La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

La insoportable levedad del ‘hate'

La medianera

Mi esposo es de esas personas que necesitan trabajar con música en lo que yo considero ‘a todo volumen'. No sé cómo se concentra, pero uno de estos días, cuando su playlist retumbaba en el pasillo de la casa, comenzó a sonar una canción de Radiohead y mi reacción automática desde la sala fue torcer los ojos. Aunque sé que es prácticamente una herejía, debo admitir que no soporto a la banda, así que en eso me provocó tuitear algo al respecto. Pero un segundo después me pregunté si era realmente necesario, si tenía sentido y por qué ese repentino impulso de tuitear sobre cuánto me desagrada la música de una agrupación. También pensé en los millones de tweets y estatus de Facebook que se publican diariamente sobre cosas que nos molestan, y en cómo las redes parecen estar llenas de haters .

Al igual que la palabra ‘seguidores' implicaba cierta solemnidad antes de las redes sociales (‘seguidores de Jesucristo', ‘seguidores de Mao', ‘seguidores de Madonna'), la palabra hate (‘odio') ha sido resignificada en los entornos virtuales, al punto que dentro y fuera de ellos se utiliza muy a la ligera. Hoy ya no tiene la misma connotación profunda y visceral de antes, sino que más bien se refiere a la molestia o a la crítica que expresa una persona considerada envidiosa o malintencionada; es decir, un hater (independientemente de que tenga razón en lo que dice).

Intentando dar con el origen de esta resignificación, encontré que (oh sorpresa) todo comenzó en el mundo de la música. Así lo registra el historiador del hip-hop Marcus Reeves, quien explica que las nacientes estrellas de este género se referían a sus críticos como player-haters , un término popularizado por Notorious B.I.G. en los años noventa para referirse a cualquier persona que emitiera una crítica sobre su estilo de vida o su trabajo artístico. Con el tiempo, la expresión se acortó a haters , se extendió entre otros géneros musicales hasta volverse de uso común, y más tarde, las redes sociales hicieron el resto.

Hoy resulta obvio que los entornos virtuales se han vuelto espacios de desahogo sobre situaciones cotidianas, pero particularmente llama la atención la descarga contra aquello que otros disfrutan. Se trate del Mundial, la serie del momento, la última película de superhéroes, una gala de los Óscar, la Navidad o prácticamente cualquier cosa masivamente popular, los llamados haters se han vuelto una presencia permanente en la fauna de Internet. La explicación más simple sería que son personas amargadas o envidiosas que buscan atención o sentirse más inteligentes y especiales que los demás, y aunque podría ser cierto en muchos casos, en general puede que no sea tan simple, en especial cuando todos podemos ser tildados de haters en algún momento.

Es que, con la cantidad de información que se desborda por doquier, el estar conectados permanentemente, más la abrumadora viralidad que nos hace ver el mismo meme o la misma noticia 80 veces el mismo día, cualquiera es un hater en potencia. Tampoco olvidemos que las redes sociales tienen un efecto amplificador, y no sólo de uno mismo, sino que además hipermultiplica las dosis de información, de humor, de tragedia, de espectáculo, de ansiedad y, por supuesto, de opiniones contrarias a las nuestras. Y todo ello al mismo tiempo. De ahí que las redes tengan el potencial de sacar lo peor hasta de la persona más amable y sosegada.

Recordemos que estos entornos se alimentan de la interacción, y en toda interacción humana hay identidades de por medio. Por si fuera poco, las identidades se construyen en términos relacionales, de tensión y de diferencia; es decir, siempre desde la presencia de un ‘Otro' que se les opone. De esta forma, nuestra identidad individual también se constituye por aquello que no somos, y en el contexto de las redes, ese aparente placer por mostrar desagrado hacia lo popular guarda relación con que en estos espacios estamos en constante exposición a la diferencia y a la mirada del Otro, de modo que se exacerba también el deseo de diferenciarnos.

Lo cierto es que hoy, en tiempos de wellness , new age y corrección política, cualquier asomo de crítica o cuestionamiento se tacha de hate alegremente, y que en esta etapa del capitalismo, donde hasta el más mínimo aspecto de la existencia humana se encuentra atravesado por las relaciones de mercado, las empresas y las grandes corporaciones han hallado en las redes sociales la manera de rentabilizar hasta las identidades y las emociones de formas antes impensables. ¡Feliz hating !

COLUMNISTA