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20 de Apr de 2021

Cultura

Un veneno que no cede

Dos de la tarde. El tránsito en la vía Transístmica avanza con lentitud exasperante. A diferencia de otros días, la causa del embotellam...

Dos de la tarde. El tránsito en la vía Transístmica avanza con lentitud exasperante. A diferencia de otros días, la causa del embotellamiento no radica en unaprotesta organizada por Eladio Fernández, sino en una manifestación en la que participan algunos de los sobrevivientes de una tragedia cuyos orígenes se remontan al año 2006, cuando cientos de personas resultaron envenenadas al ingerir un jarabe para la tos en el que se detectó la presencia de dietilenglicol, una sustancia empleada para enfriar radiadores de vehículos.

Entre los manifestantes que se han dado cita en esta tarde, en la que es casi es posible respirar la proximidad de otro aguacero más, se encuentra Holanda Hernández, a quien el guayacolato envenenado no sólo despojó de su salud, sino también de su trabajo en el Servicio Nacional de Migración. ‘La causa del despedido fue libre remoción por parte del presidente de la República. La orden vino del ejecutivo’, apunta la ex funcionaria. Su piel morena se acentúa en las cicatrices que le han dejado las llagas que en los últimos meses han marcado su rostro. Considera que la verdadera razón por la que quedó cesante fue la falta de comprensión de sus superiores con respecto a sus frecuentes ausencias, a pesar de que siempre las justificaba con constancias médicas.

El ocho de septiembre del 2006 fue hospitalizada en el Complejo Hospitalario Metropolitano Arnulfo Arias Madrid, después de haber ingerido el nocivo jarabe. Durante casi ocho horas el personal médico de la Caja del Seguro Social (CSS) intentó estabilizar su presión. ‘Pasó el peligro, ya te puedes ir a tu casa’, le conminaron los galenos. ‘Tres años después empezó mi verdadero calvario, con las secuelas del veneno, con dolores de cabeza que iban y venían. En las articulaciones me daban fríos horribles, sentía debilidad en las piernas al momento de subir escaleras. Me mandaron medicamentos para las convulsiones’, recuerda quien, a pesar de sus problemas de salud, continúa con sus estudios de relaciones internacionales.

Además de tener que sobrellevar numerosas afecciones, Hernández ha tenido que ser testigo de como la salud de su hija se ha visto deteriorada en los últimos cuatro años. Al igual que ella, la menor ingirió el medicamento contaminado. ‘El Ministerio de Educación (MEDUCA) no quiere aceptar esta situación con los menores de edad. Los niños no están rindiendo en las escuelas. Mi hija era una niña con buenos puntajes académicos y ha desmejorado sus calificaciones producto de la ingesta del guayacolato. Estaba en la Escuela República de Chile pero tuve que cambiarla a la Escuela República de México, porque las maestras iban dispuestas a dañarle el boletín. Ellas no aceptaban las citas médicas, pensaban que no quería asistir a clases’, manifiesta.

EL MILAGRO DE RUDECINDA

Aunque nació en Soná, en la provincia de Veraguas, Rudecinda Delgado conoce bien la geografía chiricana, con sus montes y valles. En aquella provincia se ganaba la vida vendiendo boletos para actividades de beneficencia del Club de Leones y la Cruz Roja. El trabajo a la intemperie curtía su piel, se resfriaba por estar expuesta al sol y a la lluvia. Buscando alivio para esta cotidiana afección ingirió ‘el jarabe ése sin azúcar, que antes se lo daban a todo aquel que estuviera resfriado’. Dos semanas después se percató de que tenía dificultades para caminar, para completar su ruta de ventas. Comenzó a ‘sentir que le apretaba el pecho, de que me estaba quemando por dentro’. Alarmada, consultó a una doctora quien le recomendó ‘que regresará a Panamá, que hay un jarabe que dicen que está envenenado y es más seguro que te hagas los exámenes allá’.

Permaneció 15 días en su casa, ubicada en el sector 3 de Samaria, San Miguelito, renuente a que la examinara un médico, mientras su cuerpo se iba hinchando hasta ‘pesar 300 libras’. Cuando finalmente su hija Yariela la llevó a que se hiciera unos exámenes para determinar la causa de su enfermedad, Rudecinda se convirtió en el centro de atención de los galenos. ‘¿Y dónde tienes a tu mamá?’, le preguntaron los laboratoristas a Yariela, quien les hizo un gesto para que se asomarán por una ventana. ‘¡Dios mío, y está viva!’, exclamaron sorprendidos cuando vieron a la mujer cuyas pruebas de laboratorio indicaban de que ‘tenía 16 puntos de intoxicación’.

Cuatro años después, Rudecinda debe tomar hasta 12 medicamentos al día para tratar de contrarrestar lo que su hija denomina como un veneno que ‘no da chance’. Además de tres pastillas para regular su presión arterial, ingiere medicinas para el riñón y para aumentar sus niveles de hemoglobina. ‘Hay momentos en que ella se despierta y no se acuerda de nada, no me reconoce a mi ni a sus nietos. Otras veces se levanta alterada, gritando, y tengo que correr a darle pastillas para dormir. ’Otra pastilla más para la colección’, me dice ella’, cuenta Yariela. Su relato es interrumpido frecuentemente por el llanto, por el dolor que experimenta al ver como la vida de su madre se ha ido sumiendo poco a poco en la desesperación, en la penumbra. ‘Debido al veneno, mi mamá perdió la vista. Tuvo un desgarre de retina. Ya le han hecho seis operaciones. Hace dos días, la doctora nos dijo que lastimosamente ella no recuperará la vista jamás’, comenta mientras continúa desgranando un rosario de desdichas compartidas junto a su progenitora y que parece no tener final.

VIDAS EN EL HOSPITAL

‘Pasan los años y nosotras con el veneno dentro’, lamenta Dora Alicia Rodríguez de Rudas, una señora de cabello corto, labios delgados y espejuelos que descansan sobre una nariz aguileña. ‘Nosotras no vamos a bailes, no vamos a fiestas, no vamos a ninguna parte. De la casa al hospital, ésa es la vida de nosotros’, explica Dora Alicia, quien a diferencia de Rudecinda y de otras víctimas de este caso de envenenamiento masivo no se somete al tratamiento de diálisis. ‘Cuando me envenenaron en el 2006, ni siquiera me hicieron la cantidad de diálisis que me tenían que hacer. Ahora me dicen que ya no me puedo someter al tratamiento, porque estoy orinando. Pero mi rinón está destruido, mi hígado está destruido’, detalla.

‘Cuando caí en coma, mi esposo me fue a visitar y yo le pregunté que quién era. No lo reconocía’, recuerda Delfina Montañez, oriunda de la comunidad de Quebrada Ancha, en la provincia de Colón. Antes de ingerir el nefasto guayacolato contaminado, trabajaba como cajera en una agencia de apuestas que era propiedad de su hermana. Un día, mientras cumplía con su jornada laboral, empezó a sentir ‘que iba a enloquecer, sentí deseos de gritar’. ‘Mi hija me llevó a los hospitales Susana Jones Cano y el San Miguel Arcángel, pero ellos no sabían que tenía. Me dieron un calmante y me mandaron para la casa. Después caí un mes en coma’, indica. Parálisis en el rostro y la pérdida momentánea de la audición y la vista fueron algunos de los síntomas que padeció en ese entonces.

Hoy en día, con lágrimas en los ojos, moretones en los brazos producto de la diálisis y un bocio que se abulta en su garganta (también provocado por el envenenamiento), Deflina espera pacientemente, al igual que otros cientos de panameños, a que el gobierno de turno muestre más solidaridad con su situación. Muchos de ellos dejaron sus trabajos para dedicarse a tiempo completo a la actividad que desde hace cuatro años ocupa sus días y sus noches: la supervivencia, a la cual se aferran a pesar de la persistencia del veneno.