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22 de Jan de 2021

Economía

El Gobierno de Panamá, la política y la economía

Desde hace más de un año, es evidente que la economía panameña atraviesa una desaceleración

El Gobierno de Panamá, la política y la economía
El presidente Juan Carlos Varela, el pasado 1 de julio de 2015, mientras presentaba su primer informe de gestión ante la Asamblea Nacional.

Quizá dos episodios de la última semana resumen como pocos la confusión y la ambigüedad en las que pareciera empantanarse con frecuencia el Gobierno. Por un lado estuvo el anuncio del aumento de la deuda en $1,654 millones durante el primer año de la administración Varela, que sectores del Gobierno azuzaron sobre el supuesto daño que la noticia causaría a la economía y a la investidura presidencial, y del cual quedaron prisioneros. Por otro, siguieron discurriendo en la escena nacional secuelas del caso de Barro Blanco, donde brillaron con resplandor metálico las incongruencias de unos y las incapacidades de otros para abordar el conflicto en términos de estricto derecho y mutua convivencia.

¿Cuál sería el nexo entre una cosa y la otra? Por supuesto que la evidencia de que el Gobierno no focaliza siempre bien los problemas reales y que tampoco distingue con certeza las razones de otros que no lo son. Además, la afectación a la economía es provocada por la satirización de la política y cada vez que las autoridades actúan por inacción o por defección.

Valdría la pena, antes que nada, hacer una precisión. Desde hace más de un año, incluso antes de la entronización del pacto de la gobernabilidad, es evidente que la economía está en desaceleración.

Sin dudas hará falta en Panamá alentar la discusión sobre este tema pero, con seguridad, no parecen adecuados los caminos elegidos por el Gobierno para cumplir el objetivo: ninguna iniciativa, en ese sentido, prosperaría teniendo como punto de partida el poder. Menos aún cuando se pretende barajarla desde uno de sus flancos virtuosos: la descalificación.

El aventurado parentesco entre la realidad y la percepción figura en los anales de este Gobierno, que se ha consolidado en las preferencias colectivas gracias al hastío que había generado el quinquenio pasado y también, en parte, a su astucia para construir una imagen que resultó antagónica. Pero ese mecanismo parece oxidado y resulta insuficiente en el poder. Un hecho reflejó en profundidad el fenómeno: el Gobierno inauguró su crisis, de la que nunca ha logrado salir, cuando el presidente recurre a un pacto con un partido históricamente enemigo, invalidando el sentido político de la fuerza que les había tocado pilotear. El único horizonte que vislumbraron, en medio de un paisaje enriquecedor y nuevo, fue el de acumular más poder.

La tendencia tampoco se modificó un año después. Cuando no restaban muchos metros para el abismo, el Gobierno apela al transfuguismo y obtiene una buena cuota del blindaje. Pero frente a ese cuadro evidente, el Gobierno parece seguir hurgando paliativos y soluciones para salir de la desaceleración y no encuentra escapatoria. Convendría apuntar bien la mira. Aquella inclinación del Gobierno incluye, sin dudas, la impronta que le otorga Varela: el Presidente edificó gran parte de su carrera política aferrado más a una placa de decencia y moderación que recorriendo los laberintos políticos. Por ese motivo, y ahora atado de manos por el momento, parece estremecerse tanto cuando ese costado resulta zarandeado y no encuentra camino de salida.

Sigamos con la política. La ausencia de la razón en Barro Blanco no puede ser sustituida de repente por ninguna treta de comunicación. Ha quedado a la vista la improvisación y la carencia de una línea definidamente rectora. Desde el paro de las obras hace casi tres meses, el Gobierno no ha resuelto definir una posición frente al conflicto, que flamea entre una respuesta circunscripta a las fuerzas de seguridad o una negociación de Estado con los originarios.

A ese panorama lleno de perplejidad le faltaba una desgracia más: el fin de la razonabilidad el 1 de julio con la confirmación de una mayoría ficticia de los diputados para salir de una emergencia de poder. Habrá que reconocer algo: la oposición parece haberse redimido de esos cinco años de salvaje transfuguismo y gracias a su colaboración, el Gobierno contó con los votos para sacar a una figura del sombrero. Fue tal aquella improvisación que todavía las comisiones de trabajo siguen sin designar y, como consecuencia, el país sigue sin leyes claves, proyectos ni presupuestos, sin delegación extraordinaria de poderes y demás responsabilidades para sobrellevar los repetidos temporales.

Mientras tanto, el partido CD pregona sus diferencias con el Gobierno y según los entendidos prepara el terreno para más incertidumbres.

Mientras tanto, los mercados no sienten la armonía institucional necesaria para crear inversiones ni se dan los chances para un posible despegue económico. Los ojos del poder todavía ven la sombra de una conspiración, en la cual se incluye la presencia desde lejos de un expresidente que habla más de la cuenta sobre la realidad panameña.

No son aquéllas las únicas imágenes de la política que aparecen descalabradas por la crisis. Existen en todas las orillas: basta con observar la larga puja del oficialismo por su apasionada interna, o el rústico ensayo de oposición que, a través de mensajes Twitter , pretende reeditar una epopeya que ya fue.

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‘El aventurado parentesco entre la realidad y la percepción figura en los anales de este Gobierno, que se ha consolidado en las preferencias colectivas',

RAFAEL CARLES

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