegatorios (bloques de madera) o varillas de bambú y se inclinan en confiados ruegos ante las divinidades, son parte del rostro que esperamos ver en aquella región del planeta.

También el mercado nocturno Rao – ho, en el centro de Taipei, es parte del mismo rostro. Desde primeras horas de la noche los compradores recorren las dos vías que se extienden por varias cuadras de este comercio al aire libre donde se encuentra de todo. Desde ropa, zapatos y accesorios hasta diminutas tortugas marinas, pasando por las viandas más extrañas – para nuestro paladar y nuestros ojos – y especialistas en quiromancia, numerología y cartomancia. El aroma del tofu apestoso – una delicatessen para algunos taiwaneses – y de otras frituras que saturaba el aire, los estridentes vocablos chinos y el ir y venir de miles de personas que nos miraban curiosas, terminaron por formar una vorágine que nos expulsó antes de lo previsto del lugar. Cerca a la medianoche, después de visitar el Templo a Matsu, diosa del mar la divinidad más venerada en Taiwan, a la salida del mercado, volvimos al hotel sin contratiempos comprobando que nos encontrábamos en una ciudad segura.

EL ORO DE TAIWAN

¿La pepita de oro más grande del mundo? En realidad con 223.5 kilos fue hasta el año 2004 el lingote más grande del mundo. Al precio actual del oro, podría valer alrededor de unos 90 millones de dólares y se encuentra en el Museo del Oro en el distrito de Taipei. Ubicado en lo que fuera la mina de oro más productiva de la isla, activa desde 1895 hasta 1987 – y hasta 1945 bajo control japonés – , el museo recrea la producción aurífera y forma parte del Parque Ecológico del Oro, establecido sobre los antiguos socavones que se extendían por casi 600 kilómetros bajo tierra.

Hoy el pueblo de Rueifang que atrajo a miles de mineros durante el apogeo de la industria del oro y fue una villa con los más altos estándares de vida, está tratando de recuperar a través del turismo su antigua gloria. Gracias a un movimiento liderado por artistas locales, se ha restaurado una gran cantidad de viviendas manteniendo su estilo original, al igual que la calle principal del poblado cuyas cellecitas serpentean montaña arriba y hoy cuenta con cientos de pequeños almacenes con las más variadas artesanías, bocadillos y souvenirs y que constituye un atractivo para los visitantes .

El paisaje desde las exhuberantes colinas hacia el mar intensamente azul es sobrecogedor. Mientras en el exterior la temperatura en esta época del año alcanza los 33 y 34 grados centígrados, el fresco interior del restaurante Ba-fan- huang-jin-di de Rueifang, decorado al estilo de una mina, está saturado de aromas de camarones apenas cocinados en vino, tiernas costillas de cerdo en salsa soya, picante gengibre, salmón crudo, pato con especias y una pirámide de arroz ensopado. Atrás han quedado las callecitas de este pueblo fantasma, el cascarón de un cine que todavía luce el anuncio de una vieja película taiwanesa y el Monte Jilong con una de sus colinas en forma de tetera. Kilung, Yilan y Matsu siguen en la lista de nuestra visita, pero ésa es otra historia.