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01 de Apr de 2020

Cultura

Te debo un café

Cuando queremos darnos cuenta se nos han escurrido de las manos aquellos a los que nunca tenemos suficientemente cerca

A la memoria de Miguel Fernández.

Y un abrazo. Y un te quiero. Y tú, divo, te fuiste sin querer cobrármelos.

Hiciste mutis por el foro como lo que eras, una estrella. Quizás no te enteraste de que les he prohibido terminantemente a todos mis amigos que se mueran antes que yo. Quizás es que nunca te dije lo mucho que significabas para mí.

Aunque nos viéramos poco, aunque nadie más que tú y yo lo supiéramos, lo nuestro era algo especial. Lo supimos desde la primera vez que nos miramos a los ojos. Y por eso ahora me siento así, como revuelta por dentro, con la sensación estúpida de que te debo un café y que ahora no voy a poder pagártelo.

Un café para poder hablar como hablábamos tú y yo, casi sin hablar. Porque desde el primer día nos entendimos y nos quisimos.

Extraño tu voz, Miguel. Todos extrañaremos tu voz, ese retumbar suave. Un rugido que desde la caverna de tu pecho ponía de punta los pelos de la nuca. Tu risa y tu generosidad.

He puesto una y otra vez la grabación que te hice cuando viniste a verme a la última obra, ¿recuerdas? Llegaste antes de que empezara a llegar la gente, siempre puntual. Entre bromas y veras te marcaste un bolero, tu preferido. Éramos apenas los actores y nos dejaste a todos inmóviles. Supongo que sea una de las últimas veces que hayas cantado en público, la he puesto muchas veces, y luego la borré. Te llevo en el corazón y no puedo (y no quiero) volver a oírte sin llorar.

Luego, al día siguiente, como siempre, me llamaste para decirme tu opinión, lo que te gustó, lo que no. Nos reímos juntos. Me dijiste una vez más que yo era tu actriz favorita. Y eso, viniendo de alguien tan grande como tú significaba mucho para mi, Miguel. Mucho. Nos prometimos quedar para tomarnos un café. ‘Yo pago', te dije.

Te debía un café, lo sé. La vida es una hija de puta que nos engaña haciéndonos creer que nos queda todo el tiempo del mundo. Y no es así. Cuando queremos darnos cuenta se nos han escurrido de las manos aquellos a los que nunca tenemos suficientemente cerca.

Nos engañamos a nosotros mismos creyendo que podemos hacerlo mañana, que pasado mañana. Hoy estamos muy liados, ya lo llamo la semana que viene. Este mes ando ensayando, total, para andar a carreras mejor lo dejamos para cuando termine la temporada. Seguro que cuando regrese del viaje podemos quedar y almorzar rico.

Entonces llega la muerte, tan callando, y desbarata todos los planes, todos los mañanas. Llega la muerte y te deja un regusto ácido en la boca del estómago. Llega la muerte y te deja anhelando un día más, solo otra oportunidad para poder volver a oír esa voz, para poder pedir un consejo, para poder compartir, una vez más eso que te acaba de pasar.

Somos tan idiotas que creemos que la muerte es algo lejano, algo que les pasa a los otros, creemos que si no pensamos en ella no llegará. Se nos pasa la vida y nos enredamos en cosas vanas. Nos aturullamos creyendo que es importante hacer muchas cosas, tener muchas cosas, cuando en realidad, lo único importante es llamar a los que queremos y sentarnos durante unas horas a tomar un café con ellos, mirarnos a los ojos y morirnos de la risa. Hoy. Mañana puede que sea tarde.

Te fuiste, Miguel, como lo que eras, una estrella. Y yo me he quedado con una deuda que no sé como pagar.

COLUMNISTA