Temas Especiales

21 de Oct de 2020

Cultura

La intensa vida del joven patriota Carlos Iván Zúñiga

Este escrito, se enfoca con perspectiva, más en la esencia mística del Patriota que en su actuar en esos acontecimientos políticos, que pusieron a prueba su carácter y su inagotable amor por la patria

La delincuencia y sus crueldades
Carlos Iván Zuñiga Guardia

La escritora panameña Sydia Candanedo de Zúñiga, esposa de Carlos Iván Zúñiga Guardia, nos reseña en estos capítulos y de manera abreviada, seis etapas de la intensa vida del Patriota, desde su primera juventud hasta sus 42 años de edad, develando con sencillez, el devenir de muchos acontecimentos nacionales en los que el Doctor Zúñiga jugó un papel, a veces como protagonista y en otras ocasiones, como reflexivo espectador impotente ante los hechos consumados; seis capítulos en los que, con sus acertados juicios, observa, como intérprete de la historia política panameña, que frecuentemente han imperado los intereses particulares por sobre los intereses nacionales. Este escrito, fuente de inspiración para las nuevas generaciones, se enfoca con perspectiva, más en la esencia mística del Patriota que en su actuar en esos acontecimientos políticos, que pusieron a prueba su carácter y su inagotable amor por la patria.

(Introducción: el apostolado)

“Estudia, y no serás cuando crecido, ni el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos...Trabaja joven, sin cesar trabaja, la frente honrada que en sudor se moja, jamás ante otra frente se sonroja, ni se rinde servil a quien la ultraja”. Así decía oportunamente, allá en Penonomé, a sus pequeños hijos y a sus alumnos, la educadora Olivia Guardia de Zúñiga citando esas célebres máximas extraídas de un poema del venezolano Elías Calixto Pompa, para inculcarles la importancia del estudio y la honradez, lo que de seguro trascendió en toda su descendencia y de modo especial en su hijo Carlos Iván Zúñiga Guardia, quien desde niño desarrolló un vivo interés por la lectura, el estudio y el trabajo honrado. Asímismo su progenitor Federico Zúñiga Feliú, al regalarle su primer libro de lectura de primaria, se lo dedicó de la siguiente manera: “hijo, en la lectura y el trabajo encontrarás las mejores enseñanzas y el éxito en la vida”

A Carlos Iván, sólo por azares del destino, no llegué a conocerlo durante su infancia, ya que a mi padre Abel Candanedo Moreno, que era inspector de sanidad, por poco lo trasladan a la ciudad de Penonomé y en consecuencia, habría tenido que mudarse con toda nuestra familia casualmente a una casa colindante con la del hogar de los Zúñiga Guardia, en esa capital de la provincia coclesana. No obstante, lo llegué a conocer ya siendo un joven de 18 años, en la ciudad de Panamá, cuando éramos estudiantes graduandos, él, del Instituto Nacional, el glorioso Nido de Aguilas y yo, del no menos glorioso Liceo de Señoritas.

Así que lo que sé de su biografía en el período de su infancia, es lo que escuché de otras personas. Por ejemplo, me decía su hermano Pablo Alonso, que observó rasgos humanitarios en Carlos Iván cuando siendo un niño de escasos 10 años, tuvo la iniciativa de llevar agua a los trabajadores que frente a su casa construían la vía panamericana, ya que notaba como sufrían con el calor sofocante que producía el intenso sol veraniego. Esa vocación, conmovió al capataz de la obra, de apellido Ayala, que con el tiempo encontró la fórmula de darle una plaza de trabajo como niño aguatero en la referida obra vial.

El Penonomé de los años 30 en la infancia de Carlos Iván, me imagino que dejó de ser de una vida bocólica, cuando murió su padre, el educador Federico Zúñiga Feliú, dejando en la orfandad a sus hijos. De manera que con tan solo ocho años de edad, Carlos Iván, pienso, se vio obligado a afrontar una situación que lo hizo madurar prematuramente. Después de este suceso, a los pocos años se tuvo que separar del hogar materno cuando se trasladó a la ciudad de Santiago de Veraguas para iniciar su primer ciclo secundario en el internado de la escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena. Todas estas circunstancias hicieron que su carácter se fuera templando, obligándolo a tener esa reciedumbre que luego lo caracterizaría.

Desde muy pequeño Carlos Iván debió realizar todo tipo de labores, mas su principal fuente de ingreso, aunque modesta, provenía del trabajo de Sacristán Mayor en la Iglesia San Juan Bautista de Penonomé, que quedaba a escasos metros de su casa en el barrio de Los Forasteros, cuyo párroco era el reverendo padre Doctor Antonio Rabanal Castrillo, originario de Navarra, España. Además de los trabajos mencionados, de niño se ocupó en todo tipo de oficios bajo la premisa de que el trabajo no deshonra sino que dignifica y ennoblece.

En aquellos años, Panamá parecía encaminarse a ser un país con aspiraciones pedagógicas y el Doctor Octavio Méndez Pereira, amigo de su difunto padre y que fue padrino de bautizo de Carlos Iván, era uno de los principales propulsores en construir ese Estado Docente. No obstante, su madre en el hogar, al inculcarle un patriotismo de acendrados principios y el padre Rabanal, fueron quienes le dieron los fundamentos de la cultura, las primeras instrucciones bibliográficas y orientaciones en sus estudios, sus valores católicos e interpretación de las obras clásicas, los que moldearon su personalidad en esos años iniciales de estudio.

En la escuela primaria Simeón Conte en Penonomé, Carlos Iván a su corta edad, se dedicó al estudio del pensamiento del Libertador Simón Bolívar; y lo hizo con tanto empeño que dio su primer discurso ante todo el plantel, cuando presidió la Sociedad Bolivariana Infantil, lo que marcó en él, su ideario bolivariano que llevó con orgullo para el resto de su vida. Otra de sus precoces entretensiones era asistir al Palacio de Justicia de Penonomé para escuchar las intervenciones penales de Héctor Conte Bermúdez cuando se enfrentaba en los estrados del Tribunal a otros eminentes jurístas, principalmente a Felipe Juan Escobar.

A pesar de las limitaciones económicas en que se encontraba su familia, siempre tuvo la convicción que la única forma de triunfar en la vida era a través del estudio. Así que con grandes sacrificios marchó a la escuela Normal de Santiago en 1940, para continuar sus estudios de primer ciclo. En esa ápoca ya tenía claros sus ideales patrióticos y democráticos, aunque en realidad no podría decirse a ciencia cierta, cuando fue que se fraguó completamente en su ser ese apostolado nacionalista que acrisoló en su vida, pero ese sentimiento ya lo tenía a los 19 años de edad, cuando en una de las amorosas cartas que me enviara, expresó: “Deseo y tú lo comprendes, no ser un hombre más del montón, tengo ambiciones muy amplias, mis propósitos están impregnados del más puro amor hacia la patria...”

Una vez cumplidas sus metas de estudio en la Normal de Santiago en 1942, a la edad de 16 años se trasladó a la ciudad de Panamá para cumplir su sueño de graduarse de bachiller en el Instituto Nacional de Panamá. Allí fue alumno de grandes profesores, se afilió a la sociedad Mateo Iturralde, y después, a la Asociación Federada del Instituto Nacional (AFIN) de la que fue miembro conspicuo y luego su presidente.

Sus aspiraciones intelectuales y culturales, las iba desarrollado conjuntamente con su vocación periodística. En 1945 era director de revistas estudiantiles, entre ellas, Cariátides, Esfinge y el semanario Federación. En ese año nos conocimos mientras junto a otros estudiantes, planeábamos la creación y publicación de la revista Alumni. Nos graduamos en enero de 1946 y ese mismo año iniciamos nuestra vida universitaria. El primer año de estudios fue de gran actividad estudiantil y de trabajo. Ambos pertenecimos al Consejo General Universitario, donde abogamos entre otros postulados, por la Autonomía Universitaria y por la mayor participación de los estudiantes en las decisiones de nuestra primera casa de estudios. Surgió el amor y el 1 de marzo de 1947, contrajimos matrimonio en la Iglesia de San Francisco de Asis en el Barrio de San Felipe de la ciudad de Panamá.

Así fueron a grandes rasgos, la infancia y adolescencia de Carlos Iván Zúñiga Guardia, hasta el momento en que se encontraron nuestras vidas. Tuvo una realidad llena de adversidades y supo enfrentarlas con optimismo. Su andar por este mundo terrenal, siempre estuvo revestido de la fe, con esa formación cristiana que lo acompañó toda su existencia, tratando de vivir las enseñanzas del evangelio y del humanismo clásico, con las consignas de la verdad y el amor.

(La FEP y el Frente Patriótico)

Me remonto a los primeros años de matrimonio con mi esposo Carlos Iván Zúñiga Guardia, quien siendo tan joven ya tenía una vida bastante azarosa en la política panameña. Era diciembre de 1947, ambos con 21 años de edad, cuando vivíamos en un edificio situado a pocos pasos del Banco Nacional en la Avenida Central, por donde transitaban las multitudes que lo acompañaban en las protestas contra el Convenio de Bases Filós-Hines. Las actividades se formaban en los predios del Instituto Nacional y en el Parque de Santa Ana se realizaban los mítines. Cuando venían las manifestaciones salíamos al balcón del frente del edificio, desde donde observábamos el movimiento popular, junto a mi hermana Alcira. Yo estaba embarazada y mi madre Aurelia Castillo de Candanedo, maestra de varias generaciones de chiricanos, vino especialmente de David para los días en que se esperaba el nacimiento de nuestra primera hija.

En ese mes de diciembre de 1947, mi esposo Carlos Iván, que dirigía la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP) y la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU), ocupababa gran parte de su tiempo en el Instituto Nacional, plantel en el que en turnos vespertinos funcionaba igualmente la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá. Allí iniciaba los estudios en la carrera de abogado, mientras que en horas matutinas era reportero en el Panamá América, y en otras horas, locutor y comentarista en Radio Balboa.

En la Universidad de Panamá, cuyo rector era el Doctor Octavio Méndez Pereira, cursamos nuestras licenciaturas. Yo, que estudiaba el profesorado en Español, tuve de profesores a grandes docentes como Baltazar Isaza Calderón, Rafael Moscote, Ricardo Resta (Argentino), Ismael García, Enrique Ruiz Vernacci (de nacionalidad española), Américo Valero (Venezolano) y Nicola Romero (Cubano), en tanto, Carlos Iván, en su Facultad de Derecho, tenía profesores que eran jurístas de renombre como Publio A. Vásquez, Víctor A. De León, Manuel Cano Llopis (exiliado español), Eloy Benedetti, José Isaac Fábrega, José Dolores Moscote, Narciso Garay y otros.

Durante las protestas contra el Convenio de Bases, recuerdo que mi esposo me comentó que estaba dispuesto a jugarse la vida si fuera necesario para lograr el rechazo de ese pacto espurio. Él sentía que el país vivía momentos trascendentales y que si la lucha estudiantil fracasaba, podría ser la derrota final de Panamá como nación libre.

Los estudiantes eran atacados por la Polícía Nacional. En mi apartamento llegaban a sentirse los gases lacrimógenos lanzados por los gendarmes y se escuchaba el andar de la tropa y la caballería en la Avenida Central, en esos días aciagos de represión estudiantil. Sin embargo, sólo escuché ruido de disparos el día que hirieron gravemente a Sebastíán Tapia o años después, que el Comandante Remón derrocó al gobierno de Arnulfo Arias Madrid.

Recuerdo con tristeza que aún habitábamos ese apartamento de la Avenida Central cuando una noche, mientras sintonizábamos la radio colombiana, nos enteramos del horrendo asesinato del gran líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. En la misma emisora que transmitían sus discursos -que tal vez esperabamos escuchar- se dio la infausta noticia. Gaitán era nuestro ídolo, por eso no puedo negarlo, esa noche lloramos dolorosamente su muerte.

Carlos Iván estaba imbuido del movimiento estudiantil latinoamericano gestado durante la Segunda Guerra Mundial y promovido por los gobiernos democráticos del mundo, que especialmente en América, propugnaban por la creación de Frentes de Juventudes por todo el hemisferio. Eso le permitió hacer amistad con muchos líderes estudiantiles que visitaban Panamá y luego se convirtieron en personalidades políticas de gran relieve para nuestro continente. Los jóvenes panameños se fueron organizando y crearon el Frente Patriótico de la Juventud, que a la par con la FEP, cuyo Secretario General era mi esposo, liderizaron las multitudinarias protestas ante la Asamblea Nacional, contra la aprobación del Convenio de Bases de 1947.

Después del extraordinario rechazo de dicho Convenio -algo histórico en nuestras luchas nacionalistas y populares- la vida pasó como un torbellino, Carlos Iván viajó a México, Guatemala y otros países latinoamericanos, en jornadas y congresos cívicos que buscaban llevar a la práctica, los ideales renovados y el optimismo alcanzado por el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y con misticismo llevaba adelante esa lucha frenética de ideales democráticos y nacionalistas. De dirigente estudiantil iba transfomándose en dirigente político dentro del Frente Patriótico, que a su vez se convertía en partido político.

En el año 1949 fuimos a residir a Calle Tercera, frente al Ministerio de Gobierno. En esa época igualmente de inestabilidad sociopolítica, mi esposo pasaba sus horas estudiando y organizando actividades populares con sus compañeros de la Universidad de Panamá o en faenas laborales y periodísticas. Asímismo, ese año, por el área de Las Bóveda, a pocos pasos de nuestro nuevo apartamento, cuando se cuestionaba la validez de la renuncia del Presidente Chanis, hubo una protesta muy intensa en el Palacio de Justicia, adonde llegaron los estudiantes universitarios y entre ellos se encontraba como siempre Carlos Iván, quien para esa fecha, también laboraba en un Juzgado de Circuito. Fue en los días que la Corte Suprema de Justicia, mediante fallo motivado, ratificó la legitimidad del Doctor Daniel Chanis en la Presidencia.

Los hechos se dieron a raíz de la separación del Presidente de la República Domingo Diaz por grave enfermedad y posterior fallecimiento, por lo que quedó en el cargo el Doctor Daniel Chanis, quien por su talante civilista, con el apoyo de los jóvenes que habían logrado el rechazo del Filós-Hines, a los pocos meses de ser Presidente, trató de imponer su voluntad de someter a los cuarteles, lo que trajo como consecuencia que la Policía forzara la renuncia de Chanis. Sería una situación muy decepcionante para mi esposo y sus compañeros estudiantes cuando el Comandante de la Policía Nacional impuso su criterio al no aceptar el fallo de la Corte e inesperadamente, alegando fraude en los comicios en los que venciera Domingo Diaz, consiguió con el organismo electoral, el supuesto recuento de votos y colocó a Arnulfo Arias en la Presidencia de la República. La frustación fue mayúscula cuando en una misma semana, frente a nuestro balcón se vieron transitar las manifestaciones de las juventudes triunfalistas por el aparente retorno de Chanis y seguidamente las grandes manifestaciones a favor de Arnulfo Arias cuando deponían definitivamente a Chanis como Presidente. Fue peor, muchos meses después, cuando con gravísima convulsión social, los policías a sangre y fuego, le dieron un golpe de estado a Arnulfo Arias, hechos que desencadenaron mayor decepción e inestablidad democrática en el país.

Como analizara Carlos Iván Zúñiga en su artículo de opinión publicado el 9 de febrero de 2008: “Hubo un largo proceso, sin antecedentes visibles, en el que el comandante primer jefe de la fuerza pública se abrogaba el poder de escoger al candidato y hasta al presidente. Fue el proceso instaurado por el coronel José Remón.”

Esos fueron tiempos difíciles para Carlos Iván y el Frente Patriótico, en una constante actividad contra la injusticia y a favor de la democracia. En esos años, él, ya era columnista del periódico Panamá América y posteriormente tuvo un radioperiódico con su compadre, el novelista Ramón H. Jurado, quien a la vez era su amigo. En el programa radial analizaba con verbo encendido las tropelías cometidas tanto por el gobierno como por el jefe de la Policia y premonitoriamente advertía al pueblo panameño del peligro que se cernía sobre nuestra frágil democracia. No recuerdo la fecha exacta, pero para esos años ese mismo jefe de la Policía, ordenó arbitrariamente su arresto por los comentarios y denuncias que hacía a través de su programa radial, que como un estandarte llevaba el simbólico nombre de “Radioperiódico Libertad”.

(Ministro y diputado)

Durante la Presidencia de Arnulfo Arias de 1949 a 1951, Carlos Iván Zúñiga Guardia y el Frente Patriótico realizaron una oposición beligerante contra el gobieno de Arias, que tomó un giro abiertamente totalitario, atentando contra la Constitución democrática de 1946, al reemplazarla por la anterior Constitución de 1941, clausurando la Asamblea Nacional y con la amenaza de destitución, por decreto, a Magistrados de la Corte.

La lucha política había llevado nuevamente a la cárcel a Carlos Iván Zúñiga, al igual que a muchos demócratas y miembros del Frente Patriótico, mientras las fuerzas antagónicas representadas por Arias y Remón mostraban sus armamentos, lo que consumó el autogolpe fraguado por el Gobierno a inicios de mayo de 1951 y pocos días despues, el golpe de estado del 10 de mayo. La Policía Secreta era la fuerza armada del Gobierno y el resto de los estamentos policiales estaban en manos del Comandante Remón.

El país se encontraba en una encrucijada, las alternativas de poder llevaron a la confrontación a esas dos fuerzas antagónicas -de Arias y de Remón-; ninguna de las dos respetaba la democracia y a todas luces, una menos que la otra, violentaba el Estado de Derecho y el acuerdo social alcanzado por la Constitución de 1946. De manera que estábamos entre la espada y la pared: o nos sometiamos a un autogolpe del gobierno de Arias o los cuarteles seguían tutelando el poder político y deponían al gobierno. El país estaba ante el despeñadero y la última alternativa fue la que a costa de muchas vidas, salió triunfante.

Al caer el gobierno de Arias en 1951, llegó al poder Alcibiades Arosemena, que hasta ese entonces era el Vicepresidente. El Frente Patriótico, tal vez con el fin de apuntalar la democracia, hizo una alianza con el nuevo gobierno de Arosemena. Así, Ricardo J. Bermudez fue nombrado Ministro de Educación, pero ante su ausencia temporal por motivos de viaje, quedó en su reemplazo Carlos Iván, quien asumió el cargo de Ministro de Educación (a.i.) con solo 25 años de edad.

Recuerdo que las oficinas de la Secretaría (de Educación), como se llamaba entonces al Ministerio, quedaban adonde está actualmente el Museo del Canal. Esa fue la única vez en su vida que Carlos Iván ocupó un puesto burocrático, pero eso duró muy poco ya que a las pocas semanas el Frente Patriótico por diferencias con el nuevo mandatario, salió del gobierno y otra vez quedó en oposición. La inflluencia de Remón en las decisiones y sus pretenciones políticas en el país quedaban a salvo y algunos frentistas, decepcionados, debieron asumir que el error de entrar a formar parte del gobierno de Arosemena, tendría su costo político.

En el año 1952 mi esposo culminó sus estudios universitarios y obtuvo su anhelado título de abogado, lo que le daba más validez a la cruzada que se había propuesto contra las injusticias y a la vez, le brindaba la idoneidad necesaria para presentar sus denuncias contra la creciente corrupción.

Al llegar los comisios electorales en el año 1952, se sufrió una nueva frustración cuando ganó la Presidencia de la República el mismo José Antonio Remón, confundiendo los roles policíacos con los políticos y convirtiéndose en el abanderado de la oligarquía. La lucha democrática en la que Carlos Iván se había empeñado, sufría un nuevo revés y lo peor era que el sistema totalitario que representaba Remón, estaba legitimado por el sufragio. No obstante, no todo fue negativo, en esa contienda electoral, Carlos Iván, Secretario General por el Frente Patriótico de la Alianza Civilista contra Remón, fue elegido diputado suplente, quedando encargado de la curul cuando el diputado principal, que era el licenciado Illueca, se fue a Estados Unidos a continuar sus estudios académicos. La labor de mi esposo como diputado fue intensa, generando una gran cantidad de proyectos de Ley y utilizando su curul como tribuna para orientar la opinión pública.

Las pocas veces en su vida que Carlos Iván tuvo algún tipo de contacto con el ex comandante Remón no fue de manera cordial. Así ocurrió cuando en 1947 recibió su llamada telefónica para indicarle con prepotencia que reprimiría las manifestaciones estudiantiles contra el Convenio Filós-Hines, pensando erróneamente que podría intimidarlo. Asimismo, aunque no tengo en mi memoria las fechas exactas, en otra ocasión saliendo del restaurante El Rancho, en donde se reunían los políticos de la época y entre ellos se encontraba Remón, fue atacado por unos sicarios que le propinaron un cachiporrazo del cual quedó aturdido. Recuerdo el disgusto que tenía cuando llegó a nuestro apartamento en ese entonces ubicado en Avenida Ancón. Otro hecho que incluso apareció en los diarios fue cuando en su natal ciudad de Penonomé, observaba desde la acera la procesión del 15 de diciembre, mientras pasaba la comitiva del entonces Presidente Remón. Fue conducido al cuartel de Penonomé acusado de haber irrespetado al presidente por exhalar el humo del cigarrillo en dirección a su persona. La antojadiza acusación no prosperó y debieron liberarlo rápidamente ante la presión de sus familiares y coterráneos indignados. Su oposición a un estado gendarme y a la beligerancia del ex comandante, fue siempre patente

Carlos Iván no cejó en su crítica al gobierno que desarrollaba su administración con visos totalitarios. El presidente Remón estaba siendo cuestionado por su creciente e injustificado enriquecimiento, su autoritarismo y por tener un lenguaje de confrontación con sus opositores. No obstante, el peligro personal que esto significaba, mi esposo continuó en la lucha inclaudicable que se había propuesto en favor de la democracia, el Estado de Derecho y la nacionalidad panameña. Hacía su labor desde la Asamblea, como periodísta en la Hora, el Panamá América y otros medio escritos como Mundo Gráfico y continuaba con sus programas de radio; aún más intensamente cuando el gobierno de Remón, además de corrupto, se mostraba abiertamente pro norteamericano y la Policía Nacional se militarizaba, conviertiéndose en Guardia Nacional.

Inesperadamente el 2 de enero de 1955, estando en la Ciudad de Boquete, Chiriquí, donde teníamos nuestra residencia, después del bautizo de uno de mis hijos en la Iglesia San Juan Bautista de esa ciudad, nos llegó la noticia del asesinato del Presidente José Antonio Remón. Una vez consumado el Magnicidio, la Guardia Nacional se dedicó a detener a cualquier político que consideraba que podría estar implicado en dicho asesinato. Mucha personalidades fueron apresadas, sin embargo, se dejó escapar hacia México al principal sospechoso que fue el norteamericano Lipstein.

La historia de lo ocurrido después fue muy conocida. El vicepresidente Guizado a quien correspondía la sucesión en el cargo tomó posesión, a los pocos días el abogado Rubén Miró se autoincriminó en una supuesta conspiración para asesinar a Remón y acusó a Guizado de ser parte del complot. De inmediato apresaron a Guizado y el segundo Vicepresidente, Ricardo Arias Espinosa, asumió como Presidente de la República, mientras que a Guizado se le sometía a un Juicio Político ante la Asamblea Nacional. En ese Juicio teniendo una participación destacada como Diputado Magistrado en el proceso, Carlos Iván Zuñiga Guardia haciendo un Salvamento de Voto histórico, puso en evidencia las falencias del proceso en sí y demostró la inocencia de Guizado, quien por razones politiqueras fue condenado por la mayoría de los otros diputados que lo juzgaron.

Después de este juicio, mi esposo y yo, junto a nuestros cinco hijos, viajamos Chile y luego a Perú, adonde, con grandes sacrificios económicos, buscamos nuestros títulos de doctores en la Universidad Mayor de San Marcos de Lima. Carlos Iván Zuñiga, se perfeccionaba académicamente para enfrentar con sus conocimientos, nuevas luchas patrióticas; quería consagrar su vida al servicio de su país y sabía que sólo estando bien preparado, podría enfrentar los grandes retos que constituían la realización de los ideales patrióticos que se había propuesto, porque no cabe duda y lo puedo afirmar, que todo lo hacía por su amado país.

(La lucha sindical y política)

La lucha sindical de Carlos Iván Zúñiga Guardia se hizo más evidente en 1960, un día que al comentar la situación del Sindicato de Trabajadores de la Chiriquí Land Company, del Barú, me indicó que dichos trabajadores de la bananera habían solicitado en la radio, los servicios de un abogado, para que los ayudara a alcanzar sus pretenciones laborales. Se reunió con una delegación en nuestra casa ubicada en la que es hoy la Avenida 9 de enero, en Doleguita, David, Chiriquí, adonde llegaron dirigentes de la talla de Efigenio Araúz, José Nemo Herrera, Héctor Requena, Prudencio Gonzalez, Jesús Fernández, Tomás Palacios Salinas, José Angel Villarreal y otros, a los que ayudó asesorándolos para iniciar la negociación con la empresa.

Ya en 1960, mi esposo y yo habíamos regresado al terruño hacía un par de años atrás, después de haber culminado exitosamente nuestros estudios en la Univeridad Mayor de San Marcos de Lima, Perú. Él era Doctor en Derecho Público y yo estaba por sustentar mi tesis como Doctora en Educación. En David, yo era profesora de segunda enseñanza en el Colegio Félix Olivares en la asignatura de Español y a nivel universitario en la extensión de la Universidad de Panamá en David, con sede en el Centro Escolar Antonio José de Sucre, tenía las cátedras de Literatura Española, Gramática, Lingüística y Literatura Panameña. Allí mi esposo dictaba igualmente clases de Ciencias Políticas, Derecho Penal e Introducción al Derecho. También, en la ciudad de David como defensor de oficio tuvo muchas y memorables audiencias penales por juicios de Homicidio que todavía se recuerdan por las pocas personas que de esa época aún sobreviven en la provincia. En política, había organizado el Movimiento Agrario Nacionalista (MAN) que logró en las elecciones de 1960 representación en las consejalías de varios Distritos de Chiriquí, además continuaba su labor periodística en el diario chiricano Ecos del Valle y tenía su exitosa oficina de abogado en el centro de la ciudad.

Carlos Iván dirigía un programa en la emisora La Voz del Barú, en donde brindaba asesoría jurídica y analizaba los temas políticos; quizás así los trabajadores supieron de sus conocimientos. Como respuesta a esa lucha sindical, Iván Romero, mediante otro programa radial, asumió la defensa de la patronal. Luego, Jorge Carrasco se sumó en esa defensa de la empresa, desde su programa mañanero a nivel nacional en la emisora de los Eleta, atacando de manera artera, diariamente, a los trabajadores y a mi esposo, a quienes tildaba de comunistas, en una campaña con la filosofía de Goebbels, que basaba su estrategia en repetir mil veces una mentira hasta convertirla en verdad. Acusaba igualmente a mi esposo de estar azuzando a los trabajadores, cuando en realidad lo que hacía era atender jurídicamenter al Sindicato para que negociaran con la empresa en igualdad de condiciones.

Tal fue la aureola que fueron creando las fuerzas más retrógradas de Panamá y especialmente de la provincia chiricana, que aunque el mismo gerente de la Chiriqui Land Company llegó a ponderar positivamente el trabajo jurídico realizado por Carlos Iván Zúñiga y de cómo mejoraron las relaciones obrero-patronales gracias a su intervención, a pesar de ello, repito, tal vez los provincianos todavía sean reacios en aceptar el sindicalismo como una institución positiva y lo vean como algo negativo para la economía de la región y a los sindicatos se les juzgue como organizaciones de corte comunista. Esa campaña todavía envuelve como un manto oscuro el pensamiento equivocado de muchos chiricanos.

El triunfo logrado con la huelga bananera fue un hito en la historia latinoamericana ya que nunca antes se había logrado que la compañía trasnacional de la frutera cediera ante las pretenciones de sus empleados. La ciudad de Puerto Armuelles, sede del Sindicato, fue testigo de la lucha sindical. A esa ciudad se trasladaba mi esposo y permanecía por varios días trazando estrategias, en reuniones, manifestaciones y grandes concentraciones que eran impensables en el año 1960, cuando en otras latitudes se dieron masacres contra poblaciones enteras si luchaban por reivindicaciones frente a las bananeras.

La huelga de 1960 fue un éxito gracias al tesón de la dirigencia, la capacidad, el equilibrio y la madurez que demostró la masa obrera. Mucho tuvo que ver la asesoría de mi esposo que logró distribuir un folleto orientador que en poco tiempo sacó a la luz, El Manual del Trabajador; fundó el comité de damas, conformado por las esposas y compañeras de los trabajadores, la Asamblea de Representantes de Fincas y las Juntas de Conciliación; participaba intensamente en la preparación del boletín informativo del sindicato, en fin, ayudó al desarrollo de una mística sindical que diera perdurables frutos. Nunca fue su intención que la empresa se fuera de Panamá, muy por el contrario, comprendía la importancia de su gestión porque la producción bananera era la garantía para que el sector del Barú se mantuviera en desarrollo. Y así fue por casi 30 años más, hasta que la empresa cayó en decadencia por razones que no es del caso explicar, pero que no fue lo mejor para la región.

El Sindicato y los trabajadores, superaron con creces todas las expectativas; tuvieron la entereza para soportar las vejaciones y los asesinatos de trabajadores, principalmente de Dionisio Arrocha y Rodolfo Aguilar, este último asesinado con la complicidad de la Guardia Nacional, y cuya investigación de sus torturas e informe forense de la autopsia, fueron protegidos con celo bajo la participación muy sensitiva de mi esposo.

Con el éxito de la huelga de 1960 y los triunfos de los años posteriores, las relaciones semifeudales en que vivían los trabajadores de la Chiriquí Land Company del Distrito del Barú, cambiaron favorablemente. El Sindicato se convirtió en una especie de fraternidad donde la mística y las conquistas laborales trajeron esperanzas y un impulso optimista a los trabajadores. Una vez más el país se alimentaba del nacionalismo y los ideales parecían triunfar por sobre la injusticia.

Sin ambargo no fue nada fácil para nosotros, ya que hubo momentos de cuidado. como cuando sufrimos un atentado contra mi automóvil, un nuevo Volkswagen, que fue incendiado una madrugada en la entrada de la casa de mis padres en Calle Tercera, David. Las amenazas eran constantes, tanto que en una ocasión se comentó que las vías del tren en el que viajaban mi esposo y otros dirigentes sindicales de David a Puerto Armuelles, habían sido dañadas para provocar un grave accidente con el descarrilamiento del tren, pero que afortunadamente y de manera providencial, no llegó a tener ninguna consecuencia que lamentar.

A pesar de que en año 1961 dejamos la provincia chiricana, en donde residimos por casi dos años, Carlos Iván viajaba permanentemente a Puerto Armuellos, para seguir dando asesoría al Sindicato, en una relación estrecha con los trabajadores, la que se mantuvo sólida hasta el año 1968, cuando cayó preso por la dictadura militar, en donde bajo amenaza, al darle la libertad se le prohibió expresamente ir a Puerto Armuelles. La dictadura, como era su costumbre, había sobornado a muchos trabajadores, lo que hacía que un movimiento sindical politizado, fuera perdiendo su sentido gremialista y combativo. Sólo se mantenían, aunque ya no en la Junta Directiva, pocas figuras verticales, como Efigenio Araúz, quien también pagó un largo carcelazo, o sucedía como con Tomás Palacios Salinas que fue cobardemente asesinado por los esbirros de la dictadura y como Héctor Requena que ya había fallecido años atrás víctima de una cruel enfermedad. A pesar de que desde la ciudad capital por algunos años más mi esposo asesoraba ad honorem a los trabajadores, los tiempos habían cambiado y la lucha sindical se convirtió en otra cosa. Fue una política de la dictadura dominar todos los sindicatos del país para utilizarlos en provecho del régimen. 

(9 de enero)

El 9 de enero de 1964 fue de una tarde de verano como cualquier otra en la que nadie en el país vislumbraba ni remotamente lo que podría ocurrir. Debemos entender que no era como en la actualidad que las imágenes de las noticias llegan en directo, así que la mayoría de los panameños nos enteramos de los acontecimientos que apenas iniciaban esa tarde, cuando a las seis, puntualmente, encendimos nuestros televisores para ver los noticieros.

En el caso particular de mi familia, nuestro segundo hijo que lleva el mismo nombre que mi esposo, Carlos Iván y que en pocos días estaba por cumplir sólo 14 años, a esa hora, nos percatamos que no había llegado al hogar. Sin embargo, el detalle más importante que debemos observar es que él, en esos momentos, era estudiante institutor de primer año y esa tarde estaba en el colegio.

Se encendieron todas las alarmas, con mi esposo nos preparamos para ir al Instituto, pero por fortuna en el instante que nos disponiamos a salir en su búsqueda, apareció mi hijo que llegaba sano y salvo. Nos contó que había estado en la marcha que se dirigió al Colegio Balboa en la Zona del Canal y de cómo habían iniciado las protestas estudiantiles ocasionadas por la ruptura de nuestro pabellón nacional por los zoneítas. Como es sabido, los institutores después de la agresión se habían dirigido en tropel hacia el plantel del Colegio y de ahí, mi hijo, siguiendo los consejos de nuestra amiga, la estudiante graduanda Margot Nuquez, decidió retonar al hogar.

Así dio inicio para nosotros esta gesta patriótica de enero de 1964. Comenzaba una larga noche. En la casa escuchábamos a Homero Velázquez y sus compañeros de Radio Tribuna narrando los hechos que acontecían. Mi esposo estaba convaleciendo de una operación, pero, sin darnos ninguna explicación, se dirigió hacia el centro de los acontecimientos, muy cerca de la Avenida Cuatro de Julio, misma que después fue rebautizada como Avenida de los Mártires. Allí se apostó junto con su compadre Ramón y otros valientes ciudadanos, a un lado de las columnas de la antigüa estación de la Plaza Cinco de Mayo. Poco era lo que podían hacer frente al que como se dice ahora, “es el ejército más poderoso del mundo”.

En los días de enero de 1964 se vivió un ambiente de guerra y zozobra en la ciudad de Panamá, porque técnicamente nos sentíamos en estado de sitio. A ciencia cierta nadie sabía si la injusta agresión norteamericana se convertiría en una invasión de todo nuestro territorio o si la inestabilidad social nos llevaría al caos, pero sin ninguna duda el país estaba conmocionado y después de sepultar a nuestros muertos, lo que inicialmente fuera una actitud de sublevación, se fue convirtiendo en luto y pesar por la muerte de nuestros héroes, los mártires de enero de 1964.

El 10 de enero de ese año Carlos Iván y varios distinguidos juristas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, redactaron una resolución del Consejo General Universitario firmada por el Rector Narciso Garay Preciado, en la que se solicitaba al Gobierno la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos y la renuncia inmediata del Tratado Hay-Bunau Varilla.

En enero de 1964 aunque mi esposo estuvo muy activo en reuniones y actividades nacionalistas, recuerdo esos días como días tristes para él, que sufría como propio el dolor de los familiares de los mártires y de los centenares de heridos, víctimas de la inconcebible agresión norteamericana.

La historia nos cuenta que el gobierno panameño rompió relaciones con Estados Unidos y que al final los norteamericanos se comprometieron a negociar un nuevo tratado como dijeran en la Declaración Conjunta, para “eliminar las causas de conflicto”. Debo mencionar que el proyecto de tratados que se negoció a raíz de estos hechos, los llamados “3 en 1”, fueron rechazados precisamente por no eliminar las causas de conflicto, ya que nos colocaban, tanto como el tratado posteriormente firmado en 1977, con una “neutralidad vigilada”, la que todavía al día de hoy, no hemos podido superar.

Pocos meses después de los sucesos de enero de 1964, Carlos Iván, que fuera elegido diputado a la Asamblea Nacional en mayo de ese mismo año, fue el proponente y destacado expositor de la Ley para que se declarara el 9 de enero como Día de Duelo Nacional, acicate para que esta fecha gloriosa se mantuviera viva en el recuerdo de los nacionalistas panameños. Además, años después, fue quien con su verbo, desde la Asamblea y a través de los medios de comunicación, desenmascaró las mentiras del proyecto de tratados “3 en 1” y fue artífice del rechazo de ese proyecto.

En esos días de enero de 1964, ante la amenaza que representaba para el país la agresión norteamericana, el Sindicato de Trabajadores de la Chiriqui Land Company se puso en estado de alerta y expresó su posición nacionalista, al igual que muchos gremios organizados del pais, pero no eran las únicas voces que se alzaban contra la agresión, ya que el espíritu nacionalista de los panameños se extendió por toda la geografia nacional y contó con la solidaridad expresada en la mayoría de las capitales mundiales en donde se dieron manifestaciones públicas en apoyo a la causa panameña y en contra del vil ataque norteamericano.

Carlos Iván nunca perdió oportunidad, ni escatimó tribuna para, de manera pedagógica, mostrar a todos el valor de esa fecha gloriosa del 9 de enero en el espíritu nacionalista del pueblo panameño. Por eso, en estos momentos para la Patria, en que algunos malos ciudadanos intentan que se olvide en nuestro país el valor de las luchas panameñas en sus relaciones con los Estados Unidos de Norteamérica, qué mejor manera es completar nuestros argumentos, citando sus palabras en la columna de opinión del 7 de enero de 2006, cuando afirmara:

“Es un deber patriótico recordar los hechos que nos enaltecen como Estado y como pueblo. Es preciso insistir en la necesidad del recuerdo, dada la tendencia al olvido que nos distingue. A pesar de que el 9 de enero de 1964 fue vivido en su momento con gran sentimiento y unidad nacional, con el transcurrir del tiempo, se vienen apagando las palabras de encomio y los actos conmemorativos. La memoria histórica nos indica que han sido pocos los acontecimientos nacionales que suscitaron tanto dolor e indignación como los escenificados en dicha fecha memorable. La inmotivada e inhumana agresión del Ejército de Estados Unidos no sólo determinó el inicio de una nueva época de nuestra diplomacia, sino que dio oportunidad al panameño de resaltar tanto sus cualidades cívicas como la razón de ser de sus luchas.”

“...son suficientes los motivos para considerar a los mandamientos morales y patrióticos del 9 de enero de 1964 como la Tabla de Moisés de nuestra ascendente lucha por el perfeccionamiento de la independencia nacional.”

(Un Golpe de Estado diferido)

En 1964 Carlos Iván Zúñiga ganó las elecciones y obtuvo nuevamente una curul en la Asamblea Nacional, esta vez como diputado por la provincia de Chiriquí por el Partido Socialista, de ideología Social Demócrata. Tiempo atrás, en los primeros años de la década del sesenta, al trasladarse de Chiriquí a la ciudad capital, se consagró como profesor de Derecho en la Universidad de Panamá, intelectual y conferencista, en ese afán didáctico que siempre lo caracterizó, en favor de la democracia y el nacionalimo. Sin embargo pudo intesificar ese rol al ser diputado en el período de 1964 a 1968, en donde realizó una labor que ha sido siempre muy reconocida en el país y la que lo convirtió en el auténtico Tribuno del Pueblo Panameño. Su participación como diputado hizo que se convirtiera en el vocero de la oposición y con sus diarias intervenciones marcaba las pautas de los debates; creó muchas leyes a favor de las causas panameñas y ayudó con sus profundas ideas a perfeccionar otras propuestas que se presentaban en el recinto legislativo. Logró con prestigio una opinión pública favorable a su gestión y el respeto no solo de los diputados, sino de toda la ciudadanía.

Los debates en la Asamblea eran radiados cotidianamente y la asistencia del público al hemiciclo legislativo, hacía que los puestos siempre estuvieran abarrotados por el público que esperaba las intervensiones de mi esposo y que por lo general eran vibrantes y aclamadas por el pueblo que las esperaba con interés. Fueron memorables esas intervenciones, que todavía son recordadas y que deberán reposar en los anales de la Asamblea, las que ojala algún día sean recopiladas para el análisis de lo que fue el devenir de esos años de nuestra historia nacional.

En marzo de 1968 la alianza gobiernista estaba rota y las fuerzas políticas se reorganizaron con vistas a las elecciones generales que se celebrarían a escasas semanas, en mayo del mismo año. El Presidente Robles cometió el exabrupto de dar apoyo gubernamental al candidato oficialista David Samudio, lo que facilitó las cosas para que la nueva mayoría opositora en la Asamblea Nacional le siguiera un proceso para juzgarlo por su interferencia en los asuntos electorales. Después de un largo debate, la Asamblea Nacional condenó a Robles y designó al Vice Presidente Max Del Valle, como nuevo Presidente de la República. Otra vez Carlos Iván tuvo una participación destacada, con su salvamento de voto en el que condenaba no solo a Robles sino también a las fuerzas contrarias a Robles que de súbito apoyaban a la alianza opositora, cuyo candidato era Arnulfo Arias; salvamento de voto en que acusaba a toda la oligarquía ahora dividida en dos fuerzas electoreras.

Después de un receso en la sesión Carlos Iván Zúñiga al llegar a la entrada del recinto legislativo, encontró los accesos cerrados por tropas comandadas por los oficiales Martínez y Torrijos, precisamente los mismo que posteriormente serían los principales golpistas el 11 de octubre de 1968. La destitución de Robles era impedida por los militares. Inmediatamente mi esposo increpó a los militares. Recuerdo las vistas televisadas cuando con nuestra Carta Magna en la mano, dirigiéndose a ellos, dijo la frase lapidaria: “La Constitución ha muerto”. Seguidamente fue a los medios de comunicación a denunciar el hecho como un atentado contra el Estado de Derecho y nuestra débil democracia.

Sobre el particular, en publicación del 12 de agosto de 2006, expresó: “Siempre he dicho que nada podría justificar el golpe cuartelario de octubre de 1968 y que las causas alegadas tenían categoría de pretexto...En mis consideraciones sobre aquel hecho ilícito siempre he resaltado que el golpe de Estado se comenzó a gestar durante la audiencia seguida en marzo de 1968 al Presidente Marco A. Robles. La primera acción cuartelaria golpista ocurrió cuando la Guardia Nacional, una vez la Asamblea dictó el fallo condenatorio contra el presidente Robles, impidio que la Asamblea continuara sesionando.”...“A la luz del Código Penal, la actitud de la Guardia Nacional constituyó un delito contra la seguridad interna del Estado...”.

En los comicios de mayo de 1968, Arias ganó ampliamente y el clima político en el país, parecía calmarse, hasta el punto que Carlos Iván, que no había optado por ningún puesto de elección en esa contienda electoral, dedicaba gran parte de sus horas a las preocupaciones académicas en la Universidad de Panamá y culminaba las gestiones para completar la construcción del nuevo edificio de la Facultad de Derecho. Había triunfado como diputado el único candidato al que apoyó en dichas elecciones, Efigenio Araúz y en cuya nómina tenía al líder Guaymí Tomás Palacios Salinas, tal vez el primer indígena que llegaba a la Asamblea como suplente a diputado. El éxito en esas elecciones, de esos líderes obreros de las bananeras, era timbre de orgullo para mi esposo.

Así pasaron sin aparentes sobresaltos, los meses hasta el 1 de octubre de 1968, que fue la toma de posesión del nuevo gobierno presidido por Arnulfo Arias Madrid, en su tercer mandato. La toma de posesión fue televisada y realmente era multitudinaria. Nada hacía presagiar lo que ocurriría pocos días después.

Con la consumación del golpe de Estado el 11 de octubre de 1968, la mayoría de los panameños nos convertiríamos en sufridos espectadores de lo que acontecía. La tropa salió a las calles, incluso en áreas que no tuviesen disturbios, por el simple interés de amendrentar a la población. Comenzaba la noche oscura de la dictadura militar, de asesinatos, exilios y carcelazos. Llegaron a cometer el homicidio más sacrílego de un sacerdote, el padre Héctor Gallegos, del que todavía están buscando sus restos. Como dijera Carlos Iván, el militar se convirtió en árbitro y parte en el acontecer nacional. Los norteamericanos apadrinaron el golpe castrense y enseguida reconocieron al nuevo gobierno haciéndose cómplices de la dictadura.

El título de este escrito hace alusión a la vida de Carlos Iván Zúñiga como joven patriota. Aunque en realidad en 1968 ya contaba con 42 años de edad, no podríamos decir que había dejado de ser un joven adulto. Ese año fue candidato a rector de la Universidad de Panamá, y como se sabe él fue el ganador y la rosca universitaria escamoteó su triunfo. Ello desencadenó disturbios en nuestro primer centro de estudios superiores, que los militares lo clausuraran y encerraran a mi esposo en sus mazmorras por noventa días con sus noches. Al obtener su libertad, afuera encontró un estado policíaco, represión en las calles, rumores de exiliados, asesinatos y un país militarizado sin libertades públicas y después, una Universidad de Panamá sin autonomía, intervenida militarmente y por lo tanto, mi esposo por dignidad, no volvió a su cátedra. Su lucha política como le pasó a todo opositor, sólo pudo continur en forma clandestina y se dedicó a atender sus casos jurídicos, debiendo competir contra la creciente corrupción judicial. La situación se tornó muy dificil e injusta y él estaba tan identificado con las dificultades de Panamá, que cuando le preguntaban; -¿Cómo está doctor?, contestaba filosóficamente: -Aquí, como el país.

Pasaron los años, pero dentro de Carlos Iván Zúñiga Guardia, continuó palpitando el espíritu del joven patriota; vivió intensamente hasta sus últimos días; su motivación fue su amor por la familia, la patria y la defensa de nuestra soberanía. Por eso, durante la dictadura mantuvo su lucha para alcanzar la democracia formal y finalmente, cuando, ésta llegó, siguió hasta el último de sus días buscando su perfeccionamiento. Durante los años que comúnmente denominamos de madurez y de adulto mayor-lo que sería motivo ya de otros artículos-, fue la conciencia cívica de la nación, no obstante, las causas patrióticas y populares las llevó con igual intensidad y transitó los mismos caminos en favor de la educación, la libertad, la democracia, en fin, el patriotismo que lo caracterizó. Por eso, ciertamente, hoy puedo decir y por siempre, con orgullo: "Un pueblo agradecido, no lo olvidará jamás".