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18 de Oct de 2019

Cultura

Ley 518: VIH en escarlata

«¿Deberían ser obligatorias la pruebas de VIH?», pregunta la presentadora del noticiario matutino que en realidad no es más que una ca...

«¿Deberían ser obligatorias la pruebas de VIH?», pregunta la presentadora del noticiario matutino que en realidad no es más que una caldera de chismes. «¡No!», respondo a la pantalla a gritos y escucho con desagrado el eco que revela cómo los años han llenado mi voz de frustración y necedad.

«Ya en Panamá esta prueba es obligatoria para mujeres embarazadas y parejas que buscan contraer matrimonio», sigue la voz chillona de la que antes era periodista pero hoy es portavoz de cualquier titiritero político con plata y palanca. «Una nueva ley empodera a nuestros galenos para que ordenen a tomar la prueba a cualquier persona que ellos consideren un riesgo para la salud pública. Para darnos su opinión sobre la pregunta del día, nos visita el director de Probisida…»

JAVIER STANZIOLA

Economista y escritor

Es economista, dramaturgo y novelista. Ha sido ganador cuatro veces del Concurso Nacional de Literatura Premio Ricardo Miró.

Con su novela ‘Hombres enlodados' se aborda por primera vez en la literatura panameña el tema de la identidad de género y fluidez sexual.

Su obra de teatro ‘De mangos y albaricoques' fue la primera en recibir el Premio Ricardo Miró bajo una temática gay. Una de sus más recientes obras, ‘El mito de la gravedad', aborda el tema del matrimonio y la adopción igualitaria.

Otras de sus obras de teatro incluyen ‘Solsticio de invierno', ‘Hablemos de lo que no hemos vivido' y ‘Cristo Quijote Tratado'.

Esta vez no escucho mi voz, «el negocio del VIH, SIDA y de los maricones se sigue vistiendo de filantropía», pero la de Douglas, ese rubio que me embarró el cuerpo de mangos con su pecho de bronce hace ya no sé cuántos años.

Y vuelve la periodista chillona a la que susurran al oído qué decir desde un micrófono en la Arquidiócesis, «¿Cómo se sentiría usted si su pareja le escondiera que tiene SIDA?». Ahora no solo lo escucho pero también lo veo: Douglas, con su sonrisa amplia de Beverly Hills, susurra, «el eco de patadas traicioneras, hay que callarlo».

Sigue la entrevistadora robótica, le ordenan mirar de frente a la cámara, «Compartan sus opiniones en nuestras redes sociales con el hashtag marquemos con una cruz escarlata a todos los desviados».

Silencio. Douglas nunca vivió en las redes sociales.

Cuando lo conocí, el mismo año en que lo perdimos, el Internet era de Netscape, los correos electrónicos de AOL y los periodistas de verdad. Pero con o sin redes sociales, Douglas hubiese tenido mucho que decir sobre la pregunta del día.

Ya sé lo que piensan. Con el VIH tronando en cada esquina de su cuerpo, lo correcto hubiese sido ignorar la sonrisa con la que me enganchó en ese bar de hombres disfrazados de cueros de South Beach. Pero no fue así. Podría mentir y decir que seguí compartiendo su cama porque era mi forma de apoderarme de mi sexualidad, de redefinir las reglas, de descubrirme. Pero no es cierto. Podría volver a cuentearme, como lo hacía cuando lo tenía entre mis piernas, y repetir que el rubio de bronce por lo menos fue honesto, que el condón funciona siempre, que solo la carne me revelaría lo que escondía su silencio. Pero no hice lo correcto. Disfrutarlo mientras lo veía morir cada vez que él recordaba —pero nunca revelaba— el nombre, apellido y sabor de saliva del que lo había transformado, «a punta de silencio», no era lo correcto. Agachado, con mi frente sintiendo el calor de su pelvis, lo mamaba en soledad, derramando saliva lubricante que caía en el piso para cementar a la Lupita Ferrer que yo llevaba dentro. Así solo, frente a un cuerpo con vida pero sin alma que me comía a sablazos, producía fuegos que con sus crujidos formaban palabras sin sintaxis, que lograban que un ligero roce de piel descarnara mi mundo.

Pero ya es hora de dejarme de vainas. Mi cama con Douglas no era más que una serie de actos perversos de masturbación. La mirada del rubio de bronce nunca se posaba en la mía. Su hinchazón no estaba conectada a su mente que prefería perderse viajando a sus años de niño bonito en las calles de Los Ángeles siendo adorado por vejetes con plata. Sus palabras las reservaba para crear un mundo donde se pudiese vivir plenamente con VIH y promover el conteo de las células T a nivel masivo sin ser manchado por motivos pecuniarios ni prejuicios religiosos.

‘Podría volver a cuentearme, como lo hacía cuando lo tenía entre mis piernas, y repetir que el rubio de bronce por lo menos fue honesto, que el condón funciona siempre, que solo la carne me revelaría lo que escondía su silencio. Pero no hice lo correcto'.

Douglas tendría mucho que decir sobre la pregunta de la mujer que recibe órdenes al oído desde un micrófono en Costa del Este. Quizá escribiría una de esas cadenas tuiteras que requieren más de 280 caracteres y se enumeran del uno al diez, recordándonos que la pregunta del día ya ha sido respondida una y otra vez por profesionales de la salud pública alrededor del mundo, que ya se logró un consenso internacional liderado por organizaciones como las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud, que ya entendemos que la obligatoriedad no solo va en contra de los derechos humanos, pero también incrementaría el riesgo de que miles de personas marginadas eviten usar los servicios de salud.

Quizá eso diría el rubio de bronce. No lo sé. Pero estoy seguro de que, víctima de ese silencio asesino, él podría responder con más derecho que nadie que todos perdemos cuando nos embarramos en ese lodazal que produce la intromisión de creencias religiosas en las políticas de salud. Él más que nadie sabía del poder de doctores con cruz en pecho que usaban sus consultorios como cruzadas de la salud moral.

Detrás de la anonimidad transparente de las redes sociales, quizá hoy él podría decir lo que nunca salió de su boca: el nombre de su victimario, lo que se siente cuando no se siente la piel, lo que se sueña en desvelos. Admiré siempre lo que él callaba, hasta lo que pensaba de la muerte.

ECONOMISTA, DRAMATURGO Y NOVELISTA