02 de Dic de 2021

Cultura

El Premio

El día es como tu, un crío, un infante, apenas un brillo que no se afirma, un poder que no convence.

Acurrucado a tu pequeña cabeza, que giras para mirar las cosas como se miran por primera vez, con ojos serenos y ávidos. Así entramos balanceándonos en la mañana.

El sol se asoma, pero el día todavía no ha abierto sus párpados. El día es como tu, un crío, un infante, apenas un brillo que no se afirma, un poder que no convence.

Sobre el césped aún respiran las huellas de la noche. Fue otra noche de vigilia, de una cuna asediada por manos vigilantes, prontas al auxilio. ¿Cuántos meses ya van de esta zozobra, cuantas noches en vela, cuantas horas de desazón? Mi cuerpo es como la cuerda de un violín: tensado al máximo constantemente, pero sin el alivio de la música, sin el bálsamo trémulo de la melodía. Es así desde aquel aciago día del diagnóstico, después de innumerables exámenes que nos han puesto, a mi y a tu madre, a merced de los acreedores.

‘El sol se asoma, pero el día todavía no ha abierto sus párpados. El día es como tu, un crío, un infante, apenas un brillo que no se afirma, un poder que no convence'.

Pero había que pagarlos. La alternativa de llevarte al Seguro no era viable. Especialmente desde que comenzaron los paros. Esperar durante meses por una cita solo habría prolongado nuestro desasosiego. Y la situación ya era de por sí insostenible. La fatiga, la incomunicación, el nerviosismo. Ser testigos de cómo el Sol se apaga en el cielo, se cae y se apaga, frágil, vacilante tras su nacimiento... ¿Serías tú de aquellos milagros que se desvanecen como los sueños que mueren al levantar la cabeza de la almohada o del pecho que la ha acogido?

El tratamiento fue costoso. Pero tu madre no se amilanó. Después de acostarte y darte las últimas medicinas, se ponía a trabajar. Había semanas enteras en que no la escuchaba reír. Su risa de torrente que escapaba de las entrañas de una caverna, su risa como agua liberada después de una crecida, como luna lavada entre marejadas brumosas. Yo tampoco reía. Mis ojos se hundían en mi rostro desconcertado. Casi no decía palabra. Apretaba los labios, inmovilizando la quijada. Era un silencio antiguo que volvía, que volvía a gritar desde muy adentro.

ERROL CABALLERO

Periodista

Como periodista ha trabajado en los diarios ‘La Prensa', ‘Panamá América' y ‘La Estrella de Panamá', y en las revistas Mundo Social y Portada. Ha colaborado con Soho, Dinners y Destino Panamá, entre otras publicaciones. Como ‘freelance' ha colaborado con la cadena NBC. Ha ganado varios premios nacionales de periodismo. Es editor en ‘La Estrella de Panamá' y miembro de la comunidad periodística de Connectas. Cuenta con dos poemarios a su haber: ‘Las ínsulas del odio' y ‘El vértigo azul'.

Fueron meses difíciles. Madrugadas en cuartos de urgencia. Tu madre acostada en la camilla vigilando que la aguja de la venoclisis no se desprendiera de tu bracito; yo, cabeceando en la silla con respaldar de madera. Gastaba mis últimos dólares en cafés y carimañolas, mientras tu llorabas descontroladamente al ver el blanco del uniforme de la enfermera que se acercaba tras descorrer la cortina.

Fue entonces cuando vino el Premio. El anuncio en los diarios, los aplausos mientras me acercaba al podio. Los fotógrafos sugerían poses; que levantara el trofeo, me pedían, pero las manos me temblaban. Me parecía inverosímil: ser celebrado de esa forma, por colegas, conocidos, familiares y extraños, precisamente cuando más alejado me sentía de todos, cuándo me había distanciado irreparablemente del mundo, cuando me había encerrado en la pureza de mi sufrimiento, una pureza a la que ahora me pedían que renunciara, tentándome con premios en metálico y brindis con champán, y elogios acompañados de estrechones de mano, de besos de mujeres en trajes de cóctel.

Esa noche me emborraché como hacía meses que no lo hacía. Desde que tú naciste. Cada vez que la camarera me traía un trago fantaseaba con que uno de sus senos se desparramara sobre la carcomida barra de madera...

Con cada ron & coke se me hundía más el corazón. Recordaba las pestañas de tus ojitos almendrados humedecidas por las lágrimas, cada vez que alguien te acercaba el termómetro... El dolor se solidificó en mi pecho. Mi corazón se aceleró tratando de liberarse de aquel manto pétreo que me iba bajando con el frío del veneno con sabor a limón, pero ya era demasiado tarde... Me desplomé contra el piso de mosaicos coloreados camino al orinal. Los borrachos que me auxiliaron encontraron en mi saco un cheque por 10 mil dólares otorgado al ganador de la versión de este año de el Premio y varios papeles arrugados con recetas, entre ellas una con el nombre de unas pastillas para la presión... Mi celular sonó dentro del bolsillo de mi pantalón negro de tela. Mientras sonaba el ringtone -una canción de Joaquín Sabina-, tu foto y la de tu madre aparecieron en la pantalla. Ambas le daban las espaldas a un cielo despejado. ‘Fue el cielo más azul que presencié en mi vida', me dije antes de tomar la foto.

A ti te esperan más firmamentos. Con el Premio tu madre podrá terminar de costear el tratamiento. Para que con ojos atónitos puedas hacer el recuento de la mañana, de un mundo brumoso que apenas puedes nombrar, pero que poco a poco vas intuyendo que te pertenece. A veces sentirás un rumor que te distrae desde la distancia. No te preocupes, es solo el susurro de mi vigilia.

EDITOR