- 31/01/2026 00:00
La ciudad de Panamá nació condicionada por la presencia de humedales y manglares en su entorno inmediato. Sin embargo, la constante a través de su historia ha sido la percepción predominantemente negativa de estos ecosistemas, los cuales han sido concebidos sistemáticamente como focos de insalubridad, obstáculos para el desarrollo urbano y espacios marginales desvalorizados que requerían ser ‘saneados’ o rellenados para su habitabilidad.
En el caso del frente marino de Panamá Viejo, este presentaba una serie de desventajas críticas: una espesa ‘lama’ o fango negro que quedaba al descubierto durante la bajamar. Al este corría el río Gallinero, -hoy río Abajo-, y al oeste el río de las Lavanderas o Algarrobo. No obstante, el factor más restrictivo para su trazado urbano era una ‘ciénega palúdica’ situada a espaldas de la ciudad, hacia el norte, rodeada de manglares, según lo descrito por el historiador Alfredo Castillero Calvo.
La presencia de estos pantanos y manglares impidió que la ciudad adoptara la cuadrícula perfecta típica del urbanismo hispanoamericano o que creciera hacia el interior. Para evitar las zonas cenagosas, la urbe se vio forzada a desarrollarse linealmente a lo largo de la costa, y el Río Abajo, adquiriendo una forma de ‘L’. Esta configuración alargada hizo inviable la construcción de murallas defensivas debido a su alto costo y complejidad técnica, dejando a la ciudad como una plaza abierta.
Con la construcción del ferrocarril entre 1850- 1855, el intento francés de construcción del canal, y el posterior proyecto norteamericano que finalizaría las obras, se da la expansión de la ciudad, lo que obligó a una intervención radical sobre los humedales y la costa circundante.
Por ejemplo, durante el siglo XIX, existió un barrio precario conocido como ‘La Ciénaga’, ubicado detrás de Playa Prieta. Como su nombre lo indica, era un terreno bajo, anegadizo y pantanoso, caracterizado en los mapas de la época, -como el de Thomas Harrison de 1857-, como una zona de difícil urbanización.
Guachapalí era otra zona ‘cenagosa y particularmente insalubre’. En un mapa de 1886, este barrio aparece como una hilera de casas en medio de un entorno pantanoso, evidenciando que el crecimiento urbano en este sector se realizó sobre humedales sin el debido saneamiento previo.
El cambio más drástico ocurrió con la intervención estadounidense para la construcción del Canal (1904-1914). La percepción utilitaria llevó a la destrucción masiva de humedales para crear suelo urbano e industrial. Se destaca el relleno de 676 acres de superficie en la desembocadura del río Grande (zona de manglares) para construir el poblado y puerto de Balboa, utilizando material excavado del Corte Culebra. Así mismo se dio el relleno del río Curundú, que luego se convertiría en lo que actualmente es el aeropuerto de Albrook.
Durante este período también se dio el relleno de otros humedales en la ciudad como el ‘relleno del Javillo’, autorizado por la Ley 37 de 1915 bajo la administración de Belisario Porras. Este proyecto habilitó 22,000 metros cuadrados entre el muelle Americano y el muelle del Pescado, creando lo que actualmente se conoce como el Barrio Chino y nuevas avenidas, -como la Avenida Pablo Arosemena-, eliminando parte del frente de playa cenagoso (la antigua Ciénaga). Otro relleno importante fue el de Barraza en El Chorrillo, iniciado en 1914 y desarrollado mayormente hacia 1929, de acuerdo con lo descrito por el arquitecto Eduardo Tejeira Davis.
La construcción del Aeropuerto de Tocumen en 1947, y de la carretera que conecta esta infraestructura con el centro urbano, sirvió como eje articulador de la ocupación urbana de los humedales del este de la ciudad de Panamá. Ocupación que se intensificaría con los desarrollos industriales y residenciales, -formales e informales-, en el sector de Juan Díaz a partir de la década de 1970.
Un punto de inflexión en este proceso sería la construcción del Corredor Sur (2000) y de la urbanización Costa del Este (1995), obras que darían el impulso para el relleno de los humedales de Juan Díaz para el desarrollo de proyectos de vivienda suntuosa. Estos proyectos se realizaron sin que existiera un plan que permitiera articular estos desarrollos entre sí, ni establecer normas que permitieran la protección de los humedales que se estaban afectando.
Aunque el Plan Metropolitano (2000) establece como principio contener la expansión urbana y reducir los largos tiempos de traslado hogar–trabajo, en la práctica los planes parciales y sectoriales vinculados a los humedales de Pacora y río Cabra impulsan una visión de ocupación que supone su relleno.
En particular, el Plan Parcial de Panamá Este, -que incluye los corregimientos de Tocumen, 24 de diciembre y Las Mañanitas-, promueve la construcción de una red vial que atraviesa los humedales y que, por su propia lógica, funcionaría como incentivo para su ocupación. A este proyecto vial se le suma la propuesta de extensión de la Línea 4, que conectaría la futura estación de Don Bosco con Pacora, atravesando nuevamente los humedales.
Otro megaproyecto previsto para la zona es la ejecución del Plan Maestro de Ampliación del Aeropuerto de Tocumen, que también podría representar amenazas para la conservación de estos ecosistemas. A estas iniciativas públicas se agregan numerosos proyectos de urbanización desarrollados sobre el eje de la carretera Panamericana que, a lo largo de este primer cuarto de siglo, han impulsado una ocupación urbana intensa y acelerada, concentrando en este sector más de 500 mil habitantes, según el censo de 2023.
Todas estas propuestas permiten imaginar un futuro en el que estos humedales, que, en las décadas de 1960, 1970 y hasta 1980, solían ser áreas de cultivo de arroz y zonas pantanosas, habrán desaparecido bajo el desarrollo urbano. El anuncio esta semana por parte del MIVIOT del ‘Proyecto del Este’ a desarrollarse, con una inversión de más de 11 mil balboas, en un área de más de 300 hectáreas en el corregimiento de Pacora, pone nuevamente en discusión la relación del desarrollo urbano con la conservación de humedales y el entorno natural.
Los humedales de Pacora son áreas inundables por desborde de los ríos y también se encuentran amenazados por las proyecciones de aumento del nivel del mar a 2050, de acuerdo con el ‘Atlas de Riesgo Climático’ publicado por el Ministerio de Ambiente en 2024, con lo cual cualquier proyecto en estas áreas requiere del desarrollo de infraestructura que permita un manejo integral del agua.
Rellenar los humedales de Panamá Este para construir urbanizaciones es ante todo un contrasentido a las tendencias actuales respecto a la conservación de estos ecosistemas y el desarrollo urbano. Países como Bélgica están inundando y rehabilitando antiguos humedales como mecanismo para recuperar su biodiversidad, evitar inundaciones y promover la captura de carbono.
En conclusión, la constante histórica en Panamá ha sido la incapacidad de valorar los humedales y manglares por sus servicios ecosistémicos intrínsecos. Estos han sido consistentemente percibidos como espacios de ‘anti-ciudad’: zonas de enfermedad, suciedad y desorden que debían ser higienizadas, drenadas y convertidas en tierra firme para servir al progreso urbano y comercial de la zona de tránsito. La crisis climática debería obligar al Estado a buscar alternativas a esta percepción negativa de los humedales que permitan tanto conservar el capital natural, como proveer de bienestar a la población.
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