Temas Especiales

05 de Aug de 2020

Cultura

Hannah Arendt y la vocación de la libertad

Una exposición sobre la filósofa Hannah Arendt se presenta en el Museo Histórico Alemán. ¿Qué diría ella sobre las actuales restricciones que se han dado en el espacio público debido a la pandemia?

En tiempos de pandemia para entrar al Museo Histórico Alemán, cuyos espacios están dedicados a Hannah Arendt (1906-1975), hay que pedir una cita por internet. No hay filas, no hay aglomeraciones, no hay multitud. La mascarilla es obligatoria. Lo que habría sido normal sin la pandemia, ir al museo cuando me plazca dentro de los horarios establecidos, es imposible hoy.

Museo Histórico AlemánShutterstock

¿Qué habría dicho Hannah Arendt de esta restricción del espacio público, de la libertad, en fin, de la limitación de la decisión individual? Seguramente, como filósofa política que era, como pensadora crítica que jamás tuvo el instinto de rebaño ni la vocación para doblar la cerviz frente al poder, Arendt habría visto con extrema curiosidad y atención todas las medidas de seguridad implementadas en los estados de derecho, democráticos y liberales. En las dictaduras habría sido más que evidente. Pero, por ejemplo, ¿cuál habría sido la posición de Arendt en países donde el estado de derecho es una caricatura, donde hay una élite cleptómana, bajo la protección y salvaguarda de aquellos que portan sus uniformes como primera piel?

Recorrer la exposición sobre Arendt es ver toda una época que fue marcada por dos sistemas totalitarios: el nacional socialismo de Hitler y la Unión Soviética bajo Stalin. Ambos regímenes se caracterizan por el control burocrático total, la persecución policial, y el dominio de la vida privada de las personas. Pero también y, sobre todo, por los genocidios cometidos.

Ella fue testigo de cómo las ideologías, incluso las que prometían la emancipación de las naciones y de las clases, la utopía en la tierra, se transformaron en perfectos paraísos distópicos del control total, el miedo y la destrucción.

“Ella fue testigo de cómo las ideologías, incluso, las que prometían la emancipación de las naciones y de las clases, la utopía en la tierra, se transformaron en perfectos paraísos distópicos del control total, el miedo y la destrucción”.

En su clásico libro Elementos y orígenes del totalitarismo (1951), ella establece tres preguntas que persiguieron a toda su generación en su vida adulta: “¿qué fue lo que ocurrió? ¿Por qué ocurrió? ¿Cómo pudo haber ocurrido?”.

Responder a estas preguntas mereció todo un trabajo de investigación y reflexión, un trabajo que rastreó la fundación de los Estados nacionales, el racismo y los imperialismos. Fue un trabajo que reveló la articulación de las ideas políticas, sociales y raciales del siglo XIX, especialmente, las que giraban en torno a la idea de la lucha de clases y de razas, que terminaron convirtiéndose en no solo ideologías para movilizar a las masas, sino también en empresas criminales de liquidación racial, social y política.

Arendt no olvidó, por ejemplo, afirmar lo importante que fue para el racismo europeo la colonización de África en el “scramble for Africa” a finales del siglo XIX, donde no se dejaron de cometer horrendos crímenes y genocidios, y, como ella misma afirma, la empresa imperialista en África solo fue posible por la unión de la burguesía con el populacho, las masas, lejos de la llamada lucha de clase como motor de la historia. Pero lo que hizo al nacional-socialismo fue el genocidio burocrático, la organización al detalle, racialmente dirigido del crimen, por los funcionarios.

Arendt, en efecto, no era individualista, pero le confería al individuo su lugar. Es un error pensar que el mundo es simple (como siempre lo plantean los populistas de toda calaña) y, en este sentido, el triunfo de las ideologías significa la derrota de la razón con sus incómodas preguntas y cuestionamientos. Ella no era la que por los intereses de un grupo o movimiento, por más justo que pudiera ser, dejara de pensar y hacer sus críticas, como cuando señaló la participación de organizaciones judías en la elaboración de las listas nazis para el Holocausto en su polémico reportaje Eichmann in Jerusalén. “Reportaje sobre la banalidad del mal” (1963). Con ese reportaje se ganó más de una enemistad, entre sus mejores amigos que, como ella, habían sido de origen judío, y le declararon, incluso, hasta la guerra.

Ella no se alienaba con la podredumbre política e ideológica de su época, pues estaba muy lejos del instinto de rebaño, del cálculo mediocre del político y del intelectual pusilánime de sacrificar la verdad, la crítica, la razón y la vida misma por los intereses del partido, del Estado, del nacionalismo, de la religión, de la nación o de la “raza”.

Hannah Arendt y la vocación de la libertadCedida

Esta posición ética de Arendt confiere a sus escritos la confiabilidad hacia una intelectual del siglo XX. Este fue un siglo que, por la magnitud de las catástrofes humanas y políticas, solo podía dar una intelectual como ella que pudiera poner los puntos sobre las íes. No obstante, no dejó de equivocarse en algunos de sus escritos, como, por ejemplo, en “Reflexiones sobre Little Rock” (1958). Para ella, en este escrito, era más importante la eliminación de la ley que prohibía el matrimonio interracial en el sur del país. Basado en la separación de la esferas de lo público, lo privado y lo social, punto que, por cierto, entra en contradicción con lo que hemos afirmado más arriba sobre su permanente revisión de dogmas y paradigmas, desestimó la importancia del final de la segregación racial en el sistema de enseñanza en Estados Unidos.

¿Cómo podríamos explicar este sesgo? ¿Desconocimiento de la historia racista de este país? ¿Olvido de la tradición igualitaria republicana? O dicho de un modo más punzante como algunos de sus críticos han afirmado: ¿la tradicional ignorancia blanca epistémica?

Recorrer la exposición sobre Arendt del Museo Histórico de Berlín, un museo que está en uno de los centros de la ciudad, es, además, encontrarse con toda una generación de intelectuales judíos alemanes, como Benjamin, Adorno, Horkheimer, que le dieron nombre y marca a la conocida Escuela de Frankfurt. Todos ellos sobrevivieron a los totalitarismos del siglo XX, menos Benjamin que se suicidó en la frontera con Francia.

Para alguien como yo, quien difícilmente podría imaginarse su universo, sin la presencia de estos intelectuales, esta exposición muestra la trayectoria de una mujer e intelectual que, aparte de ser extraordinaria por sus escritos, también tuvo civil coraje para decir, escribir y actuar coherentemente con lo que pensaba. Es de allí que el lema de la exposición, que recoge una frase de ella, “Nadie tiene el derecho de obedecer, retrata su vocación por la libertad”.

Universidad de Panamá