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31 de Mar de 2020

Cultura

En el país de las decepciones

RE- VISTA. P ronto llegaré a Panamá. Como siempre, desde hace veintitrés años, abrigo muchas expectativas antes de pisar suelo patrio. ...

RE- VISTA

P ronto llegaré a Panamá. Como siempre, desde hace veintitrés años, abrigo muchas expectativas antes de pisar suelo patrio. La última vez que llegué a Panamá me llevé una gran decepción: el Hotel Central. Cuando vi lo que quedaba de este edificio, símbolo y herencia del siglo XIX y de la presencia francesa en el país, lo primero que pensé fue lo siguiente: !se lo cargaron! Me pregunté cómo fue posible cargárselo, destruir sus escaleras y su techo, y dejar que una pared entera se cayera sobre su propio peso. Especulé que solo una triada infernal pudo cargarse este edificio: la especulación inmobiliaria, la ineficacia e ignorancia de algunos funcionarios y un torcido concepto de modernización planteado por alguna empresa. Viendo lo que quedaba del edifico terminé comprando un raspao y me acerqué lentamente a la Plaza de Francia. Y digo lentamente, no exagero, por la siguiente razón: temía que ya se la hubieran cargado de alguna manera, porque todo es posible en nuestro país de las decepciones.

Con la respiración alivida constaté que no le faltaba una sola piedra y que el mar Pacífico seguía golpeando su muralla. Después de subir las escalinatas, me senté en una de las bancas con vista directa al mar con mi raspao y me recordé de aquel tiempo cuando era un joven institutor. Había venido aquí con mi novia, que, en aquel entonces, llevaba un peinado afro. Saboreábamos nuestros raspaos y los primeros besos de la adolescencia arropados con el golpe de las olas marinas contra la muralla. Algunas veces estos golpes eran tan fuertes que gotas de agua nos salpicaban y saltábamos de la banca con la risa encima.

Ahora he vuelto otra vez al país de las decepciones: en mi imaginación. ¿Y qué es lo que veo? Se han cargado a la Plaza de Francia. El mar, que me había arropado con mi novia, está mucho más lejos, entre medio hay una carretera y un paseo, una construcción que ha alejado al mar de la muralla, de nosotros. No encuentro la banca donde me había sentado con mi novia y ni siquiera escucho el rumor de las olas del mar. No hay gotas que nos salpiquen. También ha desaparecido el raspao. Vuelvo sobre el camino recordado y nuevamente salta a mi memoria los labios de mi novia, de aquella joven institutora, con su peinado afro y su piel tan suave como el algodón, que me dio los besos más dulces en el país de las decepciones. Esto último sí no me le quitan.