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23 de Nov de 2020

Economía

Yo tengo un buen empleo, ¿o no?

De generación en generación, por tradición familiar y en la educación formal, nos han inculcado las reglas infalibles que tienen que respetarse para ser una persona de bien

Eran las 8:07 am. Una mujer blanca de poco más de 40 años, rostro agradable, delgada, de semblante serio y melancólico entraba a su oficina. Vestía un conjunto de pantalón, suéter y chaqueta gris oscuro, zapatos negros bajos, un collar pequeño de oro e hilos negros, sugerían discreción y elegancia.

Con mucha calma abrió el sobre que le acababan de entregar. Dentro había una carta pulcra y muy bien redactada. Hasta empezaba con palabras amables. Por la conversación de la tarde anterior, ella ya conocía lo que allí decía. Era su segunda carta de despido en solo 3 años. En la ocasión anterior, su empresa había tenido que cerrar porque una nueva tecnología desplazó el liderazgo de la compañía que casi había sido su segundo hogar por 23 años.

Hoy, Yolanda Castillo Fuentes había tenido que ceder su puesto de Gerente de Mercadeo a una mujer más joven, la que fue su asistente por unos meses y que ganaría la mitad de lo que ella ganaba. Esta mañana le habían permitido, sin ser vigilada, que viniera a recoger sus pertenencias y el cheque que le correspondía. A menudo escuchaba que estas cosas ocurrían, pero creyó lo de siempre: eso le pasa a otros. Mientras pensaba qué haría con sus compromisos, su vida y su futuro, ahora que casi rayaba los 50 años, vino a su mente el incisivo estribillo de su hermano: “Lo único seguro de un trabajo seguro es que en algún momento, con seguridad, te echarán a la calle”. En toda familia hay “un loco” que quiere trazar su propio camino. Ese era su hermano.

En el libro “Confesiones de un publicitario” del inolvidable David Ogilvy, espejo donde pretendíamos mirarnos la generación de publicistas de los años 70 y 80 de todo el mundo, hay unas reflexiones sobre la investigación de mercado que siempre llamó mi atención por su lógica y porque se aplicaba a la vida misma.

Este hombre, Ogilvy, quien había trabajado para el Doctor George Gallup -el gurú de los estudios de mercados- era muy meticuloso cuando se trataba de descubrir por qué la gente hacía lo que hacía. Para él, la investigación lo era todo, pero antes estaba el buen juicio.

Este elegante escocés, famoso por pipa, tirantes rojos y su carácter duro, decía: “no vaya a ser que uses la investigación como el borracho hace uso de un farol, que en vez de utilizarlo para iluminarse, lo usa para sostenerse”. Sustituya la palabra –investigación- por otros hechos humanos y verá que también funciona. Por ejemplo: las reglas para el éxito en la vida, en nuestro trabajo y en nuestras finanzas.

De generación en generación, por tradición familiar y en la educación formal, nos han inculcado las reglas infalibles que tienen que respetarse para ser una persona de bien: el trabajo duro ennoblece; estudia, saca buenas notas y busca trabajo en una buena empresa; tu jefe sabe más que tú y se merece tu mejor buena voluntad; si no tienes un título no eres nadie; no busques riquezas y sé conforme con lo que la vida te dio; el que ahorra siempre tiene, el que tiene una profesión nunca pasará hambre, entre muchas otras. Todo esto es correcto. Nunca había fallado ¿o sí? Son reglas y verdades positivas que deben iluminarnos el camino, pero caminos siempre habrá muchos. Entonces apliquemos el buen juicio.

Todos los viernes en horas de las tarde y más aún el día de pago, en contraste con la euforia de “la quincena que alegra la vida los primeros minutos”, muchos como Yolanda reciben un golpe de realidad: si usted no es dueño de la empresa donde usted trabaja, ¿de dónde saca que usted tiene un trabajo seguro? Nuestros padres y abuelos aseguran que eso les funcionó a ellos.

Hoy las reglas del trabajo y de las profesiones han cambiado. Hoy los talentos y capacidades que sí son suyas (y que nadie se las podrá quitar) son su verdadero tesoro, siempre que se decida a desaprender lo que le estorba y reaprender lo que necesita. En su cerebro hay destrezas que es posible que hasta las desconozca o que las subutilice ya que a menudo un empleo tiene reglas de obligado cumplimiento que inhiben la creatividad y el pensamiento mágico. Todos tenemos “ese algo”, burbujeante en nuestros primeros años, que la cansona rutina del día a día le dio el toque de “la dormidera”. ¿Conoce esa planta que cuando alguien la toca cierra sus hojas?

Felicítese si tiene un empleo, y más si es uno bueno que le hace feliz, donde es posible su desarrollo humano, se gana bien y lo aprecien como persona. Pero no sienta que el mundo se le vino encima si lo pierde. Los estudios dicen que el 80% de los empleados no son felices haciendo lo que hacen o haciendo lo que les gusta en el lugar equivocado. Soportar lo que no se quiere soportar solo por una paga es raíz de amargura. Esto debería ser intolerable para alguien inteligente, con buenos estudios y grandes capacidades mentales y emocionales. Debe comprender que trabajar para otro no es la única opción.

¿Qué hacer? Panamá es un país de oportunidades para la gente que disfruta lo que hace, que piensa bien, que analiza cualquier indicio y sobretodo, que se arriesga. Prueba de ello son los extranjeros de cualquier lugar. Estas personas llegan sin conocer a nadie, desorientados y muchas veces rechazados, pero saben a qué llegaron: vienen por una oportunidad, ven lo que nadie ve y se lanzan tras un sueño y en pocos años salen adelante para envidia de muchos. ¿Qué impide que un panameño haga lo mismo? Esto. Recordemos: “estudia, saca buenas nota, busca trabajo en una buena empresa, tu jefe se merece tu mejor buena voluntad, si no tienes un título no eres nadie, no busques riquezas y sé conforme con lo que la vida te dio, el que ahorra siempre tiene, el que tiene una profesión nunca pasará hambre”. Es casi imposible hacer algo importante desde la mayoría de los empleos que la gente tiene.

Si usted pertenece a ese 80% de gente inconforme que se siente mal remunerado, poco apreciado y que, viendo a la gente mayor que hace lo que usted hace, que es no más ni menos de lo que usted será con el paso de los años, cambie ahora. Piense en un Plan B y pronto transfórmelo en su Plan A y convierta su trabajo o lo que hace en su Plan B momentáneo.

Usted tiene un capital, o varios capitales, que no percibe por falta de entrenamiento. Estos son: experiencia, tener a mano una buena idea de negocio (no es necesario que sea un invento suyo), conoce a mucha gente o tiene facilidad de hacer buenas relaciones. Tienes salud, juventud, ganas de hacer las cosas. Todos esos son activos valiosos para desarrollar el negocio que usted quiera hacer. No se limite porque no tiene dinero, ya aparecerá. Eso lo saben los ricos que no siempre fueron ricos.

Yolanda Castillo Fuentes, hoy revisará unos folletos y unos audios que alguien le prestó hace algunas semanas y a los que no les dio importancia. Puede ser la oportunidad que no tiene “cara de oportunidad”, como la mayoría de las buenas oportunidades. Cuando pase el tiempo y se vea en la perspectiva correcta, a menudo, uno puede llegar a la conclusión de que era necesario que las malas noticias ocurrieran de esa manera.

¿Será que se necesita perder el trabajo o sufrir alguna calamidad para tomar conciencia que debemos tomar control de nuestro tiempo, de las finanzas personales y de nuestro futuro? Tenemos el conocimiento, la experiencia, relaciones personales y puede ser que hasta estudios formales (si no, no importa). Ese es el farol. ¿Lo usaremos para sostener los viejos pensamientos o lo utilizaremos para iluminarnos y por fin realizar un sueño importante?

Por Valerio Araúz Aguirre, publicista.