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04 de Apr de 2020

Cultura

Carta abierta a mi querida saltamontes

H e estado, como de costumbre —seudo-poeta oscuro que ‘dizque’ soy—, un poco triste y melancólico. Releo viejos poemas sin edad; versos ...

H e estado, como de costumbre —seudo-poeta oscuro que ‘dizque’ soy—, un poco triste y melancólico. Releo viejos poemas sin edad; versos de Vallejo (Hay golpes en la vida, tan fuertes,,, Golpes como del odio de Dios’); de Efrain Huerta (Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido); de Enrique Lhin (Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos amantes); de Roberto Bolaño (La violencia es como la poesía, no se corrige); de Salvador Medina Barahona (El sol se ha vuelto oscuro. Un despeñadero oscuro/ Por él me pierdo. Caigo. Me vuelvo sombra). Ando, literalmente, con un morral lleno de libros al hombro.

Cae la noche. Lamentablemente estoy en temporada de sobriedad, así que no estoy ni borracho ni amanecido, solo leo y camino. Me meto las manos en los bolsillos, busco los monstruos que dentro de ellos he guardado, pero no encuentro ninguno porque tengo los bolsillos rotos. Los monstruos se me han caído por las bastas de los pantalones. Por ahí deben de andar ahora dentro de la noche, en el trajín de asustar a las gentes ingenuas. Estoy un poco triste por la vida y la muerte en general. Tú lo has notado y me has dicho: ‘La muerte es real, sí, de acuerdo; pero para que lo sea, antes tiene que serlo la vida. La muerte es una pinche subordinada’.

También me has dicho: ‘Amor, vamos a echar pa’ lante’. Y yo, necio, te contesto: ‘La vida es circular, por lo cual echar pa’ lante es absurdo’. Y tú, que no te quedas rezagada en necedad, me respondes: ‘¡Vamos a echar pa’ lante, he dicho!, sin caer en las farsas que la sociedad nos impone’. Eres necia, excesivamente necia, pero tu necedad es amor, mi querida saltamontes.

Veo, maya mílaya, que poco a poco me vas conociendo. Has entendido que para sentirme en la distancia debes abrir el pecho. También has aceptado tu nuevo oficio de sepulturera. En un campo baldío, bella, has cavado un hueco y allí te has dispuesto a enterrar ‘vivas’ algunas bestias. Esas bestias llamadas Posesión, Celos, Seguridad, Eternidad y —la bestia de moda— Trascendencia. Que se asfixien bajo la tierra esas bestias terribles. Tú y yo, mi saltamontes, no vamos a trascender. No lo necesitamos. Aquí nos quedaremos, de carne y hueso (de carne y beso) de piel y sudor; mortales, sometidos al tiempo y al deterioro, entregados a la dolencia y al crujir de huesos, caminantes del gozo y el dolor, caminantes del vacío. (Y qué importa el vacío, si el vacío nos pone a caminar, dice el primer verso de una canción que será la primera de muchas que escribiremos juntos.)

Hablando de canciones, hoy escuché una de Tim Buckley —ese caminante del delirio— que me hubiera gustado escribir para ti. Es esta (traduzco del inglés): ‘Deja que la voz de tu mujer te corra a través de las venas/ Deja que sea tu sangre, no te sientas avergonzado/ Ella es tu hogar cuando nadie te quiere/ Ella te dará vida cuando estés cansado/ Ella aliviará tus temores, ah, cuando te sientas extraño/ Ella nació para darte fe a ti/ Oh, sólo a ti. Aquí se debe acabar esta columna (esta fiebre). Ya deben morir las palabras. Agrego solo esto: caminemos, sin rumbo, con el morral lleno de versos (es decir piedras), lleno de fe, lleno de furia’.