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03 de Jul de 2022

Planeta

El vía crucis de una vaca

AZUERO. Una vaca camina tambaleante entre las hileras de tallos secos de maíz en un campo en El Faldar de Macaracas. En los últimos se...

AZUERO. Una vaca camina tambaleante entre las hileras de tallos secos de maíz en un campo en El Faldar de Macaracas. En los últimos seis meses apenas han caído unas gotas y la situación es desesperante. La vaca busca algo verde que comer, husmea en silencio bajo un sol que mata hasta que sus patas se doblan y cae al suelo como un tronco bofo.

Se puede percibir mirando de cerca que el sueño persistente la domina, que las tripas le truenan y ella está a punto de renunciar a la vida. Mientras el rebaño se retira del potrero orientado por la voz del vaquero, la vaca queda abandonada a la suerte que auguran los gallotes que revolotean cerca y las moscas que recorren su cuerpo como hormiguillas sobre un pastel. Otra vaca, del otro lado del potrero, intenta espantar a la muerte con un mugido insoportable que se interna en las colinas y llanuras de Los Santos, provincia que junto con Herrera y Coclé, conforma el Arco Seco.

SIN H2O

En Azuero, los aguaceros que caen cada año se pueden contar con los dedos de una mano. En estos lares todos saben cuándo comienza el verano, pero no cuándo termina. En lo que va del 2009, apenas ha llovido cinco veces. Y eso en la última semana. En los 25 primeros días de mayo, en Los Santos hubo un déficit de lluvias del 76%: llovió 18.7 milímetros de agua mientras que el nivel histórico es de 78.3 milímetros. Aunque las sequías son cíclicas en la zona —las peores en el 30 y en el 65— la acumulación de problemas en los últimos años ha encendido las alarmas.

Mayo fue el detonante final de una sequía que duró casi 200 días. La falta de pasto fresco dejó en ayunas a más de 392 mil 900 vacas, de las cuales, al menos 200 han muerto. Sin embargo, contra lo que todos piensan, el regreso de las lluvias no trae la calma. Todo lo contrario: cuando la hierba vuelve a crecer, trae consigo altos contenidos de potasio. El ganado hambriento, come como si fuera la última vez. Eso les causa diarrea, se deshidrata y siguen las muertes.

¿Pero por qué pasa esto ahora? ¿ Qué cambió? Porque en el Arco Seco se explota la ganadería desde hace siglos y sin mayores problemas. Desde que Pedrarias Dávila, el fundador de la vieja Panamá, trajo 50 vacas en 1521, la actividad se extendió al interior del continente, llegando hasta Nicaragua y hasta Perú. No fue hasta el siglo XIX que la mano del hombre comenzó a sembrar los problemas que explotan ahora. Los colonos decidieron dedicarse a la ganadería y, para eso, comenzaron a tumbar bosque, buscando pastizales para los animales. Esta práctica nunca se detuvo y hoy la deforestación es un problema de difícil solución. Si a esto le sumamos los efectos del cambio climático, el panorama es francamente desalentador. “Los azuerenses ahora están colonizando Darién, tumbando selva, para practicar la ganadería. ¿Y cuando Darién se termine, dónde van a ir? La sequía llega para quedarse”, escribió Stanley Heckadon en Cuando se acaban los montes , un estudio ambiental sobre el Arco Seco que fue escrito en 1983 pero sigue hoy tan vigente como antes. Lo cierto es que los bosques se redujeron a potreros para dejar en el aire el espeso legado que sofoca a los 191, 071 habitantes de Azuero: el calor. Hoy la ganadería junto con la agricultura movilizan en todo el país 715.8 millones de dólares, lo que representa el 2.2 % del producto interno bruto del país.

CONVIVIENDO CON LA SEQUÍA

“No me importa si una vaca muere de morrina, pero de hambre, me da mucha tristeza”, se lamenta Arturo Martínez, mientras recorre 600 hectáreas de potreros en su Hilux nuevecita. A él se le murieron 16 vacas de las 700 que tiene. Cada vez que avista un esqueleto en la llanura, ladea la cabeza y no dice nada. Desde su ventanilla observa las vacas y terneros con la piel pegada a las costillas, que se amontonan en la sombra de los pocos árboles que hay. Como queriendo escapar del infierno en la tierra.

Martínez vive en Macaracas y ha sido ganadero desde la década del 40 cuando heredó de su padre 9 hectáreas de terreno en un poblado llamado El Faldar. “Se gasta mucha plata comprando alimento, pero igual no se puede, nada reemplaza a la tierra”. Al mediodía, de regreso a su casa en el centro del pueblo, Martínez se cruza con otros ganaderos que no hablan de otra cosa: como siempre la sequía, las vacas flacas. Uno de ellos es Kaquito Samaniego. “Vengan a mi potrero, que les muestro cómo está la vaina de seca”, dice.

Es muy duro tener a la muerte tan cerca. “Mira, pobrecita” musita el hombre y camina hacia una vaca que está echada. Cuando Samaniego se para cerca la vaca intenta levantarse, pero ya no puede. Lo intenta tres veces y nada, es como si le hubieran cortado las patas. “Monga, la llamó, pobre, no se va a levantar más”. Lleva tres días al sol y su cuerpo exhala un vapor caliente debido a los rayos del sol que recibió todo el día. Samaniego intenta darle de beber agua. Pero “Monga” no quiere saber nada. Luego, tratando de darle un segundo de calma, su dueño le arroja el agua encima. “Es para que se refresque” dice. Grave error. El vapor comenzó a emanar del animal como si el agua hubiese caído sobre una barbacoa. A los 15 minutos, Monga murió.

Samaniego sufre. Por la vaca, sí, pero también por las deudas. Sólo tiene 16 reses que compró con un préstamo que hizo a nombre de su madre. Pensaba ganar un dinerito de la leche que produciría el animal, pero ahora sabe que su ganancia es pura pérdida. “Por lo menos el seguro me tiene que dar la tercera parte del costo de la vaca”, se resigna.

El presidente del Banco de Desarrollo Agropecuario de Chitré, Rafael Tello, también es ganadero y recuerda que el último día que llovió fuerte fue el 10 de diciembre del año pasado. La institución invirtió 8 millones de dólares en la región entre 2007 y 2008. El 85% del dinero se destinó a la ganadería. Préstamos, infraestructura y mejoramiento de pastizales. Solo 33 vacas de las más de 200 que murieron estaban aseguradas. Las autoridades del MIDA dicen que ahora es el momento de prepararse para el año que viene: hay que sembrar.

Cuando se habla con los pobladores, los más ancianos parecen enojados. Tita Vásquez, una señora de 85 años, recuerda que cuando era chica desde su casa en la calle El Vigía de Chitré, se veían los campos verdes y eternos que llegaban al horizonte. Ahora hay casas, calles y monte pelado. “Fuimos tumbando bosque en nombre del progreso”, clama la señora, mientras se refresca con un abanico. “Todos se quejan, pero nadie lo quiere reconocer: aquí está el progreso, pues, querían que creciera la ciudad y lo que creció fue la sequía”.

AMBIENTE EXTREMO

El profesor Alfonso Pino, es parte del Proyecto TC4 de la NASA. Estudia el Cambio Climático de Panamá y Costa Rica. Para él, las condiciones desfavorables para Azuero son una consecuencia de diversas factores ligados al cambio climático. Como la aparición de nubes cirrus yunque marinas (parecidas a una cabellera blanca), que se encargan de calentar el agua de los océanos. Pino señala que la temperatura del Océano Pacífico, que rodea la región azuerense, ha aumentado de 2 a 2.5 grados celsius. Según las proyecciones, la temperatura en el ambiente para 2050 aumentará de 3 a 3.5 grados celsius, lo que profundizará la sequía: la disminución de precipitaciones en lugares donde normalmente no llueve y el aumento donde llueve mucho, promoviendo inundaciones y demás. Mientras la ciudad de Panamá se inunda varias veces por semana, el Arco Seco se debate junto a las predicciones de meteorólogos y científicos, que cada vez visualizan peores desenlaces para la región. Parece mentira, pero el futuro ya llegó a Azuero.