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02 de Apr de 2020

Cultura

El pianista detrás del Jazz Fest panameño

PALABRA. Danilo Pérez tiene que arreglar una televisión. Frente a él hay un diagrama dibujado en la pizarra por una profesora de ingenie...

PALABRA. Danilo Pérez tiene que arreglar una televisión. Frente a él hay un diagrama dibujado en la pizarra por una profesora de ingeniería electrónica. Está a punto de empezar a resolver en una hoja el problema planteado cuando, de pronto, el joven de 16 años, sentado en un pupitre de la Escuela Artes y Oficio, visualiza una multitud aplaudiendo mientras él toca el piano en un escenario.

Cuando aquella ilusión empieza a desvanecerse —hasta darse cuenta que sigue sentado frente a un ejercicio sobre circuitos eléctricos— el joven músico agarra el papel, la pluma, camina hacia el escritorio de la docente, se los entrega y se retira sin resolver el examen. Danilo Enrico Pérez Samudio pasaría de los circuitos de una escuela frente a la Universidad de Panamá a estudiar los pentagramas en una universidad en Indiana, Estados Unidos.

DIETA DE MÚSICO

Lo tenía todo planeado antes de ir a contárselo a su madre. Ella sabía que los músicos tienen cierta reputación en cuanto a estilos de vida, y no cabía en su pensamiento una vida como esa para su retoño, para su niño con un lunar asomándose en la mejilla izquierda. Pero, como si adivinara lo que consternaba a su madre —con una clarividencia que desarrolló desde que entró al conservatorio a los 6 años— Danilo le contó sobre la beca ‘Fullbright’ que había ganado a través de la embajada gringa y logró apaciguar el recelo sobreprotector de doña Elizabeth.

Aunque la música es el idioma universal, Danilo tenía que aprender inglés para comunicarse allá en Indiana. En una entrevista con Susan Lee para el ‘talk show’ The INNERview, la conductora le preguntó cómo había sido arribar a los Estados Unidos a los 20 años. El pianista respondió que todo lo que tenía que decir era ‘hamburguer’. ‘Can I have a hamburguer?’. El que sería más adelante el pionero del jazz en Panamá, comió hamburguesas por un buen tiempo. Por lo menos hasta que aprendió a decir ‘chicken sandwich’.

Al poco tiempo se cambiaría a Berklee College of Music, por recomendación de un amigo. Allí, además de sorprenderse por la cantidad de talento que cada rincón de este centro albergaba, conoció a sus más grandes mentores.

PÁNICO ESCÉNICO

No es casualidad que a lo largo de su carrera, Danilo les haya dado crédito a sus maestros por hacer de él quien es hoy. Ha tenido infinidad de mentores tanto en Panamá como en Estados Unidos, pero recuerda a James Williams, quien le dijo, cuando él aún daba clases en Berklee: ‘Tú estás llamado a ser un pianista de jazz. En cuanto tenga una oportunidad para ti, tendrás que audicionar’.

Al cabo de unos meses, como lo había prometido, le consiguió una audición para abrirle un concierto nada menos que a Art Blakey, el legendario baterista integrante de los Jazz Messengers, una banda a la que —entre otras cosas— se le atribuye el inicio del ‘hard bop’ y ‘funky jazz’. El joven Danilo no pudo salir de su habitación debido al pánico escénico. Temblaba, y no tuvo mejor idea que rechazar la audición.

Pero Williams le consiguiría otra audición, esta vez para tocar junto al cantante y letrista de jazz, Jon Hendricks. Danilo había llegado a Nueva York e hizo la fila junto a una gran cantidad de pianistas que esperaban ansiosos para tocar con el maestro. Danilo era uno de los últimos. Entró tocó y Jon Hendricks exclamó: ‘¡Ok, a ensayar!’. Pérez había sido escogido en cuestión de minutos como el pianista de Hendricks, quien además le dijo ‘Te mudas a Nueva York, ¡vamos, rápido!’. Lo primero que Danilo pensó fue en su madre.

Esa fue la mejor experiencia de Pérez, aprendiendo hasta el más mínimo detalle en cuanto a repertorios de este tipo de música que el califica como universal.

UNA BROMA TELEFÓNICA

Un día Danilo recibió una llamada. Casi finalizando la década de los ochenta, el pianista se encontraba en las semifinales de un prestigioso concurso que organizaba el instituto de jazz Thelonious Monk, cuando sonó el teléfono:

—Disculpe, le habla el mánager de Dizzy Gillespie, le dijeron a Pérez.

—Sí, claro, contestó él y colgó el teléfono, pensando que era alguna broma, pero el aparato volvió a sonar:

—Habla Charlie Fishman, el mánager de Dizzy Gillespie.

—¿Quién?

—Te necesitamos, en el aeropuerto, a tal hora, Dizzy Gillespie te está llamando.

—¡¿Qué?! —, Danilo dejó caer el teléfono al piso y saltó de la alegría con tanta euforia que casi quedó aturdido luego de golpearse la cabeza con el techo.

Así llega Danilo Pérez a la banda de las Naciones Unidas de Dizzy Gillespie y se corona como el integrante más joven en su historia.

‘Mr. Gillespie, un gusto conocerlo’, le dijo Danilo Enrico cuando lo vio por primera vez, con la voz temblorosa de un fanático conociendo por primera vez a su ídolo. ‘Sí, sí, pero átate los zapatos’, le respondió Gillespie; y agregó ‘Tengo agujeros en mis calcetines que son más viejos que tú’.

El fan acérrimo de las películas asiáticas, ahora se iba de gira con el enigmático trompetista de prominentes cachetes. El segundo concierto en la carrera de Danilo Pérez, era nada menos que con la United Nations Band de Dizzy Gillespie.

PANAMA JAZZ FEST

Desde esta primera gira, en 1989, el intérprete panameño había quedado con un sabor en la boca, una sensación de ‘wow qué sería si hacemos un ‘jazz fest’ en Panamá’. Una idea que gracias al apoyo de voluntarios, se consolidaría en 2003.

El primer año este festival atrajo a más de 8 mil personas y más de 200 estudiantes de música, ansiosos por estar en el mismo lugar que los maestros del jazz.

Más de 8 mil personas llegaron a un festival que no tenía patrocinadores. La clave fue y sigue siendo la incansable labor del voluntariado bajo la dirección del intérprete panameño.

Por eso el día que se nos había programado la entrevista con él, afuera de su Fundación, Danilo Pérez, aguardaba un taxi ‘pick up’ cuya parte trasera era un ensayo de vagón a punta de madera, en el que se subían los instrumentos para llevarlos a Ciudad del Saber, donde iniciarán mañana las clínicas. No hay transportes de lujo. Hay talento, buena organización y un grupo de voluntarios que al igual que Danilo creen en el poder del jazz para aplacar las diferencias en la sociedad.

‘El jazz ha unido personas de todas partes del mundo, es una lengua universal que expresa libertad, expresa creatividad, expresa igualdad; para mí es la manera más relevante de la cooperación global y cómo nosotros podemos aprender de esta’, dijo una vez Danilo para un medio local.

DE DISCÍPULO A MAESTRO

La importancia de Danilo Pérez en el jazz se tradujo el día que le encargaron la creación y dirección artística del Global Jazz Institute de Berklee, el cual ya tiene 5 años y donde además imparte clases.

Lo que busca este proyecto es ‘formar a los nuevos embajadores de la música, talentosos pero que se sientan conectados con el tema de responsabilidad en la sociedad’, enfatiza.

Para esto desarrolló un currículum especial. Hacen sesiones en las cárceles, van a Santo Domingo, vienen a dar clases en las clínicas del Panama Jazz Festival, etc. La idea es sacarlos de su zona de confort e implantarles la idea de servicio voluntario.

Un día Danilo los llevó a tocar a un lugar de retiro para ancianos llamado Susan Bailey. ‘Ahí llega mucha gente que conoce esta música porque la vivió. Muchos de estos estudiantes lo están aprendiendo y no se relacionan con el repertorio porque les parece muy antiguo. Entonces, no le ponen interés y creen que lo hacen bien’, dice el jazzista. A penas había empezado a sonar Misty, interpretada por sus alumnos, cuando un anciano en silla de ruedas se le acercó y le dijo ‘yo oí al que inventó esa canción (Erroll Garner), esa muchacha no se sabe la letra porque no puedes decir look... at me, no puedes parar ahí, él no habla así’. Un viejito en silla de ruedas. En medio del concierto Danilo Pérez se acerca a su alumna —Hailey Niswanger— y le dijo ‘mira, ese señor en la silla de ruedas tiene la llave para que tú toques esta canción bien. Esto es lo que yo haría: camina hacia, él míralo a los ojos y esucha cómo lo está cantando, síguelo a él’. Después de dos minutos que hizo eso, todos en el lugar de retiro para ancianos empezaron a llorar. Esa es la labor de Danilo, la de un mentor más que un profesor. ‘Esos momentos no se aprenden en una clase en la escuela’, puntualiza.