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27 de Sep de 2020

Economía

Enseñanzas que transforman

Las sapiencias caladas por mis profesores durante los años de escuela secundaria en la ciudad industrial de Worcester, Massachusetts, fu...

Las sapiencias caladas por mis profesores durante los años de escuela secundaria en la ciudad industrial de Worcester, Massachusetts, fueron instrumentales en mi peregrinaje por la vida.

Como solía a lo largo de la infancia, el verano de 1965 no acudí a la quinta familiar en Chepo. En su lugar, a los 12 años emigré a Assumption Preparatory School, hercúlea institución con paredes de ladrillos encubiertos por hiedras, sobre una extensa colina en 670 West Boylston Street, frente a Norton, mayor fabricante mundial de abrasivos constituido en 1885, donde me recibieron monjes de la orden de los Agustinianos de la Asunción, fundada en Nîmes, Francia por el reverendo padre Emmanuel D’Alzon en 1845.

Recién llegado, sin sapiencias del país en que me encontraba ni su lengua, estaba desesperado por comprender qué rayos era, quién era y hacia dónde me llevaba este súbito cambio de destino, descubriendo dicho y hecho la respuesta en las clases de inglés del padre Edward, quien me apadrinó con cariño y azote, entregándome un listado de 25 palabras diarias que con especial paciencia juntos revisábamos cumulativamente, hasta lograr cultivar la lengua de Shakespeare con suficiente brío como para leer e interpretar Canterbury Tales, escrito por Chaucer en el siglo XIV.

Cortejando el virtuoso espejo de mi padre, sentía vocación por la medicina. Robert Flagg, capitán retirado de Infantería de Marina de Estados Unidos y profesor de Historia, nos describía con excepcional mímica sus vivencias durante el encarnizado episodio en Omaha Beach durante la invasión Aliada de Normandía el 6 de junio de 1944, puntualmente advirtiéndonos que tuviésemos cautela antes de decidir nuestras carreras, exhortándonos que fuésemos estudiantes consagrados de todo aquello que apasionara nuestras mentes, una vez definidos.

Fue entonces cuando opté por mi trayectoria en comercio internacional y mi inclinación por la pluma y por Panamá.

Parte integral de nuestra preparación residió en la práctica de buenas costumbres, urbanidad y plurales detalles como la largura correcta de las corbatas, el adecuado repertorio de cubiertos de mesa e intensa espiritualidad en un entorno materialista, en aquel entonces desbocado por una absurda guerra a medio globo de distancia en Vietnam.

Cuatro décadas después, percibo mi incesante preparación en esta decana institución (parcialmente monasterio y sobradamente militar) como la influencia más benigna en mi existencia, y una de mis más gratas memorias.

‘La vida es dura’, puntualizaba el Padre Yvon durante nuestras clases de latín, lecciones permeadas de filosofía, interpelando que para encontrar la felicidad debemos abrigar flexibilidad, resolución y autosuficiencia, proceso perfeccionado a través de los siglos para refinar nuestro proceder, y como señalan los budistas, vivir felizmente en un mundo de penas.

Fuera del campus, las vivencias con mis compañeros durante convites a sus hogares los fines de semana y días de asueto en recónditos poblados y soberbias urbes de Nueva Inglaterra, las perpetuas travesías a Boston, decana universitaria nacional, me ejercitaron a escuchar, preguntar, experimentar y analizar, elementos claves en mi preparación.

Todas estas enseñanzas traspasan fronteras y épocas en el desarrollo de mujeres y hombres integrales y hoy, allende de computadoras e internet, se convierten en pilares macizos para nuestro perfeccionamiento.

COLUMNISTA