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31 de Oct de 2020

Economía

En espera del veredicto final

NUEVA YORK. El aspecto aterrador del acuerdo de la deuda destinado a impulsar a todo Washington a entender la situación es el amenazador...

NUEVA YORK. El aspecto aterrador del acuerdo de la deuda destinado a impulsar a todo Washington a entender la situación es el amenazador recorte de los gastos de defensa.

Si el ‘súper-comité’ del Congreso no puede ponerse de acuerdo sobre los recortes de $1.5 billones , la guillotina va a caer y la mitad de los recortes tendrán que venir de los gastos de seguridad nacional.

Al igual que ocurre con la contabilidad de Washington, hay mucha ambigüedad en los criterios básicos y condiciones (como por ejemplo, ¿qué está cubierto bajo la ‘seguridad nacional?’)

La mayoría de los expertos estiman que el presupuesto de defensa perdería entre $600 y $700 miles de millones en los próximos 10 años.

Si esto sucede, dejemos que caiga la guillotina. Sería un ajuste muy necesario para un complejo militar-industrial fuera de control.

En primer lugar, un poco de historia. El presupuesto del Pentágono ha aumentado durante 13 años, lo cual constituye claramente un hecho sin precedentes.

Entre el 2001 y 2009, el gasto global en defensa aumentó de $412 a $699 miles de millones, un incremento del 70%, convirtiéndose en el mayor aumento de cualquier período comparable desde la Guerra de Corea. Incluyendo los gastos suplementarios en Iraq y Afganistán, gastamos 250 miles de millones más que el promedio de gastos de defensa de Estados Unidos durante la Guerra Fría- una época en que los militares soviéticos, chinos y los de Europa del Este fueron desplegados contra Estados Unidos y sus aliados.

Durante la década pasada, cuando no teníamos adversarios nacionales serios, el gasto en defensa estadounidense pasó de alrededor de un tercio a casi el 50% del total del gasto de defensa en todo el mundo.

En otras palabras, gastamos en defensa aproximadamente la misma cantidad que los demás países del planeta en su conjunto.

No tiene precedentes el hecho que el gasto de defensa disminuya sustancialmente a medida que retrocedemos o terminamos las acciones militares.

Después de la Guerra de Corea, el presidente Dwight Eisenhower cortó los gastos de defensa en un 27 %. Richard Nixon lo hizo en un 29% después de Vietnam.

Mientras disminuían las tensiones en la década de 1980, Ronald Reagan comenzó a reducir su gasto militar, un proceso acelerado por los presidentes George H.W. Bush y Bill Clinton.

Dado el enorme incremento en el gasto durante el gobierno de George W. Bush, incluso si el presidente Obama hiciera recortes comparables a los de sus predecesores, los gastos de defensa se mantendrían muy por encima de los niveles de todos esos presidentes.

La Comisión Bowles-Simpson propuso en su plan recortes en defensa de $750 miles de millones en 10 años. Lawrence Korb, quien trabajó en el Pentágono de Ronald Reagan, cree que es posible la realización de un recorte de 1 trillón en 10 a 12 años sin comprometer a la seguridad nacional.

Los conservadores serios deberían examinar el presupuesto de defensa, que contiene toneladas de evidencia del liberalismo desbocado que suelen criticar.

Todas las conversaciones sobre despilfarro, fraude y abuso en el gobierno son enormemente exageradas; simplemente no hay suficiente dinero para los gastos discrecionales.

La mayor parte del gasto del gobierno federal consiste en la transferencia de los pagos y gastos fiscales, que –cualquiera sea su mérito- son altamente eficientes en la canalización del dinero a sus beneficiarios.

La excepción es la defensa, un sistema de la cuna a la tumba para la vivienda, subvenciones, contratación cost-plus, la jubilación anticipada, y la pensión de por vida y las garantías de salud. Existe tanta superposición entre los servicios militares, tanta duplicación y tanto despilfarro, que ya nadie se molesta en defenderlos.

Hoy día, el establecimiento de la defensa estadounidense es la economía socialista más grande del mundo.

Los recortes del presupuesto de defensa también obligarían a un nuevo y sano equilibrio de la política exterior de Estados Unidos.

Desde la Guerra Fría, el Congreso ha tendido a engordar al Pentágono, dejando hambrientas a las agencias de política exterior.