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28 de Nov de 2020

Cultura

Arte urbano en el semáforo

PANAMÁ. La luz roja del semáforo marca el inicio de un nuevo show. Probablemente sea la misma rutina que hace un minuto, tal vez con alg...

PANAMÁ. La luz roja del semáforo marca el inicio de un nuevo show. Probablemente sea la misma rutina que hace un minuto, tal vez con alguna mínima variación, pero el público es completamente distinto. Rápidamente el (o los) malabarista de turno se para al frente de la larga fila de autos. Sonriendo con efervescente entusiasmo, se toma unos segundos para saludar y se pone manos a la obra.

Los impulsa el amor al arte, la devoción por lo que hacen, las ganas de viajar y explorar el mundo y de vivir haciendo lo que les gusta.

Cada mañana, estos artistas callejeros salen en busca de un escenario para trabajar y entretener a la gente, y así, al cabo de aproximadamente cinco horas diarias, recolectar el dinero suficiente para pagar su hostal, comida e implementos de su oficio.

Muchos de los que se ven por las calles de la capital son extranjeros que están de paso; los malabaristas panameños, casi en su totalidad, son kunas. Los artistas callejeros, que no sólo viven de esto sino que también se dedican a las artesanías, música o teatro, entrenan, investigan y crean sus propios trucos para mejorar día a día y ofrecer siempre algo fresco e interesante.

SIN MARCAR TARJETA

Las calles más transitadas de la ciudad son las oficinas de los malabaristas, preferentemente aquellas que tienen semáforos con largos lapsos de tiempo para que puedan brindar un espectáculo variado. Sus herramientas de trabajo son cualquier cosa que pueda manipularse con ingenio para entretener y ganarse alguna moneda o, en el mejor de los casos, algún billete.

De la gran variedad de artículos que existen, las clavas son los más populares y rápidas de aprender, de la misma manera que las bolas, que muchas veces sirven de disparador para alimentar el talento y habilidad, ya que con tres naranjas uno puede comenzar a practicar.

Otros utilizan el diábolo, los ‘Devil sticks’ (‘palillos del diablo’ encendidos con fuego) o los ‘Flower sticks’ (palillos manipulados con una vara).

Para ellos son juguetes, y, como tales, lo más importante es divertirse. Si uno logra esto cada vez que va a ‘jugar’, como ellos mismos dicen cuando van a trabajar, es probable que la gorra reciba algún rédito tras desfilar rápidamente antes que la luz verde deje ir al público.

‘Hago esto desde chico. Aprendí con amigos más grandes que yo que son profesionales y en talleres. Ahora empecé a utilizarlo como una forma de vida para poder trabajar y ganar algo. En mi momento estudié en la secundaria, y luego decidí viajar y hacer lo que realmente me gusta’, comenta Agustín Ojeda, un argentino de 24 años que desde hace dos semanas entretiene a los transeúntes frente a la Iglesia del Carmen o la Universidad Interamericana, generalmente.

‘La idea es ir cambiando de semáforo para no aburrir ni cansar a la gente’, apunta.

No importa el humor o cómo se haya levantado cada uno, lo primordial para dar un buen espectáculo y llamar la atención de la gente es tener una sonrisa de ‘oreja a oreja’ y buena presencia.

Al final de la rutina, aunque algunas ventanas no bajen, la buena vibra siempre tiene que prevalecer. ‘Es parte del juego’, reflexiona Ojeda, que pretende quedarse un tiempo más en Panamá antes de continuar con su viaje hasta México.

La elección del puesto de trabajo no es al azar. Lleva su análisis de mercado correspondiente. Además de que tenga una buena circulación de vehículos, los malabaristas cuentan el tiempo de cada intervalo del semáforo, la gente que está trabajando alrededor y, muy importante, se cercioran de que haya algún tipo de sombra cerca antes de elegir.

EL PÚBLICO DE LAS CALLES

Todo evento artístico tiene un público que lo acepta o no. En este caso específico, cada espectador le pone el precio que le parece adecuado acorde a lo que vieron. Otros, ya sea por indiferencia o simple desaprobación para con los artistas callejeros, prefieren mantener su ventana en alto o, en contadas ocasiones, los insultan al pasar.

‘En general la gente se pone feliz con lo que hacemos, pero nunca falta algún irrespetuoso que grita cosas feas’, destaca Óscar Muñoz, un joven costarricense de 22 años que, además de ejecutar trucos de gran complejidad con su diábolo, también vive de lo que gana por sus artesanías o en restaurantes lavando platos.

‘Algunos gritan: ¡Andate, vago!, y yo, con buena vibra, les respondo que no somos vagos, que somos artistas. Pero bueno, allá ellos. Que sigan con su enojo, yo me quedo con mi felicidad’, indica.

La misma situación le ha sucedido varias veces al kuna Julio Iglesias, quien a sus 21 años ya es uno de los malabaristas más experimentados con cinco años en las calles de Panamá.

Su especialidad son las clavas, cuya forma es la fuente de inspiración de algunos que descargan su molestia con él, y le gritan ‘métetelo por el...’, comenta Julio entre risas. ‘Uno escucha de todo, hay que tomárselo tranquilo. A veces da hasta gracia’, agrega.

Así como hay personas negativas que se van a los extremos y que los insultan sin razón aparente, también las hay que ponen de manifiesto su generosidad. En el caso de Óscar, más de una vez le han dejado platos de comida; en el de Julio, le han llegado a pagar $20 de una vez, mientras le dicen, por ejemplo, que ‘el arte se paga’ o ‘sigue adelante’.

Como dice el refrán: ‘para los gustos, los colores’.

El salario diario que ganan cada uno de estos malabaristas promedia los $20 y $30. Todo depende del tiempo que trabajen. Generalmente lo hacen entre tres y cinco horas.

‘El miedo que alguna gente tiene con los artistas callejeros es un problema de conciencia. Como en la calle se ven cosas feas asumen que como uno que trabaja en ella es drogadicto o chorro (ladrón)’, explica Ojeda, y agrega: ‘tienen que entender que si estamos en los malabares y desarrollamos estas técnicas es porque le invertimos tiempo y nos lo tomamos en serio’.

BLACKBERRY, OTRO RIVAL

Uno de los grandes enemigos de los malabaristas, como también de muchos los peatones que intentan cruzar una calle, son los celulares blackberry.

Este teléfono inteligente, con todas sus aplicaciones tan útiles como hechizantes, es un rival difícil de batir en cuanto a la atención para los artistas; para los peatones es un pequeño artefacto muy peligroso, ya que muchos choferes inconscientes escriben mensajes mientras conducen, lejos de prestar atención a la calle.

‘En líneas generales, toda la gente es muy buena onda y siempre aporta con algo. Sobre todo los taxistas o choferes de los diablos rojos. Pero muchísimas veces te encuentras con los que van en una burbuja mirando el BlackBerry y no te dan ni pelota’, explica el argentino Federico Costa, quien junto a Janina, de Alemania, hace un espectáculo en las cercanías de la Iglesia del Carmen.

‘Lo del BlackBerry es complicado. No se puede luchar contra eso’, concuerda su compatriota Ojeda entre risas y encogiéndose los hombros.

¿EL ARTE ES ILEGAL?

Julio Iglesias, que usualmente trabaja en uno de los semáforos cercanos al Multiplaza, ha sufrido varias veces hechos de represión por parte de la policía.

A diferencia de años atrás, cuando a los 16 años comenzó a ‘jugar’ con el fin de ahorrar dinero y algún día poder viajar por Latinoamérica, la policía ha cambiado su postura completamente.

‘¡Uuuff! Con la policía hemos tenido y tenemos problemas. Se nos acercan y nos dicen que nos tenemos que ir porque está prohibido hacer lo que hacemos, lo cual no lo entiendo porque no hay ningún decreto que diga eso’, comenta Julio.

‘Nunca hemos tenido problemas serios, pero sí nos llevan al cuartel y nos dejan ahí como cinco horas por investigación y después nos dejan ir’, agrega.

Cinco años atrás, los mismos policías les daban alguna moneda que les sobraba.

Como contrapunto, Federico comenta que los uniformados siempre han sido ‘buena onda’ con él y su amiga alemana. ‘En El Dorado nos dijeron, de buena manera, que ahí no podíamos hacer eso, pero que podíamos ir a Vía España’, apunta. ‘Será que nos tratan bien porque somos extranjeros, no sé...’, agrega.

EL ‘SHOW’ DEBE CONTINUAR

Casi en su totalidad, los malabaristas fueron desarrollando su interés, técnicas y talento gracias al impulso de otros. Pero sus metas no siempre coinciden.

Algunos lo hacen para viajar y vivir el día a día, otros lo hacen para algún día dedicarse a esto profesionalmente en un circo o tener espectáculos propios. Incluso, como es el caso de Julio, otros pretenden abrir una escuela donde se enseñe malabares y artes de todo tipo.

Sea cuál sea la razón que los motiva a seguir adelante, los malabaristas desplegan todo su talento bajo la luz roja del semáforo, repitiendo algunas rutinas como si fuera un show distinto minuto a minuto.

Hay distintos tipos de malabaristas y cada uno tiene su especialidad y estilo. Los vehículos sobran y el público se renueva cada un minuto. Ellos ofrecen el espectáculo, usted pone el precio.