23 de Oct de 2021

Cultura

Volar alto y caer duro

M ientras más alto se vuela, más dura es la caída. Lo leí, hace igual 15 años, en un libro del fantástico novelista sudafricano Wilbur S...

M ientras más alto se vuela, más dura es la caída. Lo leí, hace igual 15 años, en un libro del fantástico novelista sudafricano Wilbur Smith, y se quedó en mi cabeza para siempre. Desde entonces, esas diez palabras saltan a mi mente cada vez que veo aparecer los primeros signos de decadencia escritos en la frente del otrora exitoso.

La frase de Smith cuelga como un adorno en mi mente cada vez que pienso en Europa Occidental. Y no es que esté observando los primeros signos de decadencia, esos ya pasaron hace tiempo, pero la agonía europea parece que va a ser larga y ruidosa. Los problemas económicos en la zona euro—rescate por aquí, rescate por allá—son de sobra conocidos. Ahora, para llevarlo al próximo nivel, es la zona Schengen la que está en entredicho. Los terremotos políticos del mundo árabe están provocando oleadas bárbaras hacia el continente, y por lo visto un francés o un alemán no pueden confiar en un italiano o un griego para garantizar la seguridad fronteriza común.

Existen razones superficiales e inmediatas para entender que hoy hasta la celebrada zona Schengen esté en entredicho (que no muerta, ni mucho menos). La idea de ‘Europa’ no nació de ideales sino de la necesidad de evitar otra matanza mundial. Con apoyo estadounidense y mucho dinero de por medio el proyecto se materializó gradualmente, produciendo la zona Schengen, la Unión Europea, la zona Euro y demás entes que funcionan como cabezas de un aparato burocrático sin precedentes. La idea, y esto se lo escuché a un portavoz europeo en Bruselas, era implementar un mecanismo que amarrara a los miembros—principalmente Francia y Alemania—de manera que fuera imposible soltarse. Algo así como encadenarnos juntos y tirar la llave al mar.

Pero bien sabían los diseñadores del tinglado que el mundo iba a cambiar. Europa, tarde o temprano, iba a dejar de ser el niño consentido de Washington. La solución, entonces, era fortalecer las raíces del árbol: crear la idea de Europa a base de intercambios culturales. El nacionalismo, engendro europeo por excelencia, iba a ser borrado del lienzo, como quien borra un trazo equivocado. Se daba inicio así a una carrera contrarreloj, la de ‘europeizar’ a las nuevas generaciones antes de que las simples leyes del cambio obligaran a Europa a actuar como un ente coherente de cara al mundo.

VIENTOS DE CAMBIO

Un mundo que, en efecto, está cambiando. Y para Europa, el momento de ver si la identidad común cuajó se acerca a pasos agigantados. De momento, la respuesta es el ascenso meteórico de la extrema derecha en casi todos los países de la unión, abogando, en pocas palabras, por que sus países se despierten del sueño europeo y vuelvan a ser lo que han sido desde hace tres o cuatro siglos: holandeses, fineses, italianos y demás.

La derecha europea corre, huelga decirlo, sobre una plataforma xenófoba. Y es aquí donde las razones anteriores se quedan cortas para explicar la gradual fragmentación europea. El racismo, que fue usado conscientemente en un contexto humano por primera vez durante la reconquista española, es también una invención europea. Su evolución —de ser usado por los cristianos españoles contra moros y judíos, a ser usado por ingleses y demás noreuropeos protestantes contra los españoles y demás sureuropeos católicos, a finalmente ’secularizarse’ y anclarse en el color de la piel— sigue el camino del poder mundial: de los imperios católicos a los protestantes, pero siempre, siempre, con el hombre blanco en la cima.

La inmigración europea al Nuevo Mundo, obviamente, nunca fue un problema. En 1897, por ejemplo, la ciudad de Sao Paulo tenía el doble de italianos que de brasileños. Nadie, que se sepa, habló de cerrar fronteras. El significado del lío de la zona Schengen, entonces, no es por la inmigración como concepto, sino por la inmigración de ‘indeseables’, bárbaros a las puertas de Roma: musulmanes en general, ecuatorianos en España, turcos en Alemania, gitanos en Francia y demás razas inferiores. La línea argumentativa es de sobra conocida, y existe desde que a alguien se le ocurrió echarle la culpa de todo al que tiene una apariencia distinta.

NO MÁS CENTRO DEL MUNDO

El filósofo y economista griego Cornelius Castoriadis identificó una vez la contradicción central del racista: por un lado, el orgullo y la autoconfianza que da el sentirse parte de la raza superior; por otro, lo que él mismo llamó ‘el auto-odio inconsciente’, esa inseguridad que describió como ‘la voz que, suave pero incansablemente, repite ’nuestras paredes están hechas de plástico, y nuestra acrópolis de papel maché’’. En las últimas décadas, después de todo, Europa se autodestruyó dos veces y el mundo atravesó un proceso de descolonización. Por si fuera poco, muchos de los legados europeos en casi todo el mundo—de Ruanda a Irak y de Bolivia a Nigeria—son desastrosos. Europa atraviesa hoy un camino que pasa por la reinvención o por desmantelar el proyecto de aquellos visionarios y volver a su historia de guerras interminables, solo que ésta vez sin ser el centro del mundo.

El mundo de hoy es cada vez más multipolar. Las guerras estadounidenses en Oriente Medio, la resurección de Rusia, y el ascenso de China, India o Brasil están probando si el espíritu europeo existe o simplemente fue una buena idea. Con el show europeo en Libia, los países del sur cayendo económicamente como dominós, y Alemania cada vez más cerca de Rusia, cada quien empieza a mirar para su lado. Polonia y Suecia firman acuerdos estratégicos, y Europa Central—el Grupo Visegrad—ya toma cartas militares en el asunto. Martin Luther King Jr. dijo una vez que es en los momentos difíciles cuando se ve la verdadera valía de las personas. Los europeos, por ahora, están mostrando la suya. Mientras más alto se vuela...