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23 de Nov de 2020

Planeta

Red de semillas y guardianes

HERRERA. Antes de rayar el alba, ya estábamos en camino. Nuestra expedición en busca de guardianes de la tierra seguía las huellas tras ...

HERRERA. Antes de rayar el alba, ya estábamos en camino. Nuestra expedición en busca de guardianes de la tierra seguía las huellas tras el ímpetu de Jorge Matsufuji, que hace varios años difunde en Azuero y Veraguas, cual apóstol ecológico, su sencilla fórmula para proteger la naturaleza... ‘hay que sembrar, maestro...’, dice el hombre de 73 años, andar cuidadoso y fuerzas racionadas, pero abundante en voluntad.

Matsufuji nos alcanzó en la primera parada de nuestro rally ecológico, una modesta escuela al noreste de la provincia de Herrera.

EL CLUB DE SANTA MARÍA

El reloj marcaba las ocho de la mañana en la oficina de Sonia Franco, la joven directora de la escuela Sebastián Pinzón, cuando nos invitó a sentarnos.

Franco dirige un centro básico general que todo el mundo conoce como la escuela Santa María, que es el nombre de la primera comunidad entre Divisa y la ciudad de Chitré.

Ahí estudian 459 niños y Nicolás Pineda es el maestro de agricultura. Él promueve el huerto escolar, ‘tenemos varios proyectos’, dice Pineda sin perder de vista a los chicos entre los sembrados de maíz, tomate y yuca.

A la sombra, refugiados del sol matutino, cientos de plantones aguardan ser sembrados. ‘Tienen como un año de cultivo y nos los mandaron desde Atalaya’, dice Pineda.

LA RED BANCARIA DE PLANTONES

Esos plantones son el elemento principal de un círculo virtuoso.

Resulta que en Atalaya, donde opera el primer huerto escolar, esperan —solo en el 2010— sembrar 40 mil árboles, pero ya no tienen espacio, ‘hemos recorrido los cinco corregimientos del distrito de Atalaya’, explica José María Duarte, el ‘guardián’ del huerto del Primer Ciclo de Atalaya, donde es subdirector.

Así que para distribuirlos se creó una red que funciona como un préstamo bancario. ‘Nosotros entregamos plantones de un año y medio, listos para sembrar, deben devolvernos una cantidad específica de semillas, plantones más chicos, entregarlos en otro huerto escolar o plantarlos, ese es el trato’, explica Duarte.

Pero antes de llegar a Atalaya y hablar con Duarte, el recorrido fue intenso.

Primero con un grupo de niños de Santa María fuimos a una siembra relámpago de guayacanes alrededor del estadio de béisbol de la comunidad. Luego, a un pequeño vivero del Ministerio de Desarrollo Agropecuario en Divisa.

Después de Santa María, donde los niños le pusieron su nombre a los plantones, pasamos casi sin tiempo para respirar a la escuela de Artes Mecánicas, al Instituto Nacional de Agricultura y a la escuela primaria de Los Canelos. Finalmente, salimos para Atalaya. Allá nos esperaba Duarte, en el Primer Ciclo de Atalaya, ‘la casa matriz’.

En el camino nos topamos con el mediodía. El sol se hizo más fuerte, pero en cuestión de minutos un despiadado aguacero se nos vino encima. En el resto del día no volvió a escampar, bajo la lluvia, Duarte nos mostró su huerto. Eran casi las 4 de la tarde, la jornada que empezó 12 horas antes llegaba a su fin. Al día siguiente iríamos a la casa de una familia con una interesante cosecha.

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