18 de Sep de 2021

Cultura

Atanores

Las ordenanzas virreinales del período borbónico en torno a la salubridad no tuvieron el efecto deseado en una población convulsionada por ideas emancipadoras

“[…] Es cierto que, en la esquina de mi casa, y sobre unos bajos que son notoriamente míos voy a hacer un balcón. Estoy en la firme inteligencia de que tengo libertad para levantar mis edificios hasta el cielo, y para hacer las galerías, ventanas y balcones que estando en aquel tamaño que es de estilo en la ciudad, contribuyan al decoro de la casa, o a mi comodidad. Las obras públicas, nunca perjudican ni derogan el derecho de los particulares y sin gravísimo daño esta es una verdad […] yo creo que cualquiera que me confesara que un hermoso edificio en la esquina de la Alameda la ha de hermosear más que los ranchos y muladares que están junto a ella […]”.

Así escribía su alegato Micaela Villegas, la “Perricholi”, contra el Procurador General virreinal Don Antonio Alvarez Ron que le había interpuesto una demanda por el edificio que deseaba construir y que, a juicio de aquél, afeaba el Paseo de la Alameda (Archivo General de la Nación, Fondo Cabildo, Sección Higiene y Ornato, Leg. 29, Doc. 12, 1782). La Perricholi logró -de ahí la importancia de esta querella judicial- la valoración del concepto de paisaje para que el litigio terminase a su favor.

A partir del siglo XVIII en Lima se empezó a densificar la ciudad desde el centro hacia la periferia, es decir, empieza a tugurizarse, pero también es el siglo que aumenta el número y la envergadura de las obras públicas, con la creación de infraestructura de servicios, introduciéndose nuevos elementos hasta entonces inexistentes, como paseos y alamedas perimetrales (Rivasplata & Valenzuela, 2012). En ese empeño urbanístico, Manuel Amat y Juniet (1761-1776) fue el virrey que más destacó. Se produjo entonces un uso intensivo de piedra panameña para la edificación del Coliseo de Gallos, el Coliseo de Comedias, la Plaza de Toros de Acho, el hospital de Bellavista a beneficio de la tropa y de los enfermos que traían las embarcaciones, se reparó el puente que unía el barrio de San Lázaro con el Cercado de Lima, y con piedra panameña se hizo también el camino de Piedra Lisa hacia el valle de Lurigancho conformando así un paisaje panorámico continuo desde la Alameda de los Descalzos y el Paseo de Aguas hasta el referido valle (AGN, Fondo Cabildo, Sección Higiene y Ornato, 1783). En ese período Lima, la Ciudad de los Reyes, alcanzó los cincuenta mil habitantes de los cuales 17 mil eran españoles y había 3,941 edificios. Como señalan Rivasplata y Valenzuela “[…] poco a poco se va resquebrajando la traza en damero tradicional, subdividiendo los antiguos solares en pequeños espacios donde vivir, formándose callejones por el aumento en la densidad poblacional, acrecentando la aparición de vectores como pulgas, ratas, cucarachas, organismos transmisores de enfermedades.” Surge entonces la necesidad de asegurar la calidad y cuidado del agua. Por ello, la metrópoli se va a preocupar de enviar a Hispanoamérica a científicos como Hipólito Ruiz, Antonio y Juan de Ulloa, por citar algunos ejemplos, para estudiar el espacio hídrico de la capital virreinal (Odriozola, 1873).

El afamado médico peruano Hipólito Unanue, debido a los constantes malestares estomacales de los limeños, inicia los análisis de las aguas del río Rímac –el “río hablador”- y en 1815 publica “Observaciones sobre el clima de Lima y su influencia en los seres organizados en especial el hombre”. Si bien los análisis eran de carácter macro en caso de contaminación orgánica y sólo análisis micro en caso de metales o inorgánico, fueron suficientes para determinar las impurezas del agua. Ello explica la presencia de pozos en las antiguas casonas de Lima de profundidad variable –entre 10 y 15 metros- para captar agua de la napa freática (González Espino, 2020).

Unanue recomienda que las cañerías –llamadas “atanores” en el lenguaje de la época- se caben más profundo para evitar que las dañe la erosión o las rompa “[…] el rodaje incesante de carros”. En esos días, señala González Espino, los atanores eran conductos tubulares de cerámica vidriada, no de metal. El canal Huatica (prehispánico) por su cercanía a la ciudad traía agua del río Rímac, y más adelante, se tienen atanores para llevar el agua de los manantiales ubicados en la Atarjea a través de un acueducto. El uso del canal, así como del acueducto permitió que el agua llegue de forma constante, con esta garantía los vecinos hicieron posible que el precioso líquido entrara a sus casas para el abastecimiento de pozos y regadío de las huertas. Sin embargo, los atanores no llegaban a todos y se impuso la figura de los aguadores que “por medio real” llevaban el líquido elemento a los hogares y cuya estampa quedó inmortalizada en las acuarelas costumbristas decimonónicas de Pancho Fierro.

Las ordenanzas virreinales del período borbónico en torno a la salubridad no tuvieron el efecto deseado en una población convulsionada por ideas emancipadoras, las pautas higiénicas de la población requerían un largo proceso de concientización que se vio interrumpido por las guerras de independencia y, aunque el asunto fue retomado por la joven República, el tema de la basura se constituiría un problema cuando la revolución industrial impactase en las costas latinoamericanas pocas décadas después.

Embajador de Perú en Panamá