05 de Dic de 2022

Cultura

Encuentro con Pamela, la ballena

Ella sabía que yo recordaría cuando era delgada, que mi mente se llenaría de memorias de cama

Me encontré con Pamela en la sala de espera del aeropuerto ayer por la tarde. Una tarde gris y desabrida, una tarde como para quedarse a dormir, o como para mirar por el balcón y pensar en la inmortalidad del cangrejo, y no una tarde para estar tomando aviones a destinos aburridos y consabidos. En fin, la Pamela, sí. La Pamela estaba tan gorda que me recordó aquella vez que una ballena quedó varada en la playa y murió al poco rato. Mi primer impulso fue decir hola, pero evité pronunciar palabra por la seguridad de que cualquier cosa que dijera me saldría como un relámpago de balbuceo y nerviosismo. (He dicho que me recordó a una ballena moribunda; sin embargo, no sentí lástima ni por un segundo: ella tenía una habilidad innata para repeler ese sentimiento, cierta inmunidad milenaria la protegía.)

Esperé a que dijera hola antes que yo, pero allí estaban la sutil expresión en sus labios y su mirada recóndita, y ante esa técnica maquiavélica ya no pude resistirme, caí en la trampa y se me escapó un atorrante ‘Hola.’ La sonrisa de Pamela se acentuó y sus ojos se hicieron más pequeños y respondió con un ‘cómo estás’ triunfal. Aflojé los brazos y acepté la derrota, ahora tendría que sentarme a su lado y entablar la conversación de otras veces: ¿Y tu papá?, ¿tu hermana ya se graduó?, ¿y tu tío Pedro ya se curó de su gastritis?, ¿todavía trabajas en el colegio ese?, ¿ya leíste la última locura de Paco Umbral? Contestaríamos a todo como lo hacíamos siempre. Proseguirían mis ojos huyendo de los suyos, intentos de no rozarme con su piel, la evasión del pasado: lo horrible que es sentir que no se ha avanzado nada y que de nuevo se cae en un lodazal que nos hunde en recuerdos estampados en algún lugar del subconsciente.

Pero Pamela conocía la trascendencia de la piedad y la aplicaba como una experta. Todo en ella —sus palabras, sus manos en movimiento, su cuerpo gigante, su mandíbula al hablar— era una representación de lo que venía, del mañana, del ‘qué harás el sábado que viene’, del ‘adónde irás de vacaciones en octubre’, del ‘adónde vuelas hoy’. Encontrarse conmigo era el mejor regalo que el destino podría darle; disfrutaba verme incómodo e irresoluto, le encantaba ver cómo me rascaba la cabeza, cómo cambiaba mi posición en la silla cada tres segundos y cómo con los pies hacía ritmos sincopados en el piso.

El regocijo se notaba en su rostro cuando yo intentaba decir adiós, cuando mis tic se acentuaban y no hallaba la manera de iniciar la despedida; alcanzaba el clímax cuando por fin tomaba el valor necesario para irme y la miraba por última vez. Pamela sabía que en ese momento en que nuestros ojos se encontrasen yo recordaría cuando era cuarenta kilos más delgada, que mi mente se llenaría de memorias de cama e imágenes de lunas de miel de veinticuatro horas en la suite. Me despediría con una sonrisa, satisfecha de saber que mis noches y mis sueños serían suyos por unos días.

MÚSICO Y POETA