Panamá,25º

21 de Jan de 2020

Cultura

Canto a los niños de Siria y de Panamá

Aylan muerto en las playas turcas; otro niño pidiendo dinero en las calles de la capital istmeña

‘Solo acabará cuando nos acabemos todos nosotros'. Son esas y no otras las palabras que me vienen a la mente al ver la foto del niño sirio ahogado en las playas de Turquía. (El niño sirio, he escrito. Pero yo muy bien sé que tiene un nombre. Se llamaba Aylan Kurdi y tenía tres años. ¿Cuántas palabras habrá podido pronunciar en su idioma el pequeño Aylan? ¿Con qué soñaba en las noches su pequeñita cabeza infante? ¿Importan estas preguntas y las que me siga haciendo en el futuro?). La familia de Aylan huía y buscaba refugio de una guerra que (esto lo pueden refutar los necios) es causada y alentada por las potencias del oeste. El argumento de los europeos para dificultar la entrada de los refugiados, entre muchos otros, es: ‘Y, Arabia Saudí, Qatar, Omán y otros países árabes ricos, ¿qué?; yo no veo a ninguno de esos países ofreciendo refugio a ningún sirio'.

Eso me han dicho ‘amigos' que tengo en países como Alemania, Francia y España. El argumento de algún ciudadano de esos países árabes ricos aún no lo conozco porque no tengo amigos de por allá, pero algún argumento tendrán, eso ni dudarlo. Los panameños también lo tendríamos (y lo tenemos) y algunos de mis amigos mexicanos también, y así sin terminar; y así sin fin; una indiferencia sin fin, y por fin una ‘muerte sin fin', como escribió el poeta mexicano José Gorostiza.

Y que por eso digo que el dolor y la injusticia solo acabarán cuando nosotros, los humanos, especie evidentemente fallida, acabemos. ‘Lo fallido es el concepto ‘humano', pensar que somos más que animales que solo actúan impulsados en el propio bienestar, depredadoramente', me diría mi primo, sin cinismo, tranquilo, respirando serenamente. ‘En todo caso', seguiría mi primo, ‘si Siria fuera la que se viera obligada a acoger inmigrantes a montón también cerraría sus fronteras; es más, por más triste que te pueda sonar, es muy probable que los padres del niño sirio ahogado tampoco se ofrecerían a acoger en su hogar y su patria a gente en apuros graves'.

Tal vez tenga razón, me digo yo; pero, y ¿qué? El niño sirio muerto en una playa. Esa es la imagen. ¿Hace falta que sean mil o ya con uno basta? Y esto de escribir sobre ello ¿sirve de algo? ¿Es un acto egocéntrico? ¿Masturbación intelectual? ¿Alienación? Alienación, esta última palabrita me lleva a lo que algunos de mis conocidos panameños me dirían: ‘No escribes sobre lo que pasa en tu comunidad, pero sí escribes sobre el niño muerto en las playas de Turquía; no te entiendo'. Y yo no tendría ganas ni de defenderme, solo seguiría tomando mi cerveza Balboa que es producida por la Cervecería Nacional, empresa de la cual se quejaron su trabajadores y que cuando salieron en marcha de protesta ningún medio panameño televisivo sacó al aire por razones que tal vez sea muy obvio tener que explicar aquí. Solo diré: intereses, poder, egoísmo, indiferencia. (Pan, circo).

El niño Aylan muerto en las playas de Turquía; otro niño, con mares y continentes de por medio, pidiendo dinero en las calles de Panamá. El mismo niño. Uno muerto, con alas hacia el cielo, como lo representó un ilustrador; el otro aún vivo, aguantando el calor tropical y las miradas de desprecio. Repito: ‘Solo acabará cuando nos acabemos todos nosotros'.

MÚSICO Y POETA