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01 de Feb de 2023

Cultura

La emergencia de la experiencia común en la palabra poética

El lenguaje poético opera como un mecanismo de desocultamiento de aquellas experiencias y padecimientos que nos son comunes a todos los humanos, independientemente del contexto o tiempo que nos tocó habitar

La emergencia de la experiencia común en la palabra poética
La emergencia de la experiencia común en la palabra poética

Al enfrentarnos con un poema, es decir, al intentar comprenderle, solo podemos remitirnos al poema mismo. En dicha experiencia no tenemos ante nosotros a un interlocutor con el cual podemos entrar en un juego de preguntas y respuestas. Frente al poema solo queda dirigirnos hacia la palabra que se yergue ahí, por sí misma, la cual aparece por igual frente al poeta —una vez ha finalizado la obra— y frente al lector. Esto es, la palabra poética está desprendida de toda referencia intencional pues: ‘está escrita', indica Hans-Georg Gadamer.

¿Qué significa esto? Si el poema está escrito, esto no solo asegura que se pueda recuperar su contenido siempre, sino que le da a su vez una particular autonomía, se libera del poeta. El lector —quien sea este— queda subordinado al poema, distinto a lo que acontece en otros escritos, los cuales por el contrario están subordinados a su autor, a su intencionalidad, a sus deseos.

De este modo lo declarado en el poema está completo, no requiere de contrastes que le verifiquen y por ello su comprensión solo se hace patente de un enfrentamiento directo con el poema, o en palabras de Martin Heidegger, ‘mientras más solitaria está la obra en sí, afirmada en la forma, mientras más finamente parecen disolverse todas las referencias con el hombre, más sencillamente entra en lo manifiesto el empuje de que esta obra es, más esencialmente es impulsado lo insólito y expulsado lo hasta entonces sólidamente aparente'.

Esa instauración que opera en la poesía consistiría en la capacidad de llevarnos a los fundamentos, al comienzo, allí donde brota la verdad, un proceso tal que cada cierto tiempo se fija de nueva y novedosa forma. Ese brote solo puede surgir del territorio común, en donde se yerguen esos padecimientos comunes para los cuales hay distintos nombres, pero que sin embargo somos capaces de reconocer.

Esto provoca que toda nueva lectura, incluso la que es realizada por el mismo lector resulte renovada y resignificante una y otra vez, puesto que la palabra poética no se lee de una vez y para siempre. Con ello la experiencia hermenéutica del poema no se cierra. Así pues, para Gadamer y Heidegger estas características inherentes al poema provoca que el mismo alberga en sí la verdad, entendida dicha noción como desocultamiento, allí donde acontece lo verdadero de forma decisiva para nuestra existencia.

Aquí podemos realizar una objeción inicial y es la siguiente: ¿la pureza de la palabra poética es tal que ni siquiera la traducción puede llegar a afectar lo ahí expresado? Tal parece que no, pues el poema tiene la ventaja de que nos remite al concepto en toda su pureza, a su universal, y por ello la traducción del original siempre corresponderá con el universal independientemente de la lengua.

Siguiendo a Gadamer, lo que hace a una palabra poética auténtica (o verdadera), es que esa pureza antes mencionada sea capaz de trasladarnos a una serie de contenidos que independientemente de la cultura, lengua madre, religión o la región a la que pertenezcamos, son contenidos que nos interpelan a todos. Es por ello que podemos encontrar similitudes entre los sermones del dominico Meister Eckhart o los versos del místico sufí Ibn al Farid, dado que remiten a una misma experiencia común, en este caso el sobrecogimiento del ente mortal y temporal frente a la potencia natural y su relación con esta. De modo que la palabra poética es verdadera en tanto permite acercarnos a esos contenidos compartidos, o mejor dicho, a esos padecimientos semejantes, como por ejemplo, la muerte.

Para aclarar este punto nos remitimos a Aristóteles, quien señalaba en ‘Sobre la Interpretación' (Peri Hermeneias) que las ‘afecciones del alma $< son$; las mismas para todos'. Para decirlo de otro modo, Aristóteles nos dice que padecemos las mismas experiencias, independientemente de los fonemas, signos o palabras que empleemos para referirnos a estas experiencias. Como dichas experiencias se encuentran antes del habla, no son comunes a todos, por ende lo que cambia es el modo en que las interpretamos.

Por lo tanto, si la palabra poética es verdadera, se deba a que quizás estemos ante la manifestación más cercana al lenguaje primigenio, originario, y por ende no debe vérsele como algo meramente expresado en esta u otra lengua y su respectiva normativa gramatical, porque lo que está en juego ahí es el existir mismo, y no cualquier existir, sino el temporal y mortal de los hombres y mujeres.

Lo verdadero que se encuentra insertado en la palabra poética sale a relucir cuando esta es auténtica, en el sentido de que es original, puesto que atiende al origen, ya que nos remite a los mismos contenidos existenciales —no los culturales o contextuales— que padece esa forma de experiencia que le es común a eso que que Heidegger llamó Dasein.

Esa instauración que opera en la poesía consistiría en la capacidad de llevarnos a los fundamentos, al comienzo, allí donde brota la verdad, un proceso tal que cada cierto tiempo se fija de nueva y novedosa forma. Ese brote solo puede surgir del territorio común, en donde se yerguen esos padecimientos comunes para los cuales hay distintos nombres, pero que sin embargo somos capaces de reconocer.

Por lo tanto, si la palabra poética es verdadera, se deba a que quizás estemos ante la manifestación más cercana al lenguaje primigenio, originario, y por ende no debe vérsele como algo meramente expresado en esta u otra lengua y su respectiva normativa gramatical, porque lo que está en juego ahí es el existir mismo, y no cualquier existir, sino el temporal y mortal de los hombres y mujeres.

Esta es la apertura que introduce la palabra poética sobre este mundo sobreinterpretado, ahogado, ocultado; consigue sacar nuevamente a la luz ese universo común al que hemos intentado dividir, esto es, nos permite desocultar. Gadamer lo resume señalando que el poema tiene el potencial de atestiguar nuestra existencia ahí (Dasein), ‘en tanto que ella misma es existencia ahí (Dasein)'.

El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán.

Estética y hermenéutica. Tema VI: De la contribución de la poesía a la búsqueda de la verdad. Editorial Tecnos, Impreso en España, Madrid 1996.

Arte y poesía. Editorial Fondo de Cultura Económica, Impreso en México, México D.F., 1978.

Elegías de Duino. Editorial Catedra, Novena Edición, Impreso en España, Madrid, 2015.

El Lenguaje de Heidegger. Editorial Herder, Impreso en España, Barcelona.

Rilke's Sixth Duino Elegy or The Hero as Feige(n)baum. Publicado por la Universidad de Wisconsin, Monatshefte, Volumen 77, 1985.

Aunque la tesis en sí suena apetecible, podríamos oponerle la dificultad de que resultaría difícil dar con dicha experiencia común sin que de por medio haya operado una previa educación dentro de una cierta tradición que nos permita reconocer esos elementos que caracterizamos como humanos, mortales y temporales. El humano solo puede reconocerse como tal dentro de la Polis, lo que implica también el reconocimiento de su finitud, de su inevitable desenlace y lo que ello implica. Sin embargo, más que rechazar la tesis, lo que resulta del anterior señalamiento consiste en que resultaría inimaginable establecer una clara línea entre nuestra pertenencia a una tradición —con sus implicaciones— y los padecimientos o experiencias que nos son semejantes, inherentes a la propia experiencia humana. Ambos conforman una compleja área gris que el lenguaje poético busca desvelar, en favor de visibilizar lo segundo.

Podemos examinarlo a través de la sexta elegía de Rilke, comenzando inicialmente con que es difícil —si no imposible— acceder al uso que el poeta alemán dota a la Higuera sin antes beber de la tradición, la cual en sus versos es tratada como una metáfora de la vida de un individuo muy particular: el héroe. Así pues, la Higuera ya se nos aparece en el libro Génesis 3:7 de la Biblia (también era cultivada en el antiguo Egipto). En ese pasaje, tras el reconocimiento de su desnudez, Adán y Eva son castigados por Jehova, lo que provoca su partida del Edén. En este mito la planta es utilizada para cubrir algo que provocaba vergüenza, lo que implica una cierta timidez.

Esta relación con la timidez también se evidencia en el término alemán empleado para Higuera ‘Feigenbaum', según Kathleen L. Komar. De acuerdo con Komar, el término, al ser usado como adjetivo, puede traducirse como cobarde o tímido; a su vez, como adjetivo el término derivaría de la raíces ‘veige', ‘feigi' y ‘faege'. Komar agrega que en sus formas tempranas tanto ‘feige' como ‘fey' —su raíz inglesa— se relacionaban con la inminencia ante la muerte. Será este último motivo sobre el cual Rilke equipara a la Higuera con el héroe; en un sentido también podemos ver la inminencia de la muerte tras la retirada del Edén.

Así nos dice Rilke: ‘Higuera, cuánto tiempo hace ya que significa algo para mí que tú, casi del todo, saltes por encima de la floración y empujes al interior de tu fruto, decidido antes de tiempo, sin gloria, tu puro secreto'. En este sentido, el héroe se comporta como la Higuera, porque al igual que este vegetal dicha clase de individuo transita hacia el fruto sin pasar por el proceso de floración —en realidad, es muy pequeña—; el héroe rechaza el mayor manjar de la vida, la juventud, y se lanza a los brazos de la muerte en un acto audaz y valiente: ‘Estos se lanzan allí: se adelantan a su propia sonrisa'. Rechazan al Edén para buscar la muerte, una caída que sin embargo habla muy bien del héroe y no tan bien de los que decidimos echar raíces, envejecer: ‘Nosotros en cambio nos demoramos, ay, ponemos nuestra gloria en florecer y entramos traicionados en el retrasado interior de nuestro fruto finito'.

Solo ahora podemos reconocer la experiencia común y equiparar el acto heroico y desinteresado de Héctor o a Aquiles con los mártires del 9 de enero de 1964, pues ya sea que se traten de mitos o individuos de carne y hueso, sentimos en ambos el despliegue de un mismo acto, a ellos en cambio ‘Durar no les acosa'.