La Estrella de Panamá
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23 de Oct de 2019

Cultura

Violencia cultural

La violencia estructural y la cultural son el cimiento de la violencia directa

En 2016, un estudio publicado por el Instituto Gorgas reveló que más del 80% de los panameños tenemos herencia indígena por el lado materno. Con un dato tan contundente, es fácil concluir que la mayoría de las jóvenes que alguna vez han concursado por la corona del Miss Panamá han tenido raíces indígenas, pero este año es la primera vez que se hace tan evidente con una concursante proveniente de una comarca. Semanas atrás, la revelación de Rosa Montezuma como aspirante a la corona fue el revuelo del momento en las redes sociales, donde salieron a relucir comentarios que cuestionaban el verdadero origen de la participante. Mientras unos se refirieron a sus rasgos despectivamente, otros pusieron en duda su origen indígena porque —como expresaban—, de serlo verdaderamente, no cumpliría con el estándar de belleza que se requiere para entrar en un concurso de este tipo.

Cuando hablamos de violencia, usualmente se nos vienen a la mente imágenes de agresiones verbales o físicas, pero el sociólogo noruego Johan Galtung, pionero de la investigación sobre los conflictos sociales, identifica 3 tipos distintos en lo que ha llamado ‘triángulo de la violencia': la directa, o aquella que es visible a través de actos claros de agresión verbal o física; la estructural, que se refiere a la no satisfacción de las necesidades básicas de los estratos sociales más bajos por motivos inherentes a la estructura económico-política, y la cultural, que es de tipo simbólico y se ejerce desde discursos y actitudes moldeadas por ideas y creencias sobre determinados grupos humanos.

La violencia estructural y la cultural son el cimiento de la violencia directa (en un gráfico del triángulo de la violencia, ambas se ubican en la base), pero son más difíciles de identificar porque radican en el uso del poder, y el poder es algo abstracto que no sólo se puede definir de diversas maneras, sino que en este caso se ejerce desde mecanismos simbólicos como el discurso o las prácticas normalizadas en una sociedad. Cuando se trata de la violencia cultural, el poder del que hablamos no se refiere a la fuerza física o directa, sino a un poder blando e intangible, porque los mecanismos de la cultura operan sobre el discernimiento y se instalan en las conciencias y en las convicciones de los individuos.

De esta forma, la violencia cultural se materializa a partir de sistemas de ideas y valores que aprendemos desde pequeños y que son legitimados por la sociedad y por las instituciones, lo que la hace tan difícil de combatir. Ejemplos de ella son el racismo, el sexismo y el clasismo, que impregnan las leyes, las artes, los medios de comunicación y los valores morales, por lo que dan forma a las opiniones de las personas, pero además se manifiestan en discursos políticos y religiosos. Otro ejemplo es la propia globalización, que con todo y su buena fama casi incuestionable como símbolo de desarrollo y progreso hacia un mundo más libre e igualitario, también funciona como un vehículo para la violencia cultural, pues tiende a imponer percepciones y modelos culturales homogéneos y etnocéntricos que son incompatibles con la interculturalidad.

Hoy no hace falta un Silver Roll y Gold Roll para ver que hay discriminación en Panamá, cuando aún se utilizan refranes como ‘indio, paloma y gato, animal ingrato', o cuando tanta gente repite que la crisis de Colón se debe a que su gente es perezosa, mediocre y maleante. Las trenzas y los afros son prohibidos en las escuelas, los gunas rockeros son llamados ‘cholometal', los indostanos son reducidos al estereotipo de vendedores de perfumes, los chinos son estigmatizados como ‘cochinos', los gays sólo son aceptados como estereotipos de bufón en los shows de chismes, el sexismo reina en buena parte de la producción musical y audiovisual local, la xenofobia está a la orden del día, y una nueva normativa que permitiría el velo de las niñas musulmanas en las escuelas produce molestia, por mencionar tan sólo unos ejemplos.

El debate sobre la participación de Rosa Montezuma en el Miss Panamá evidenció que el ‘crisol de razas' no es más que un eslogan funcional a la industria del turismo y a la exaltación de un orgullo nacional incongruente con un país culturalmente violento con su propia diversidad.

COLUMNISTA