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09 de Apr de 2020

Cultura

Cuando el amor te enceguece

Rodillas dolorosas, rodillas que piden descanso y hielo. Sudor, sudor que anuncia sed, sudor que dice ‘no sigas, que tu cuerpo ya no agu...

Rodillas dolorosas, rodillas que piden descanso y hielo. Sudor, sudor que anuncia sed, sudor que dice ‘no sigas, que tu cuerpo ya no aguanta’. Espalda quebrada, espalda maltratada por el tiempo, que pide cama, que pide quietud y tregua, pausa y horizontalidad. Pero aun así caminar, hermano, caminar, caminar. Paso a paso —punzada a punzada— sobre el asfalto ardiente. Con la cabeza baja, a punto de claudicar...

Pero no. Eres determinación hecha carne y movimiento. No, nunca habrás de desmoronarte. Vas con corazón vehemente y pecho hinchado, aprietas los puños y los dientes y piensas que jamás, jamás de los jamases, le abrirás camino a la derrota, a la derrota perra, a la derrota carnívora. (La derrota, esa piedra filosa en las profundidades del río.)

No sé quién eres, caminante, y tal vez nuca haga falta que lo sepa. He renunciado al conocimiento puro de todo. Resuelvo el misterio de tu rostro y nombre pensando que somos hermanos de la búsqueda, y en la búsqueda, hermano, también el miedo y el terror. Te admiro, caminante hermano. Te sigo, caminante amigo. Porque, al menos, te entregas a la ilusión de la victoria, te ofreces, presa, al ensueño y las mieles de la libertad. Y piensas —ay— que eres libre. Y, libre, caminas —sin saberlo— hacia la luz, hacia la promesa del sol, hacia las palabras y voces del astro rey, hacia el discurso del calor que —dices— es vida y pálpito.

Pero has cometido un error. Has traspasado la araña de sombra que el árbol, generoso, te obsequió con tanto ánimo de rama y tronco, con tanto amor de raíz y savia. Ignorante y bávaro, siempre sediento de fulgores, has decidido que la sombra es enemiga y has combatido contra ella.

Y has vencido a la sombra, como el que vence a una bestia hambrienta. Nunca has querido entender a la sombra. Has desdeñado a la sombra. Menosprecias la oscuridad. Tus pies son alas, tus muslos se contraen, tus hombros se balancean, te vuelves máquina y piensas: ‘La luz es mi destino y mi horizonte’. Haces una mueca de desasosiego porque presientes que en el universo que te envuelve puede haber otras verdades revoloteando, danzando como mariposas de colores. Y las mariposas te buscan. Pero aprietas los ojos con fuerza, luego los abres, comes luz y te dices: ‘Cerrar los ojos es sombra, y la sombra es odio, y el odio es oscuro, y lo oscuro es asfixia, y la asfixia es caer de rodillas’. Ay, hermano, amigo, camino, renuncia a la soberbia que te carcome y no rechaces, soberbio, los tesoros de la penumbra. Dime, caminante soberbio, dime, ¿después de la luz, qué? ¿Te lo has preguntado alguna vez: ‘después de la luz, qué’? Estoy seguro de que no lo has hecho. Nunca. Porque ante la pregunta misma tus piernas flaquearían. Como tiburón hacia la sangre sigues paso a paso en pos de luminosidad, en pos de aquel animal que brilla y promete. Ciego, ciego de luz vas. Sin pensar. Ciego.

MÚSICO Y POETA