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29 de Oct de 2020

Cultura

Un circo ante cada semáforo

A veces reciben insultos, en otras ocasiones monedas. Alguien puede, incluso, lanzarles el auto. Pero en las calles el ‘show' continúa

Una carcajada se enciende en el conductor de un taxi. Dos malabaristas sobre un cruce de cebra acaban de irrumpir en aquella cotidianidad vial de esperar que el semáforo cambie a verde. El dominio de las clavas, que se pasean con velocidad por las manos de ambos, parece intensificar la reacción del taxista quien impulsado por una risa incontenible golpea el timón, dispara agua y activa los limpia-parabrisas. En algunas intersecciones de la ciudad, cuando la luz cambia a rojo, empieza una función gratuita. Un acto con rasgos circenses que asalta la rutina de la urbe, y que puede causar desde la indiferencia hasta un genuino regocijo inevitable.

Las ventanas de los autos que transitan por la Avenida Ricardo J. Alfaro —la Tumba Muerto— son como capas traslúcidas que permiten ver, a lo lejos, un hombre equilibrándose sobre un monociclo ante una fila de vehículos con el motor en pausa. En abril, todavía caen las cenizas de algún monte que cede ante el sol de los últimos días de la temporada seca, pero para los malabaristas del semáforo el calor es sólo un prop más del escenario urbano, no un impedimento. Bombín, camisa crema, pantalones cortos a la medida, medias y zapatillas negras. Mucho equilibrio. La luz roja podría recordarle a cualquiera el infierno de unos 34°C en el trópico, pero para Heber Adonay es la señal que da inicio al show. Un lapso de abstracción de la realidad para concentrarse en cuatro clavas que van y vienen por el aire, mientras maniobra sobre una rueda. Treinta, sesenta, noventa segundos. La duración del entretenimiento la sentencia un patrón de tres luces, donde el ámbar es muchas cosas o ninguna.

EL PALPITAR DE LAS CALLES

Es difícil seguirle el rastro a un malabarista. Un día están, al otro no. Un día vuelven, y al otro se van. El arquitecto panameño Darién Montañez dijo sobre el arte público que si uno parpadea se puede perder de algo maravilloso. Si se piensa con detenimiento, los malabaristas son fugaces, como toda intervención artística urbana.

En el Dorado, un área de la ciudad plagada de carteles, anuncios y un atropellado cableado aéreo, Heber descansa a la sombra de un casino que limita con el centro comercial. Dos, tres, cuatro horas al día. Tiempo mínimo, promedio y máximo de una jornada malabarista en las vías. La exigencia física es dura, y él ahora bebe un sorbo de una lata de cerveza local mientras contempla a un tumulto de vendedores con camisetas fosforescentes que se dispersan entre los carros. Ofrecen cargadores, cables y hasta lentes de sol. Se podría pensar que la fatalidad de ser malabarista está en la sola condición de urbanidad, de vulnerabilidad y exposición al mar de posibilidades que inunda las calles, pero la aproximación a la realidad de quien pasa tanto tiempo sobre el asfalto, es distinta. «Esto ayuda mucho —dice señalando su monociclo—, te volvés amigo de todo este tipo de personas que nos las conocerías de otra manera». Su acento es de Tegucigalpa. Nueve años antes de esta conversación con Facetas , la Fundación One Drop del Cirque du Soleil, que intenta erradicar la pobreza con las artes sociales, fue a Honduras para dictar talleres de actuación, clown y circo. Luego de una audición, Heber viajaría con la compañía por Guatemala, El Salvador y Nicaragua actuando en obras con mensajes ecológicos. Ahora, vive el calor de las calles del Istmo. Su destino, Colombia. Allí planea estudiar y descenderá hasta Buenos Aires, posiblemente la capital del clown de este lado del continente.

«En Honduras, que es un país muy violento, a los malabaristas nos quieren mucho, podemos ir donde sea, hasta a los delincuentes les simpatizás de cierta manera», añade el malabarista con un bachiller en artes escénicas. A un grupo de vendedores del semáforo que se amparan en la sombra de un restaurante de comida rápida, no les molesta la presencia de los malabaristas. «Ellos paran ahí... normal. Hay uno que también para con una botella y un vaso», dice uno de ellos.

Si se van o desaparecen, las razones son infinitas, algunos toman su rumbo porque Panamá es un punto más en el itinerario de viaje, otros tienen problemas con migración o son apañados por la policía. «Aquí cuando estábamos parqueando un rato, vino un policía, quería que nos vayamos de aquí o cuando hacía la vuelta nos llevaba a todos. Así que fuimos pa' lante». Ronny Remigio Díaz, ‘Monito', es uno de los malabaristas originarios de Kuna Yala. Aunque hace énfasis en el respeto que merecen los policías, recuerda ese día a él y a sus amigos no los trataron tan bien.

Otros —dice— hasta los apoyan. Talento nacional. Ronny aprendió el espectáculo de la manipulación de objetos un día que un primo suyo llegó con lo que él llama juguetes, y hoy tiene sobre su espalda nueve años tirando fuego.

En la intersección de Tumba Muerto con Transístmica, en un pequeño cubo de cartón de jugo de frutas hay un líquido rosa donde Ronny sumerge ambos lados de una vara con telas en cada extremo. La chispa de un lighter hace combustión con la gasolina, y de fondo la luz del semáforo indica rojo. Las miradas se reparten entre la atención y el desdén. 'Mono' hace piruetas con las llamas encendidas, patea la vara, la lanza alto, la domina con otras dos varillas y hasta la deja caer sobre su rodilla. La rutina termina y hace la venia, para luego apagar el fuego de un soplido y acercarse a las ventanas de los autos. Algunos brazos ya están estirados con billetes o algo de sencillo. Otros quitan la mirada, discimular es otro arte.

UN INGRESO DIGNO

'Mono' vive en Tocumen. Admite que ha sido contratado en puestos de trabajo convencionales, pero en cuanto termina su contrato de un año se va a la calle a tirar fuego. «Si es un día prity, en 2, 3 horas hago como 50, 60. Pero si es un día malo hago como 30, 25» . Pero su función no es todos los días, solo cuando ya no tiene nada, o como sustento para su familia. «Ahorita voy a buscar trabajo de nuevo, estoy tirando (fuego) para armar mi currículum, sacar mi carnet de salud y ayudar a mi familia». Mientras conversa se oye un «¡Ey!» desde un auto que sigue la luz verde.

Está el público que se ríe, los cuerdos que comentan su locura, los alarmados que le advierten posibles quemaduras, los curiosos que le preguntan si los machetes están afilados (elementos de su otra rutina). El rasgo más humano de un malabarista parece estar en la memoria. Con dificultad uno podría recordar cuántas monedas le da cada espectador, pero sí queda impresa la reacción de aquel público exprés. «Los niños también son los que más disfrutan, son el público que más exige, hay que estar pulido para ellos», reflexiona Adonay

Con el tiempo han ido añadiéndose algunos spots . En el Dorado y el puente cerca de la Cervecería Nacional pocas veces faltan. Por estos días la Avenida 12 de Octubre, el semáforo de Multiplaza y el corregimiento de Sabanitas, en Colón, son lugares que también les sirven de escenario. A estos se les suma la carretera Panamericana de Chiriquí, el barrio colonense de Puerto Escondido, un semáforo en Brisas del Golf y hasta la propia Cinta Costera. «Cuando comenzó (el malabarismo) en Colón la gente aportaba buenísmo. Hubo un día que ya la gente como que se aburrió, como diríamos nosotros: lo están quemando», dice y se rasca una cicatriz casi imperceptible en el brazo. La marca de un oficio que hace posible el pan sobre la mesa a costa de dolor físico, una costumbre.

A pesar de la dignidad con la que ambos malabaristas hablan, no faltan los comentarios de los más escépticos. «¡Ey, busca trabajo! No seas vagabundo», comenta Díaz que le han gritado en la cara. «Cuando me dicen eso, no me importa, para mí esto es un trabajo y un arte... Es como si le estuviera diciendo a otros jóvenes que no roben».

Aunque es relativo, dependiendo del país donde estén, la moneda en la capital panameña es un factor decisivo. Heber apunta que en ningún país el malabarismo ha dejado de rendirle. Ni siquiera en Costa Rica, una nación señalada por su alto costo de vida. «Yo aquí he pagado hostales, de 12 dólares, por casi dos meses ya. Y compro casi todo el tiempo la comida». La amistad de la calle se refleja también en el contacto que estos artistas callejeros tienen entre sí. «Lo bueno de la cuestión de los malabares es que conoces a otro malabarista y a los 10 minutos ya son amigos». Como si tras esa fracción de segundo en la que demora en caer una clava en la mano, se concentrara toda una filosofía de vida comunitaria. Un deseo proclive por robar sonrisas. 'Mono' confirma lo que dice Heber, resaltando que él no tiene problemas con los extranjeros que llegan a ganarse la vida honradamente. Mientras conversa, despista la mirada hacia una estación de gas, donde pasea un hombre con mochila y una camiseta de la selección de Chile, que hacía unos minutos manipulaba una pequeñas esferas sobre el cruce peatonal. «No le gustan las entrevistas», dice 'Mono'.

Ya pasada la quincena de abril, con unas nubes oscuras cuya sombra traiciona en forma de precipitación, los malabaristas continúan haciendo sus apariciones intermitentes por los rincones de la ciudad. En algún momento migración los detenía, otras autoridades buscan sencillo para apoyarlos. Pareciera que no hay una legislación clara, o que la ley dependiera de quien la aplique. Lo cierto es que, por ser Panamá un país de Latinoamérica con el dólar como moneda, no faltarán artistas urbanos que paren sobre el escenario de la luz roja y se unan a los más de 200 mil trabajadores informales que hay en el Istmo.

VISIÓN

El Istmo desde las clavas en un semáforo

Antes de las pinturas egipcias que retratan hombres haciendo malabares, el Talmut ya daba pistas sobre este arte, señalando a un rabino que podía manipular copas de vino sin derramar una sola gota de líquido. Pero si se quiere buscar una explicación para cuándo nació este boom de malabaristas modernos, contemporáneos, tendríamos que remitirnos a la década de los ochentas.

Penn Jillete —ese mago autor de libros ‘bestseller'— dijo que cuando sacabas tres bolas para hacer malabares en 1973, lo que pasaba por la mente de la gente era: «He visto a un enano deforme hacer eso alguna vez». Pero cuando sacabas esas mismas tres pelotas en los 80s, la reacción se acercaba más a: «Un compañero de dormitorio solía hacer eso». En la misma década que se popularizó el graffiti callejero, el malabarismo migró del circo a la cotidianidad de un apartamento, una plaza, un semáforo.

Para la gestora cultural Alexandra Schjelderup, subdirectora de cultura de la Alcaldía de Panamá, las intervenciones artísticas en el semáforo le suman culturalmente a la capital istmeña. Aunque aún no se ha hablado a profundidad sobre el plan maestro de reordenamiento de la ciudad, por parte de la Alcaldía, los malabaristas y artistas urbanos serán contemplados como materias de discusión, por ser un elemento que configura la vida de la ciudad. El propio Eduardo Galeano describía escenas urbanas mencionando a un malabarista. «En una esquina, ante el semáfroro rojo, alguien traga fuego, alguien limpia parabrisas, alguien vende banderitas... Hoy voy a contarles, a mi modo y manera, algunas historias de los nadies, que son muchos».

El malabarismo en las calles es algo que en Panamá ha tomado fuerza en los últimos años, como si el país recién se estuviese acostumbrando. Para el malabarista hondureño Heber Adonay —que trabaja con su monociclo y clavas para financiarse un viaje por Latinoamérica— en el Istmo se perciben un poco menos de espacios para el desarrollo de la cultura. Desde su punto de vista foráneo, el arraigo de la identidad en el resto de manifestaciones artísticas es aún insípido. «Por ejemplo, fui a ver una obra de teatro y es como una réplica estadounidense, como un subconsciente de cultura estadounidense y eso se percibe en el arte».

Como extranjero, una de las máximas referencias que tenía del Istmo, antes de llegar a los semáforos, fueron las canciones de Rubén Blades, el hombre que es objeto de idolatría casi sectaria en el resto de países de habla hispana. Adonay reconoce que aquí hay muchas comodidades —empezando por la moneda—, pero más allá de los edificios se necesita algo más que ofrecer, quizás una dimensión que aún está en auge. «Escucho las letras de Rubén Blades y ahora que estoy en Panamá, entiendo, gente que vende por comodidad su estatus social... He conocido gente muy buena, pero es un poco frío el trato», dice sin el ánimo de generalizar, reconociendo que el grupo de kunas está sacando la cara por el talento nacional en cuanto a malabarismo, y que espera se cumpla aquel propósito de Ronny ‘Mono' Díaz y sus cómplices: crear el circo kuna.