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20 de Jan de 2021

Economía

¿Cuál es la mejor estrategia cuando  se enamora de los juegos de video?

Lo que es más preocupante es que parece que los videojuegos tienen un factor de modificación del humor

Esto de ser padre es mucho más difícil de lo que se dice. Antes del nacimiento de mi hijo mayor, hace 12 años, ¿qué sabía yo sobre la crianza de los niños? Me imaginaba que uno cocinaba algunos desayunos, empacaba algunos almuerzos, llevaba a los niños a la escuela, jugaba con ellos, verificaba la tarea y los metía en la cama. Eso es todo, ¿no es cierto?

Sólo cuando uno se da cuenta —aparte de ser el asistente personal de pequeñas criaturas tiránicas— de que la verdadera tarea es crear miembros responsables, sensibles y bien ubicados en la sociedad las cosas se complican.

En este momento, reflexiono sobre algunas perogrulladas relativas a ser padres. Primero, hablando en general, los padres desean que sus hijos sean felices. Y segundo, la mayoría de los padres y madres aceptan la idea de que es su tarea proteger a sus hijos de todo mal.

Entonces, ¿cómo deben reaccionar los padres cuando lo que hace felices a sus hijos también podría perjudicarlos?

Esa cuestión me ha estado molestando desde que entré en el diálogo emocional e interminable sobre los juegos de video y el efecto que pueden tener en nuestros hijos.

A mi hijo le gustan los libros, así es que le compramos libros. Le gusta el béisbol, entonces le compramos su equipo. Le gustan los Legos y se los compramos también. No hay daño en eso. El problema es que también le gustan los juegos de video. Y, si le compro ese producto, siento que estoy permitiendo un hábito pernicioso.

Sin duda, hemos recorrido mucho camino desde las salas de juegos de videos de la década de 1980. En aquel entonces, durante la escuela media y secundaria, mis amigos y yo dejamos nuestra buena cantidad de monedas en las máquinas de videojuegos, que eran tan grandes como un refrigerador. Pero lo que nos controlaba y alentaba la moderación era que, bueno, finalmente nos quedábamos sin monedas.

En la actualidad, los juegos no sólo son más emocionantes y sofisticados de lo que solían ser, sino que son también más compactos y más accesibles. Por lo que es más fácil que absorban el tiempo de uno con mayor rapidez que la de Pac-Man cuando devora bolitas amarillas.

Y no hablo de los juegos móviles que se pueden descargar fácilmente en el teléfono o tableta.

Concentrémonos en las consolas de videojuegos, que encuentran su camino hacia la sala de uno —y nunca se van. Tuvimos esa visita en nuestra casa desde que nuestro hijo de 8 años recibió un popular sistema de videojuegos que rápidamente se convirtió en su mejor amigo y compañero de juegos favorito.

Mi hijo no tiene la capacidad de auto-regularse. ¿Por qué no? Véase arriba: tiene 8 años. Si mi esposa y yo lo dejáramos jugar videojuegos todo el día, hasta desmayarse, lo haría con gusto y buscaría un lugar blando donde caer.

Y cuando lo obligamos a apagar el juego antes de estar listo —y nunca está listo— generalmente se enoja.

Esa parte no nos importa. Estamos acostumbrados a que nuestros hijos se enojen con nosotros por uno u otro motivo y ya lo consideramos como parte de nuestro trabajo.

Lo que es más preocupante es que parece que los videojuegos tienen un factor de modificación del humor. ¿Qué les hacen esos instrumentos a los cerebros de los niños? Las investigaciones no son concluyentes y la gran mayoría de ellas se limitan al estudio de los juegos violentos y de qué manera supuestamente hacen que los niños sean más agresivos. Eso parece lógico.

Pero mi hijo no juega juegos violentos y, sin embargo, su humor cambia cuando llega el momento de apagar el juego.

Un amigo me dijo que había experimentado eso con dos de sus hijos, uno de ellos está en el final de la adolescencia y el otro a principios de la veintena. Mi amigo piensa que uno de los motivos por los que los videojuegos atrapan tanto a los niños es que se convirtieron en una nueva "herramienta de interacción social" que les permite relacionarse con sus amigos en torno a una experiencia común.

Con su hijo menor, mi amigo tuvo que recurrir a imponer un sabático de un mes, y requerir que el muchacho apuntara la hora de inicio y finalización del juego para ver cuánto tiempo jugaba e insistir que el muchacho pasara una hora de lectura por cada hora de juego.

Todas parecen buenas ideas y estoy dispuesto a probarlas. Mucho quizás tenga que ver con establecer expectativas y poner límites. Y, por supuesto, siempre es una buena idea mejorar la manera en que nos comunicamos con nuestros hijos.

Aún así, en el tironeo entre la felicidad y el bienestar de nuestros hijos, su bienestar debe ser la prioridad.

ANALISTA THE WASHINGTON POST WRITERS GROUP