28 de Feb de 2020

Cultura

El viejo, la pollera y el mar

Desde 1956 su pincel plasma escenas típicas locales. ¿Por qué un artista que no entiende bien español no quiere pintar otra cosa?

La historia escrita por Ernest Hemmingway El viejo y el mar trata, entre otros temas, sobre un español de ojos azules que llega exiliado a Cuba y logra integrarse a la comunidad gracias a su destreza como pescador. Al Sprague, el hombre que dedica su vida a pintar polleras y escenas rurales panameñas, vive algo parecido. Es ‘zonian’, pero se siente panameño. Su pasión es el mar, azul como el color de sus ojos.

A sus 75 años lucha consigo mismo, contra cada músculo de su rostro y quizás también contra la memoria para lanzar una línea de honesto orgullo. ‘Yo soy de Colón. Hablo español pero escucho (entiendo) muy poco’.

Tiene el peinado como de un niño rebelde, barba blanca y su mirada parece reflejar la inquietud del mar.

‘WE DON’T WANT YOU’

—Hey Natasha, ¿puedes agarrar a tu gato?, le dice el pintor a su relacionista pública Natasha Cadavid.

En medio de la entrevista, el artista plástico fija la mirada en un persa blanco que irrumpe en la sala y aprovecha para traer a colación el tema del asma, que sufre desde su juventud.

Cuando era adolescente, un día mientras caminaba por la Zona del Canal, su padre —un neoyorquino auditor del ‘Pan Canal’, que llegó al Istmo en los años ‘30 y le enseñó a querer las tradiciones panameñas— lo recogió en el auto, lo llevó a un café y le explicó que debido a su mal comportamiento y bajas calificaciones en la escuela, lo enlistaría en el ejército, el ‘Army’.

Llegaría el día de las pruebas físicas y su condición respiratoria le impediría entrar a la milicia gringa. El futuro de Sprague quedaría entonces en las manos de su madre, quien le dio uno de sus lienzos y sus óleos —ella y casi toda su familia pintaban— y le dijo que se montara al carro, que saliera y que pintara un cuadro. ‘Mamá, pero no quiero’, protestó. ‘Ve’, fue lo último que le dijo su progenitora antes de que Sprague se descubriera a sí mismo entre brochazos, paletas de colores y telas.

LAS PERSONAS NO PASAN DE MODA

Sus cuadros son, más que una ventana o una perspectiva de algo, un objeto con movimiento. Las formas y los volúmenes parecen diluirse donde la luz y los colores se encuentran, una notable influencia de la corriente impresionista que nació en Francia.

Pierre-August Renoir imprimía escenas dulces de niños y mujeres en sus cuadros, Edgar Degas lo hizo con el ballet y las carreras de caballos, Paul Gauguin plasmó a la exótica Tahití y el ’primitivismo’ de Bretaña, Vincent Van Gogh su depresión y su angustia, Camille Pisarro la vida rural francesa y escenas del barrio Montartré, Alfred Sisley la nieve y la niebla, Al Sprague la pollera y el mar.

Cuando le preguntan qué le atrae de Panamá, qué lo mueve a lanzar cada trazo o qué lo inspira, su respuesta es concisa: ‘ People ’. ‘Sin las personas no tendríamos nada. Me gusta pintar la selva pero eso pasa de moda’, dilucida. ‘Las personas son para ser pintadas y no es nada fácil, llevo 58 años pintándolas’.

Pero, ¿es obsesivo? ¿persigue la perfección? ‘No, no. No puedes ver ninguna perfección allí’, dice mientras señala con el dedo sus cuadros. ‘No hay perfección, trato de crear una escena pero no dibujo líneas ni nada de eso. ¡No puedo! No puedo ni siquiera hacer un recuadro, lo dañaría’.

Es así que a punta de pinceladas de colores, Sprague plasma con fidelidad el movimiento de la pollera panameña, la rutina de un vendedor de frutas con su sombrero a la pedra’ y el movimiento de las olas que le dan ritmo al oficio de los pescadores.

PESCA, BUZOS Y NAUFRAGIOS

Sprague es aficionado a la pesca. La mayor parte de su juventud la recuerda con la brisa marina acariciando su rostro.

Se acuerda de las 500 libras del mero con el que se hizo un día. Y no olvida el otro de 300 libras que cuando lo estaba pescando se le enredó la cuerda en el cuello. El pez lo llegó a arrastrar a más de 100 pies de profundidad.

El pintor también naufragó en medio del Pacífico cuando el barco de 21 pies que se abría paso desde la isla de San José a más de 60 kilómetros por hora impactó contra una mantarraya. Flotó sobre 360 pies de profundidad... Ha perdido la cuenta de las veces que ha visto tiburones. ‘Si buceas, los vas a ver muchas veces’.

Pero en sus cuadros, Sprague recurre a cualquier color menos el de la muerte o una experiencia cercana a ésta. El arte no se mancha.

¿ESPÍA EN LA INVASIÓN?

Ni los tiempos más violentos trastocaron su obra. El artista nacido en Colón y criado en la Zona del Canal trabajó para el ‘Army’ como un artista de combate.

‘Conocí a Noriega, él compró muchas de mis pinturas. Me trataba muy educadamente y decía que muchas de mis pinturas se las había entregado a presidentes de España, México, Francia’.

En un momento, Manuel Antonio Noriega le dijo a Sprague: ‘Debes sentirte muy orgulloso de que a Panamá le guste tanto tu trabajo. Panamá está realmente orgullosa de tener tus pinturas’. El artista plástico lo recuerda con claridad. ‘Era placentero porque no teníamos que lidiar con nada de política’, evoca.

Cerca al final de este período convulso, en noviembre del ‘84, uno de los secuaces de la dictadura le dijo a Sprague que lo iban a matar y le apuntó directo a la cabeza. ‘Había venido tres o cuatro veces ese año a Panamá —vivía en Estados Unidos— por mis pinturas, y creían que era un espía. Pero no creo que Noriega haya ordenado eso’.

ENTRE EL PINCEL Y LA PLUMA

En la escuela Sprague fue un alumno tan poco aplicado que hasta fracasó en arte. Pero en medio de los números rojos que obtenía en el Balboa High School, emergía una calificación generosa, en inglés.

Siempre le gustó escribir. Canciones, por ejemplo, en las que toca la harmónica y el ukelele en su tiempo libre, justo después de cenar y pintar. Su rutina diaria.

Pero también dedica tiempo a cultivar su prosa. El árbol de Caoba (‘The Mahogany Tree’, 2010) son una serie de historias que escribió cuando enseñaba arte en su alma máter, y se las leía a sus alumnos todos los viernes.

El segundo libro lo publicó este año en abril, Vendaval (‘Windswept’), una novela juvenil bilingüe, escrita en inglés y español.

El tercero salió a la luz también este año, The Clear Blue Line , que trata sobre buceo libre y disparos a peces. ‘Yo buceé por 25 años y traté de escribir sobre la gente con la que lo practicaba, lo que hacíamos de jóvenes, tiburones, líos amorosos y el hecho de estar sumergido a 40 o 50 pies de profundidad, simplemente esperar, sin aire y ver peces pasar’, rememora.

Una buena parte de las pinturas de Sprague también le rinden tributo a la vida cotidiana en el Canal de Panamá.

Recientemente, pintó tres piezas de 40’x60’ en las que plasmó la ampliación del Canal Interoceánico. Y en los próximos días, en el marco del centenario de la maravilla arquitectónica, se le rendirá homenaje.