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21 de Jan de 2020

Economía

El verdadero problema de la comida escolar

La salud y el futuro de los niños debe primar sobre los intereses económicos en el tema alimenticio

Hay algo acerca de la merienda escolar en Panamá que no termino de entender, especialmente si la comparamos con la alimentación escolar de países que están haciendo esfuerzos significativos en materia de control de la obesidad.

Hace unos días vimos el nuevo documental de Michael Moore sobre la alimentación escolar en países europeos, donde los estudiantes comen ensaladas verdes, aceitunas, frutas, pan artesanal, pescado y quesos. Lo interesante es que estas escuelas gastan menos por almuerzo que en Panamá y terminan ofreciendo alimentos dignos de comer.

Desde hace varios años estamos tratando de ayudar a la población a comer más saludable y a las autoridades a buscar mecanismos para que nuestras cafeterías escolares sirvan alimentos con un mínimo estándar de nutrición y sanidad.

Si analizamos correctamente el problema, podemos concluir fácilmente que nuestros estudiantes puedan tener las mismas comidas deliciosas, cocinada desde cero como en Europa, si sólo nuestros gobernantes fueran más creativos y los directores de escuelas menos títeres de la industria de alimentos procesados.

Empecemos por el dinero:

En Panamá, el Gobierno asigna un presupuesto de un poco menos de $1 por estudiante por merienda para subsidiar un tercio de leche y una galleta de avena fortificada por día.

Con esto, la mayoría de los estudiantes quedan desnutridos de por vida, lo cual es preocupante, porque el gobierno anterior gastó más de $100 millones en la consecución de comida de mala calidad, alguna incluso deshidratada, con ningún valor nutricional. En Francia, por ejemplo, las escuelas reciben aportes de $5 por comida.

Luego está el tema de la infraestructura y la mano de obra. Una crítica válida de la comida actual en las escuelas es su total dependencia en alimentos altamente procesados.

Lo ideal sería tener cocinas equipadas con personal capacitado y con equipos para preparar alimentos desde cero y con un adecuado almacenamiento en frío.

Para cubrir esta necesidad urgente es requerido asignar un presupuesto de $400 millones, dinero que el Estado se ahorraría en un mediano plazo al eliminarse los sobrecostos por importación de alimentos baratos y chanchullos administrativos en instituciones como el DAS (antiguo PAN), que son focos de corrupción y malos manejos.

Además, lo más importante, los estudiantes estarían comiendo alimentos frescos y saludables.

Ante estos retos considerables, no es de extrañar que la alimentación escolar en Panamá está en crisis.

Salvo la cafetería de la International School of Panamá —que sirve comidas ejemplares— y otras —como la Academia Interamericana, que realiza esfuerzos para suplir las necesidades nutritivas de sus estudiantes—, la norma en todas las demás escuelas de Panamá es ofrecer comida procesada, razón por la cual los estudiantes pagan un alto precio en concepto de sobrepeso y obesidad.

Y qué decir de los que están del otro lado de la ecuación: los propios estudiantes y sus padres de familia que también tienen una alta responsabilidad en todo este asunto.

Nada de lo que se haga en el entorno escolar puede resultar si los alimentos que se consumen en casa siguen siendo chatarras.

Las cuatro principales fuentes de calorías en la dieta del niño panameño promedio son dulces a base de harina, arroz, sodas, bebidas azucaradas y pan. Un tercio come comida rápida todos los días. Más del 80 por ciento no come suficientes verduras y vegetales. Y cada año, nuestros niños son bombardeados con publicidad que supera millones de dólares en alimentos y bebidas la publicidad, muchas de las cuales promueven los productos menos saludables.

Lo ideal sería, por supuesto, que la cafetería escolar se convierta en un aula de clase en donde los niños puedan aprender a contrarrestar los estímulos que promueve la industria de alimentos no saludables. Pero la supervivencia financiera de cualquier programa de alimentación escolar se basa precisamente en la participación de los estudiantes.

Cuando un director juega su última carta y elimina la pizza del menú y la reemplaza con un bocadillo más saludable o sirve ensalada en lugar de papas fritas, se corre el riesgo de perder clientes, ya sea que traigan almuerzos de sus casas llenos de grasas, o compren sodas en la máquina expendedora o salgan fuera de la escuela a buscar su comida rápida.

Claro que esto traería números rojos para la cafetería y de allí que muchas veces el dueño tenga la obligación económica de unirse a empresas fabricantes de comida procesada para recaudar fondos para patrocinar la banda musical, la liga de fútbol o cualquier otra morisqueta administrativa requerida para salvar su cocina.

Esto es totalmente contrario a lo que vemos en Europa, donde las máquinas expendedoras están prohibidas de las escuelas, donde los anuncios de comida chatarra vienen con un cintillo promocional a la alimentación saludable, y donde la obesidad es un tema serio que obliga a las escuelas primarias a impartir cursos en ‘formación del gusto' para ayudar a los niños a saborear mejor la comida.

Panamá no es Europa, por supuesto, y estamos bien lejos de que nuestras escuelas sirvan a sus estudiantes pescado, ensaladas verdes o sopas frías. Pero no estamos lejos de empezar y hacer algo por nuestros niños. Caso en cuestión: oferta alimentaria en quioscos escolares.

Esta semana cierra el mes de enero y con ello la posibilidad que el Órgano Ejecutivo pase este año una ley o decreto para prohibir comida chatarra en las escuelas oficiales. A pesar de todas las evidencias de obesidad y sobrepeso en los niños de edad escolar, poco se ha hecho para enfrentar este mal.

Las comidas escolares de otros países nos fascinan porque reflejan la verdadera cultura de la comida de una sociedad, así como su respeto por sus hijos.

Aquí en Panamá, las escuelas están haciendo lo mejor que pueden para satisfacer las necesidades nutricionales de miles de niños cada día. Por desgracia, nuestra sociedad no está dispuesta a hacer lo que se necesita verdaderamente para alimentarlos bien.

EMPRESARIO

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ESTUDIO

Publicidad chatarra

La Comisión Federal de Comercio de los Estados Unidos (FTC) publicó dos informes que documentan los gastos en publicidad de alimentos y bebidas azucaradas a niños y adolescentes.

El informe de 2013 encontró una reducción del 20% ajustado a la inflación en los gastos de marketing dirigido a jóvenes de $2.1 mil millones en 2006 a $1.8 mil millones en 2012.

De la reducción de $300 millones en gastos, $120 millones (40%) equivale a juguetes repartidos en restaurantes de niños en lugar de marketing directo.

Aunque los gastos de televisión ajustados a la inflación se redujeron en 20%, los niños y los adolescentes todavía siguen viendo 12 a 18 anuncios de televisión por día de productos con alto contenido de grasas saturadas, azúcar o sodio.

Además, la publicidad en medios digitales de alimentos poco saludables para jóvenes adolescentes cada vez es mayor, registrándose un aumento ajustado por inflación de 50%.