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24 de Nov de 2020

Cultura

Muchos mundos, un sólo planeta

M i travesía africana se inició en la ciudad de Alhambra, España, joya de la arquitectura musulmana en plena cristiandad, a pocos kilóme...

M i travesía africana se inició en la ciudad de Alhambra, España, joya de la arquitectura musulmana en plena cristiandad, a pocos kilómetros de Portugal y terminó frente a las olas del Océano Índico, bajo un pilar erigido por un portugués hace 510 años, en Malindi, un pequeño pueblo playero en la costa keniana. Después de atravesar el corazón del continente más fascinante del mundo, estoy más convencido que nunca de que ‘África’ sólo existe como un término geográfico de conveniencia, pero también sé que hay mucho más...

Éste viaje fue acerca de personas e idiosincracias, de fronteras culturales y políticas, y de la influencia de la geografía sobre la historia de los pueblos. Y si bien lo comencé soñando con descubrir los secretos de ese continente maravilloso, lo terminé soñando con las rimas históricas que nos unen a todos. Como Malindi une a portugueses, chinos y árabes, como el Caribe une a África, España y Latinoamérica... Viajando por África entendí que en este mundo no hay líneas paralelas, pues todas llevan tocándose entre sí desde siempre.

UN CUENTO DE DOS MUNDOS

Adentrarse en África no es cosa fácil. Pero además, hacerlo como latinoamericano implica aceptar y tener siempre presente algo fundamental: África y América Latina casi no tienen contacto directo. Los latinos entendemos África a través de lo que nos cuentan los europeos y norteamericanos y viceversa.

En el proceso, naturalmente, se pierden todas aquellas cosas que tenemos en común pero que ellos no entienden. Jamás la BBC o la CNN nos contará que cualquier panameño podría pasar por marroquí, argelino o tunecino, o que en todas las discotecas de Uganda se baila reggae. No nos van a decir que en Kenya se come arroz con porotos y carne, o que en Sudán los buses llevan un pavo. No lo dirán porque no lo entienden, porque su mundo y el nuestro, el tercer mundo, son dramáticamente distintos.

Existe, pues, una falla tectónica que divide a primer y tercer mundo. Pero jamás podríamos entender nuestra relación con África sin considerar una segunda falla que define más que ninguna otra las realidades de unos y otros: la que separa el Nuevo Mundo del Viejo. África, parte del Viejo Mundo, tiene memoria larga e identidades rígidas. Los pueblos que la habitaban hace 50, 500 y 5 mil años son los mismos que la habitan ahora.

América, por el contrario, tiene memoria corta y una identidad flexible. La mayor parte de sus pueblos ancestrales perecieron en el genocidio más grande jamás perpetrado, borrados de la historia por enfermedades y matanzas. El Nuevo Mundo es una tierra donde casi todos somos forasteros.

Ésta falla fue lo único que me acompañó del Mediterráneo al Índico. Como tercermundistas, a latinos y africanos nos unen muchísimos problemas, pero sus orígenes y las actitudes con la que los enfrentamos son radicalmente distintos. Mientras que en América nos hemos adaptado relativamente bien al modo de vivir occidental, el gran problema del Viejo Mundo es precisamente la tormentosa relación que sus pueblos guardan con ideas tan europeas como nacionalismo, las fronteras o el secularismo, las cuales les han sido impuestas a la fuerza por casi 200 años.

LA HUMILLACIÓN Y EL ODIO

Si bien todas los pueblos africanos comparten la misma hostilidad hacia la imposición de ideas occidentales sobre las suyas, su manera de manejar la situación no es la misma. En mi viaje, atravesé la mayor frontera que tiene África, el desierto del Sáhara, que divide la África árabe y musulmana de la África negra, cristiana y animista. La primera es monolítica: mezcla de árabe y berebere, su religión es el Islam y su idioma es el árabe. Sus gentes llevan en contacto directo con Europa —al otro lado del Mediterráneo— desde tiempos inmemoriales. El África negra, por el contrario, es compleja y diversa. Sus pueblos pertenecen a infinitas tribus, hablan infinitas lenguas y tienen infinitas religiones.

En los más de tres meses que pasé en el África árabe (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto), tuve la sensación de que sus gentes viven en una constante ansiedad. Por un lado, la globalización los expone a una cantidad supersónica de información e ideas, muchas de ellas atractivas. Por otro, su identidad, el amor a lo suyo, los hace desconfiar de todo lo que sea extranjero, especialmente occidental. Y encima, desde el 11-S, el Islam y los musulmanes han sido retratados por Occidente como poco menos que el enemigo, como parias mundiales.

El politólogo francés Dominique Moisi escribió que los mundos árabe y musulmán están atrapados en una cultura de humillación, lo que ha traído como consecuencia una cultura de odio y violencia. En mis días en el norte de África, en ciudades y pueblitos, en mezquitas y cafés, sentí el resentimiento de una civilización humillada, que no entiende como sus hermanos mayores (judíos y cristianos) la han traicionado de esa manera. Una civilización con odios palpables y mal enfocados: en ninguno de esos países pude encontrar una sola persona que tuviera una opinión positiva o neutral del Estado de Israel. En Libia, los jóvenes rebeldes, educados y occidentalizados, se burlaban de Gaddafi llamándolo ‘judío’.

MAREAS ROSAS Y PRIMAVERAS ÁRABES

En mi recorrido por el norte africano, tuve el privilegio de vivir el momento más importante de las últimas décadas en la región: la primavera árabe. Desde las protestas en Marruecos a las batallas campales en las calles de Túnez, y desde la guerra libia hasta la plaza Tahrir en El Cairo, encontré pueblos listos para reclamar lo que es suyo. Se pueden hacer análisis fríos y realistas de la situación de cada país, pero lo que no se puede negar es que el 17 de diciembre de 2010 en Sidi Bouzid, un pueblo perdido de Túnez (que tuve el placer de visitar), una llama se encendió en el corazón árabe.

Como latinoamericano, no pude evitar pensar en nuestra propia ‘marea rosa’, ese giro político que se inició con la elección de Hugo Chávez en 1998 y que cambió el mapa de la región. La marea rosa no trajo prosperidad, riqueza o mejores oportunidades para todos, pero llevó a esos pueblos a cruzar una línea irreversible: la del amor y el orgullo propios. Sospecho que en el mundo árabe está ocurriendo un fenómeno similar. Sacudido el trauma del 11-S, el agua ha terminado por desbordarse del cántaro. Tanto la marea rosa como la primavera árabe demuestran que democracia y desarrollo económico no tienen relación directa. Irónicamente, hoy países como Túnez o Bolivia son más independientes que supuestos líderes de la civilización como España, Grecia o Italia. Y de manera similar, deduzco que el tener una unidad lingüística y cultural tan fuerte juega un papel fundamental en éste tipo de fenómenos. Puedo contar con los dedos de una mano las televisiones que vi entre Marruecos y Sudán que no estuvieran sintonizando Al Jazeera.

DE VUELTA A PANAMÁ

De alguna manera, todos los latinoamericanos somos también africanos. Parte de nuestra sangre y nuestro espíritu viene del África subsahariana, un lugar que parece destinado a sufrir las tragedias más profundas que se puedan imaginar. Sin embargo, el espíritu africano puede ser comparado a una flor de loto, que sólo nace y crece en los pantanos más turbios.

Viajar por África es vivir en un embrujo constante. El africano es el amo y señor de la alegría, y esa, irónicamente, ha sido su gran contribución al mundo. Sólo hace falta pasar unas horas allí para sentir los ritmos hipnotizadores. Ritmos africanos, los únicos que hay. De ellos nació la música que baila el mundo entero. El rock ’n roll, el blues, el jazz, el reggae, el merengue, la salsa, la samba y la bossa nova. Todos ritmos africanos y americanos, creados por seres humanos que vivieron la tristeza más grande de todas, la de ser arrancado de tu tierra y llevado a otra a la fuerza a vivir y trabajar como un animal.

Esos ritmos son el testimonio eterno de un continente entero. África es el continente intenso, donde el espíritu humano no conoce términos medios, sólo extremos. Es el lugar del contoneo de caderas, de la sensualidad infinita, pero también del sufrimiento sin límites, de la miseria absoluta, y de los más crueles absurdos. Un lugar que te vuela la cabeza. Y una vez que pruebas su droga, estás perdido para siempre en su encanto.